Resumen de la ponencia de Pere Joan Sureda

En primer lugar agradecer a la Asociación de Amigos del Camino de Pallerols a Andorra, por haberme invitado a hablar en esta IV Jornada de Caminos de Libertad.

Agradecer la presencia de todos ustedes, y también del Arzobispo de la Seu a quien conocí hace cinco años con motivo de una celebración en la Pobla de Segur, en honor de los siete sacerdotes beatos mártires de la Seu.

El tiempo que se me da es breve y por lo tanto procuraré ceñirme al máximo al título de este bloque de intervenciones.

LIBERTAD DURANTE LA GUERRA CIVIL EN CATALUÑA

Un ejemplo personal. El 19 de julio del 36, domingo, alzamiento militar en Cataluña, vencido el mismo día. Al día siguiente, por la mañana, individuos de la FAI de mi pueblo, Salt, asaltaron y quemaron el contenido del local de la Federació de Joves Cristians de Catalunya; mi padre era su fundador y secretario. Aquel mismo día, por la tarde, el mismo grupo fue a mi casa con la misma intención. La familia se había ido antes. No quemaron nada; hicieron un registro exhaustivo. Mi padre y mi madre ya no volvieron a casa. Yo estaba en el vientre de mi madre.

Comités. Esto podría haber sido una anécdota, pero lamentablemente pasó a Categoría. El mismo día el Presidente Companys se reunía con los jefes de la CNT-FAI y, al día siguiente, decretaba la creación de un Comité Central de Milicias Antifascistas. Era «un gobierno paralelo» al gobierno de la Generalitat y dotado de todo el poder ejecutivo. Se implantó aquí una «dualidad de poderes». Un hecho singular de Cataluña. El Comité lo dominaron los hombres de la CNT-FAI, partidarios de la revolución libertaria.

Simultáneamente, por el mismo decreto se constituyeron en cada pueblo unos organismos tan antidemocráticos como los comités locales. Por eso éstos se constituyeron, mayoritariamente, por individuos exaltados y partidarios de la revolución radical de cada pueblo. (Hay alguna excepción que confirma la regla: caso de Ciurana d’Empordà o Cassà de la Selva, en las comarcas gironinas). La acción de los comités se amparó con las armas que se les distribuyeron desde los partidos políticos y sindicatos; y crearon las propias milicias armadas.

Y, en días sucesivos, los dirigentes de Cataluña introdujeron unos cambios radicales dirigidos a implantar el nuevo orden revolucionario y arrinconar los derechos contemplados en la constitución republicana. Algunos de estos cambios son:

Decreto por el que cesan en todos los ayuntamientos los regidores de partidos de derechas.

Incautación de toda la prensa de derechas.

Retirada de la Guardia Civil de los pueblos; dejaron también inactiva la Guardia de asalto y otros cuerpos de la policía; las fronteras, las aduanas del puerto y del aeropuerto también se dejan en manos de las patrullas del Comité Central.

Incautación de los bienes de la iglesia (templos, santuarios, monasterios, colegios…)

Incautación o colectivización de industrias, talleres, propiedades rurales…

Creación del CENU (Comitè de l’escola Nova Unificada)

Y lo más importante de todo: la supresión de la justicia. Se montaron burlas de tribunales en muchas sedes de comités y patrullas de control: en el Castillo de Figueres, en Lleida, etc. Las mazmorras, llamadas clandestinas, proliferan en todo Cataluña.

Eran pasos encaminados a desplegar la revolución: una revolución que se impuso por el terror. Los comités no podían ni pretendían gobernar con la razón o el convencimiento. Se imponía el terror.

Un terror reconocido por muchos políticos de la época. Veamos algunos ejemplos:

Marià Rubió i Tudurí, diputado en Cortes por ERC en aquellos años escribía: «La palabra terror aplicada al periodo inicial de la guerra civil en la zona que se mantuvo fiel a la República, i por consiguiente en Cataluña, no es ninguna exageración».

Pi i Sunyer, de ERC, alcalde de Barcelona y después consejero de cultura, en aquellos años, habla de «las pinceladas más crueles de aquel cuadro de horror y de terror. Las temidas noticias de cada mañana de aquellos a los que habían ido a llevarse de su casa, desaparecidos o encontrados muertos al alba al margen del camino».

Joan Cid i Mulet, uno de los jefes de Acció Catalana Republicana de Tortosa, hablará con dolor del «desenfreno homicida (…) al imponerse por el terror el aparato revolucionario».

Carles Gerhard, del PSUC, comisario de la Generalitat en Montserrat en aquellos años escribe: «Cataluña comenzaba así a vivir bajo un ambiente de terror y, cosa aún peor, algunos comités, muchos, una vez iniciado de aquella manera el camino del puro delito, se consideraron ya irremisiblemente vinculados».

Se desplegó en todo Cataluña una represión sangrienta y selectiva contra aquellos catalanes que podían estorbar la marcha de la revolución (propietarios, industriales, gente de derechas, creyentes). Y una persecución total e indiscriminada contra la Iglesia, su gente y sus símbolos. Hasta el punto de suprimir la Navidad por decreto, cambiar el nombre de los pueblos con nombre de santo o santa y no digamos los nombres de las calles… Y la agresión más radical a la religiosidad privada y a la intimidad de los hogares: se obligó a las familias a entregar los objetos religiosos guardados en las casas.

La represión en la retaguardia catalana durante la presidencia de Companys llegó a 8.360 víctimas cruentas (3.380 en la represión franquista). Víctimas sin juicio, ni condena, ni, en la mayoría de los casos, partida de defunción. Y el terror, la represión no son solamente los asesinatos, son los malos tratos, la presión, las torturas, las presiones psicológicas, la marginación social, el desamparo de todas las familias consideradas de derechas.

Un pueblo sometido a la cotidianidad del terror y a la represión no puede vivir en libertad. Cuando se han suprimido todas las garantías de un estado de derecho, la justicia el primero, no hay libertad. La libertad dejó de existir para la mitad de los catalanes calificados de desafectos y desleales al «nuevo orden revolucionario». Serían contadas las personas que encontrándose en situación de víctimas reales o potenciales, podían presumir de un espíritu libre de miedo y de depresiones. La libertad era la huida.

CONVIVENCIA DURANTE LA GUERRA CIVIL EN CATALUÑA

Uno de los objetivos que se fijaron los dirigentes desde el primer día: dividir a los ciudadanos en dos grupos enfrentados: fascistas y antifascistas. Discursos y escritos en los periódicos van en este sentido: nosotros y los otros (los «desafectos», «desleales», «enemigos»…) En este contexto, la convivencia en los pueblos era imposible.

La convivencia fue substituida por el miedo a los vecinos, a los compañeros de trabajo; miedo a las patrullas de milicianos; miedo a un coche que paraba; miedo a coger el tren, el autobús, de ir al comité a recoger un pase…

La convivencia fue substituida por el terror: terror al poder absoluto de los comités y de las patrullas para incautar, registrar, aplicar impuestos, detener, encarcelar y condenar a muerte a aquellos tachados de «fascistas».

Impotencia: al quedar suprimida la justicia, y quedar el orden público en manos de los comités, los ciudadanos quedaron totalmente acorralados, amordazados; no podía acudir a ningún organismo oficial a pedir ayuda. Alguien podría decir: se crearon Tribunales Populares. Unos tribunales que sólo tenían por finalidad juzgar a los desafectos a la revolución, en ningún caso atender a las demandas de los perseguidos y expoliados.

Ningún amparo de los dirigentes ni tampoco de los intelectuales adictos: no hicieron ningún manifiesto público, ni siquiera contra algo tan elemental como la defensa del derecho a la vida de todos los ciudadanos.

Y un paso más contra la convivencia: Depuración política de funcionarios, maestros, jueces, profesores de instituto y de universidad y de las empresas ligadas a la administración. Montaron comisiones de depuración en todos los organismos oficiales.

Delación. Desde el principio los periódicos y los dirigentes motivan a la gente para que denuncie. Se hicieron gran número de carteles incitando a la gente a delatar a vecinos y compañeros considerados poco entusiastas con el nuevo sistema político.

Mayo del 37. Se engañaría quien pensara que entre los diversos estamentos, partidos y sindicalistas «antifascistas» había buena convivencia. Todo lo contrario: las tensiones y luchas entre ellos primero fueron soterradas, alguna venganza pasajera, pero al llegar a mayo del 37 fueron de caza y captura por las calles, con la misma furia con que cazaban fascistas.

La huida. La libertad y la convivencia habían sido substituidas por el temor y la represión. I serán millares los catalanes que por escapar buscaran un escondite o procuraran huir. Y aquí tendríamos que hablar de los caminos de libertad. Y de las dificultades de los caminos de huida. Y también huirán políticos del mismo régimen, caídos en desgracia o que no resistían aquel entorno de horror y de terror.

Dividieron a Cataluña en dos partes irreconciliables durante mucho tiempo.

PERDÓN DURANTE LA GUERRA CIVIL EN CATALUÑA

Aquellos que conozcan los martirologios de las diócesis (8 en Cataluña) o de las órdenes religiosas, encontrarán numerosos ejemplos de mártires que ante el piquete de ejecución tuvieron palabras de perdón. Por obra del Espíritu Santo, la debilidad humana de aquellos que iban a morir fue transformada en la fortaleza de los mártires. Perdonaban a sus verdugos porque les abrían las puertas de la gloria.

Mención especial al martirologio de los 274 jóvenes miembros de la antigua Federació de joves Cristians de Catalunya inmolados por razón de su fe. Asesinados algunos colectivamente (22 de Torelló, 20 de Falset) o individualmente; hermanos asesinados juntos: dos hermanos Piqué y el padre, dos hermanos Artés y el padre, tres hermanos Armengol y el padre y la madre, el martirio del Jove Mas Felipó en el cementerio de La Seu; el día anterior habían matado a su padre. Está en marcha el proceso de beatificación de muchos de estos jóvenes y un elemento clave en el proceso es el perdón a los verdugos.

Pedir perdón. Dicho esto, sólo unas breves referencias a las periódicas, insistentes demandas de petición de perdón que vienen de sectores políticos e intelectuales progresistas y también de clérigos. A la Iglesia le exigen que pida perdón por haber sido la víctima.

Lo que dice Josep Benet en sus memorias, según mi criterio, es incontestable: «Cuando, hoy, después de haber vivido personalmente aquella persecución religiosa, leo -o escucho- que algunas personas exigen que la Iglesia catalana de hoy pida perdón por lo que hizo la Institución durante el tiempo de la guerra y del franquismo, yo pregunto: ¿Y la Iglesia catalana a qué institución tendría que exigir que le pida perdón por el asesinato de más de dos mil de sus miembros y por la destrucción de miles de sus templos y otros edificios con su contenido y toda clase de obras de arte y de valiosa documentación?«.

Mi madre. A mediados de los años 50, un religioso viene de Francia a nuestra casa de Salt a preguntarnos si dejaríamos volver a una persona del pueblo que había sido importante en el comité y exiliado en Francia. Mi madre dice que ella no le denunciará, que, por nosotros, puede volver.