Resumen de la ponencia de Ferran Sánchez Agustí

El historiador Ferran Sánchez Agustí inició el segundo bloque de ponencias sobre la historia de tres sacerdotes: mosén Jesús Arnal, mosén Joan Domènech y mosén Pere Codern.

La primera de las tres historias la inició el moderador del segundo bloque, Jordi Piferrer, quien, al presentar a los ponentes, se explayó con el ejemplo de respeto a la libertad de conciencia, de convivencia y de perdón en las relaciones entre dos personas de ideologías bien contrapuestas: Buenaventura Durruti, líder anarquista y mosén Jesús Arnal, sacerdote católico, perseguido a muerte por los anarquistas.

Esta relación está muy bien explicada en el libro de mosén Jesús Arnal: «¿Por qué fui secretario de Durruti?»

Al estallar la guerra civil, en julio de 1936, mosén Jesús Arnal tuvo que escapar del pueblo en el que estaba destinado y andando de noche consiguió llegar a su pueblo natal, Candasnos, y se escondió en su casa. Al cabo de unos días mandó llamar a Timoteo Callén, amigo de la infancia y que era el Presidente del Comité y jefe de los milicianos de Candasnos. Como eran amigos de pequeños, le dijo que él le defendería y que se quedara en su casa. Sin embargo se enteraron otros milicianos del pueblo y dijeron que le tenían que matar. Su amigo Timoteo preparó un juicio público, delante de todo el pueblo, y evidentemente el pueblo dijo que no había que matarlo. A los pocos días llegaron milicianos de los pueblos vecinos y también lo quisieron asesinar.

Finalmente, para salvarlo, lo llevó a Durruti, que era amigo suyo, y que era el jefe de la famosa columna Durruti del frente de Aragón, que estaba en Bujaraloz.

Al verle, le dijo Durruti: «Yo respondo de tu seguridad porque estarás bajo mi absoluta protección. Conozco los deseos de Callén, y mi amistad con él es tan grande que sus deseos son míos. Y todavía te diré algo más, si te quedas me harás un gran favor: te encargarás de llevar la estadística de todo este personal porque no tengo gente de pluma que valga para esto»… «Durruti me pareció un hombre normal –dice mosén Jesús- y sabía corresponder a una amistad».

Durruti, por amistad, le puso a trabajar en las oficinas de su Estado Mayor y quedó bajo su protección personal. Todo el mundo sabía que era sacerdote pero nadie le molestaba, ya que estaba protegido por Durruti. Mosén Jesús trabajaba bien y se ganó la consideración de todos, de manera que cuando murió Durruti en el frente de la defensa de Madrid, en agosto de 1937, los jefes que le suceden respetaron siempre a mosén Jesús.

Jordi Piferrer acabó esta presentación con dos reflexiones:

– Durruti respetó siempre la situación sacerdotal de mosén Jesús y su conciencia: le encargó cosas que sabía que mosén Jesús, por su sentido de la justicia, podría hacer muy bien: controlar que nadie robara en las tiendas de los pueblos vecinos, dar los pases a los soldados para ir a casa, llevar el control de entradas y salidas de materiales (comida, municiones, ropa…), el control de combatientes, la llegada de voluntarios, altas y bajas, etc.

– En un momento determinado, un miliciano hizo una denuncia falsa contra mosén Jesús. Durruti se enteró y mandó que fusilaran al miliciano. Ya estaba el piquete formado, avisaron a mosén Jesús que todo estaba a punto para la ejecución, y mosén Jesús bajó y le dijo las siguientes palabras: «Que Dios te perdone como yo te perdono. Mis manos no se mancharán nunca de sangre. Vete en paz». Los componentes del piquete lo abrazaron casi llorando: «Te felicitamos», dijeron.

Seguramente Durruti hizo, como todos los hombres, cosas que no estaban bien. Sin embargo, tenía un ideal, una forma de entender la vida, quería instaurar la justicia a su manera. Sea como fuere, está claro que con mosén Jesús actuó con un alto sentido de la amistad y de respeto a su conciencia, y puso en él toda su confianza.

Por otra parte, es de remarcar también la actuación de Timoteo Callén: gracias a él, en Candasnos no hubo ningún muerto durante la guerra, como tampoco en la represión posterior. Acabada la guerra, mosén Jesús avaló a Callén y le fue conmutada la pena de muerte que era inevitable al haber sido un presidente del comité.

Ferran Sánchez Agustí añadió algunas anécdotas más sobre mosén Jesús Arnal: sobre cómo se adaptó a la nueva situación conviviendo y respetando a sus nuevos amigos de ideología anarquista, pero sin abdicar de sus convicciones cristianas, y de cómo después de la guerra, hacia 1944-45, siendo rector de una parroquia, recibió la visita de algunos maquis a los que ayudó en lo que pudo, recordándoles que por su condición sacerdotal no podía tomar ninguna posición política.

Ferran Sánchez Agustí nos ha hecho llegar un resumen de su ponencia sobre dos sacerdotes más, mosén Joan Domènech y mosén Pere Codern.

Escribe que la actuación de estos dos sacerdotes es el paradigma del mensaje secular de perdón y reconciliación, en este caso en la posguerra española, a pesar de haber sufrido ellos mismos la persecución anticlerical en la Cataluña de 1936-39.

Ejercieron las siete obras de misericordia corporales, independientemente de la condición social, raza, sexo o forma de pensar del necesitado: enterrar a los muertos, vestir al desnudo, redimir al cautivo, visitar enfermos, dar de comer al que pasa hambre, y de beber al sediento, dar cama, sal, agua y pan al peregrino in illo tempore, tratadas aún con más amplitud todavía en el Evangelio según san Mateo, 25, versículos 31-46, cuando el Hijo del Hombre da la bienvenida a los justos admitidos al Reino porque «cuando tuve hambre me disteis de comer, tuve sed me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, iba desnudo y me vestisteis, estuve enfermo y me vinisteis a ver, estuve en la prisión y vinisteis a verme», respondió a los desconcertados y extrañados sentados a su derecha que cuando lo hicieron a sus hermanos más pequeños a Él se lo hacían. Y envió al fuego eterno a los que dejaron de hacerlo porque fue a Él a quien le negaron.

La caridad bien entendida se pone de manifiesto cuando «lo que hace la mano derecha no lo sabe la mano izquierda», y sigue el lema de san Agustín: In fides, unitas; in dubiis, libertas; in omnium, caritas (En la fe, unidad; libertad de opinión; y, en todo momento, caridad).

Mosén Joan Domènech, rector de Puigcerdà de 1939 a 1949, año en que fue desterrado a Organyà por el obispo Ramon Iglesias -coronel castrense i exconfesor de Franco y doña Carmen-, por «comunista», o sea por haberse excedido en la práctica de la caridad, cuando unos fascistas le apalearon, ayudó a pasar gente de un lado a otro de la frontera y facilitar la llegada a Barcelona. Primero fueron aviadores aliados, judíos, resistentes, que huían de la Francia ocupada por los alemanes; después fueron personas que se querían reunir con sus parientes y no podían cruzar la frontera porque entre marzo de 1946 y febrero de 1948 la España de Franco estuvo aislada de todo el mundo o bien porque eran familiares republicanos exiliados, rojos, culpables de todos los males que sufría el régimen franquista. En cierta ocasión negó la comunión al comisario de Policía porque no se había confesado de haber apaleado a un evadido judío. Pero el detonante estalló cuando recibió en Toulouse, capital de exilio republicano, la Medalla de la Resistencia en un acto de homenaje presidido por el obispo de Montauban, el cardenal Jules Saliège y Rodolfo Llopis, exdirector general de Instrucción Pública, lleno de exilados socialistas, comunistas, anarquistas. Joan Domènech auténtico «capellán sin fronteras», es mosén Perdó, en la novela «El cel de les oques», escrita por Núria Cadenas, hija de su sobrina Teresa Alabèrnia Domènech. Puigcerdà, en una urbanización que todavía hay que comenzar a construir, prevé dedicarle una calle, flojo reconocimiento a una personalidad que tendría que tener un árbol en el israelita Bosque de los Justos de la Humanidad.

Mosén Pere Codern, diez meses cautivo después de estar escondido en la cueva del Pouet de su pueblo nativo, Santa Maria de Meià, cuando fue rector de Ribes de Fresser, reconstruyó la iglesia sin dejar ninguna deuda además de ayudar a numerosos evadidos extranjeros que habían entrado de la Francia fascista por Núria, a veces quedándose él y su mayordoma, Francesca Profitós, sin nada para comer, en un acto de extrema caridad o estricta observancia de los dictados evangélicos hacia desconocidos sin saber quiénes eran ni porqué habían llamado a su puerta. Fue después 25 años rector de Balaguer y acabó su peregrinaje terrenal en 1983, después de 53 años de ministerio sacerdotal, siendo ya canónigo de Urgell, pero antes, en su pueblo, se interesó porque los restos de siete maquis fusilados en 1944 en la era de Maleno donde se tenía que construir una explotación porcina, fueran trasladados a tierra sagrada, ya que hasta 1963 proscritos, niños sin bautizar, suicidas, apóstatas, pecadores públicos, etc., no tenían derecho y recibían sepultura en rincones o fuera del recinto mortuorio. Mosén Joan Marquillas (epd) cuando era rector en la Vall de Meià impulsó, por suscripción popular, el asentamiento de una estatua, obra de Antoni Borrell, artista de Baldomar, levantada en la entrada del cementerio e iglesia del monasterio agustino de Santa Maria de Meià, por cierto, convertido por mosén Pere Codern en uno de los primeros y adelantados centro de colonias escolares.