Durante la primera semana de septiembre, a las puertas ya del comienzo del nuevo curso académico, nos decidimos a emprender la aventura de seguir las huellas de san Josemaría en su travesía de los Pirineos hace casi noventa años.

En total, fuimos 12 caminantes, contando con los guías experimentados del club D’Aran y el concurso también de Octavio, quien nos aleccionó acerca de algunos de los lugares que visitamos y se cuidó también de prestarnos avituallamiento y apoyo logístico durante esos días.

Durante los cuatro días intensos que duró la convivencia, del 4 al 7 de septiembre, hemos podido vivir una intensa experiencia, parecida en algunos aspectos a la que vivió san Josemaría en noviembre del año 1937, en plena guerra civil española.

El primer día, después de instalarnos en el refugio de Pallerols y conocer el lugar y algunos detalles históricos y arquitectónicos, visitamos la cabaña de San Rafael, donde el sacerdote que venía con nosotros, Mn. Pablo, nos predicó una gran meditación, evocando recuerdos de los cinco días que pararon emboscados en ese lugar los ocho fugitivos que allí se refugiaron en aquel mes de noviembre del 37.

En la Cabaña de San Rafael

Al día siguiente, bajamos con los vehículos hasta Peramola y desde allí, ya a pie, fuimos hasta la Casa del Corb, que visitamos. Desde el Corb continuamos caminando, rodeando la montaña, para proseguir después hasta el barranco de la Ribalera, donde san Josemaría celebró una misa al aire libre a finales de noviembre. Guarecidos de la lluvia en aquellas paredes escarpadas, rezamos el rosario.

En la Casa del Corb

 

En la Ribalera

 

La excursión de esta segunda jornada fue dura, y además nos llovió casi todo el día. Pero las vistas valieron la pena. Y también el baño y la merendola que nos esperaba en el embalse de Oliana, donde celebramos la llegada de Octavio con el avituallamiento.

El tercer día de la convivencia subimos otra montaña: la montaña de Santa Fe, desde Les Masies de Nargó. Esta etapa fue seguramente la más dura y larga de todas. Pero una vez más, al llegar al mirador de Santa Fe, comprobamos que el esfuerzo había merecido la pena. ¡Increibles vistas de Organyà y del valle de Cabó desde esa atalaya! Y otra vez el premio de una buena merienda, esta vez en la Font de la Bordonera, cerca de Fenollet, y el consabido chapuzón en el embalse de Oliana, donde tuvimos hasta un concurso de saltos.

Camino de Fenollet y Santa Fe

 

En la montaña de Santa Fe

El último día, ya en Andorra, nos volvió a llover. Afortunadamente, todos íbamos equipados para hacer frente a la lluvia. Con una espesa niebla, pasamos junto a un pequeño oratorio donde se venera a la Virgen de Canòlich, patrona de esta parroquia, y poco más de una hora después llegamos por fin a Sant Julià de Lória, en territorio andorrano. Allí, en la iglesia donde se encuentra expuesta para la veneración una imagen de san Josemaría (imagen que conmemora su llegada a Andorra el día 2 de diciembre de 1937), rezamos el Rosario, poniendo punto final a cuatro días intensos y muy bien aprovechados.

Descanso antes de llegar a Sant Julià de Lòria

 

En la iglesia de Sant Julià de Lòria