Una visión del Camino de Andorra, desde Madrid

Javier de la Fuente, uno de los componentes de la expedición que participó en la Caminata integral de los días 26 de junio al 1 de julio de 2009, nos envía un relato que transcribimos íntegramente

Seguir los pasos de San Josemaría, lo más cerca posible, fue el motivo que nos llevó a lanzarnos a esta aventura. Comenzaríamos el día de su fiesta, 26 de junio, y haríamos la travesía en cinco días. No somos grandes montañeros, y nos asustaba un poco recorrer tantos kilómetros. Tanto es así, que nos planteamos hacer sólo un par de etapas más significativas pero, gracias a Dios, nos convencieron para hacerlo entero y solo puedo decir, compartiendo la opinión de todos los que fuimos, que mereció la pena y que nos gustaría repetirlo.

Como digo, la convivencia comenzó con la Misa en honor de San Josemaría en la Iglesia del Espíritu Santo en Madrid. Comimos en Altamira y salimos camino de Pallerols, punto de encuentro de todos los grupos que formábamos la expedición. Llegamos a las 9.30 de la noche y nos encontramos con gente de Lérida, Zaragoza, Girona y Tarrasa; casi cuarenta personas en total.

El primer día nos reservaba los momentos más emocionantes de estas jornadas. Pudimos dormir en el anexo a la iglesia de Pallerols, con forma como de horno, donde San Josemaría pasó la noche del 21 al 22 de noviembre de 1937 antes de que la Virgen le hiciera un favor sobrenatural muy personal. Después, cerca del mediodía, asistimos a Misa en el barranco de la Ribalera, en el lugar donde San Josemaría celebró su última Misa antes de cruzar la frontera de Andorra; por el testimonio de los presentes sabemos que las circunstancias la hicieron muy especial. Ese día pasamos la noche en el alto de Aubenç; era la primera noche de acampada y el lugar era realmente espléndido.

Hay que reconocer que el segundo día de marcha se nos hizo un poco cuesta arriba, en momentos de forma literal, pero las magnificas pozas donde comimos nos permitieron recuperar fuerzas. Con todo, como ese día anduvimos muchas horas, la vista en la lejanía de Can Fenollet nos animó la última parte de la etapa. Esa noche en Can Fenollet fue inolvidable para todos. Pudimos dormir bien y comer realmente mejor. Teniendo en cuenta que ya llevábamos dos días de marcha, es fácil comprender que se nos quedara grabado como el mejor momento de esos días.

Al día siguiente, tercera jornada, acometimos el tramo más duro, la subida al Ares: casi mil metros de desnivel en muy poco tiempo, y con un suelo resbaladizo por las piedras. Las vistas que íbamos obteniendo conforme subíamos eran impresionantes, pero mucho mayor fue la satisfacción de haberlo logrado, una vez alcanzamos la cima. Como nos animaba Toni, poco a poco, podíamos subir cualquier cosa. Ahí aprendimos que somos capaces de lograr muchas más cosas de las que nos creemos capaces, y que lo que hay que hacer es ponerse a hacerlo… poco a poco.

La verdad es que durante las caminatas, se hacía fácil dirigirse interiormente a San Josemaría, rezar varias veces la oración de su estampa, e incluso pedirle que aparecieran una nubes salvadoras, que nos liberaran del sol que nos abrasaba en alguna subida (lo que logramos convenientemente). Todos los días leíamos el relato del viaje original, que correspondía a la etapa que estábamos haciendo. Además de sentirnos muy cerca de San Josemaría y sus acompañantes, pudimos hacernos cargo de las grandes dificultades que superaron en su caminar hacia Andorra. No es lo mismo que te lo cuenten a que lo vivas tú mismo y lo patees.

La cuarta noche dormimos en el jardín de Cal Pallarés; un lugar realmente acogedor. La siguiente etapa ya nos encontró con mejor estado de forma y, aunque larga, la llevamos bastante bien; podríamos decir que las piernas iban solas. Dormimos en la Collada de la Torre desde donde ya veíamos Andorra, rebautizada como «la libertad». En esa última noche, Jordi estuvo contando alguna anécdota relacionada con el camino y los esfuerzos que tuvieron que hacer para descubrir el sitio correcto por el que pasaron la primera vez, pues en algunos tramos no existía ya ni siquiera una pequeña senda.

La última etapa, algo más corta, estuvo protagonizada por el nerviosismo de alcanzar nuestro objetivo: cruzar la frontera. Nada más hacerlo se oyeron los gritos de júbilo de los caminantes; más de uno no dudó en arrodillarse y levantar los brazos para dar gracias a Dios. No faltó la celebración en Sant Julià de Lòria, antes de despedirnos y volver cada uno a su ciudad de origen. Hubo un brindis por la Caminata del año 2010, que prometimos no perdernos.

Podéis ver otro Vídeo de la Caminata, clicando aquí