Resumen de la ponencia de Albert Pintat

LIBERTAD Y ANDORRA

¿Qué es la libertad?, ¿De qué material está constituida?

¿Qué es este valor, este ideal, esta aspiración que forma la parte esencial de la naturaleza humana?

Para los políticos garantizar la Libertad y defender la Justicia son los puntos cardinales de su acción, ya que la persona es ante todo y esencialmente libertad y dignidad.

Es un objetivo, un horizonte, una utopía a la que nunca se llega. Es el motor de una multitud de relaciones poliédricas con la compleja y variada realidad.

La libertad ha sido impunemente manipulada y revocada en muchas situaciones. Raramente ha sido plenamente ganada y garantizada, en la necesidad de adaptarse a las condiciones cambiantes en el tiempo y en el espacio.

La libertad ha sido, es y será la bandera y símbolo de muchas luchas, de muchos conflictos y muchas veces los bandos enfrentados, los dos, afirman y fundamentan su acción en la defensa o en la promesa de la libertad.

Tiene una dimensión colectiva, de grupo, pero sobre todo tiene un sustrato que va al fondo del alma del hombre y representa la esencia y el núcleo central del espíritu humano.

Desde que nacieron en las colinas de Jerusalén, Atenas y Roma los valores que hoy son los tres pilares fundamentales de nuestra cultura y de nuestra civilización occidental: Religión, filosofía y derecho.

Los tres tienen en el centro la reflexión y como último objetivo potenciar y hacer accesible el ejercicio de la libertad: la individual y la colectiva.

El hombre busca constantemente la felicidad y el camino de este peregrinaje pasa por la libertad y la justicia.

A lo largo de la historia, y con una necesaria visión retrospectiva, se constata cómo periódicamente las organizaciones sociales y sobre todos los regímenes políticos limitan, anulan o persiguen al individuo, anulando el ejercicio de su libertad, con la promesa difusa de que el sacrificio o las privaciones de hoy se justifican con la esperanza que mañana traerá el pleno ejercicio de la libertad.

La humanidad ha tenido siempre unos especiales vectores que representan la eterna y permanente lucha por la libertad frente a las diferentes realidades de la sociedad.

Es la actividad que desarrollan los filósofos, los escritores, los científicos y, bien entendido, todo el amplio mundo de las religiones.

A menudo, las rígidas estructuras sociales o políticas han comportado un número infinito de perseguidos, proscritos, exiliados o asesinados.

Desde Ovidio, Víctor Hugo, Ortega y Gasset, Thomas Mann a Solyenitzin. Desde Galileo Galilei hasta Sakharov.

Los que murieron en defensa de su manera de entender la libertad religiosa: desde Thomas Becket, Thomas Moro, Oscar Romero o Ignacio Ellacuria.

La libertad religiosa y de culto es una de las más claras manifestaciones de la libertad y testimonia el nivel de civilización y desarrollo de un país, por oposición a los fanatismos, dogmatismos, autoritarismos y dictaduras, caracterizadas por no respetar las diferencias.

El objetivo de todo ordenamiento jurídico es garantizar esta libertad, la pública y la individual: las libertades fundamentales (derechos y libertades) y muy concretamente la libertad ideológica, religiosa y de culto.

El siglo XX fue en Occidente uno de los más sanguinarios y crueles de la historia. En nuestra zona y en los hechos que rememoramos, la guerra civil española fue de una crueldad y violencia Todo conflicto tiene su génesis.

La II República, que se inicia el año 1931, fue una sucesión de crisis e inestabilidad: 26 gobernantes se sucedieron hasta el final de la guerra civil.

La situación de desorden permanente la resume muy bien Manuel Azaña: «En España es difícil someterse a una disciplina de la Libertad».

En las luchas entre monárquicos, republicanos, conservadores, liberales, socialistas, comunistas anarquistas, patronales y obreristas, la primera víctima fueron las libertades civiles y la que más la libertad religiosa.

Barcelona fue en aquellos años convulsos la capital del anarquismo y la lucha entre las diferentes facciones era extremadamente violenta.

El anticlericalismo llegó a una violencia extrema incomprensible hoy en día. En el Obispado de Urgell se asesinaron a 109 religiosos, en Cataluña 1.536 y en toda España 4.184.

En aquel atormentado contexto, el territorio de Andorra fue -para muchos- lugar de refugio, de salvación y el primer lugar para experimentar el contenido real de la palabra mágica, libertad.

Curiosamente o, mejor dicho, paradójicamente, Andorra era un territorio con estructuras feudales, con una organización política poco elaborada. Era más una entidad política por diferencia con el entorno, que se podía entender lo que representaba a los ojos del fugitivo que se acogía.

No he leído mejor descripción de lo que era la Libertad andorrana a los ojos de un perseguido, refugiado o exiliado que las que escribe otro religioso, de Puigcerdà, Fray Tomàs Junoy, cuando en septiembre de 1835 (hace 175 años), huyendo de la primera guerra carlista, describe así su llegada a Andorra:

No encontré cuadrillas armadas, ni ladrones, ni soldados, ni heridos de armas, ni guardas, ni me molestaron de ninguna manera. No tuve que sufrir registros. Aquí, en Andorra, no hay barreras ni aduanas. No se necesitan guías, cartas ni pasaportes. Todos comen lo que pueden, visten como quieren, van y vienen a donde les conviene, como y cuando les gusta, sin tener que comunicárselo a nadie. Aquí, entre tanta tranquilidad me encontré como si hubiera salido de un sueño tenebroso y hubiera recobrado la santa libertad..

Es una visión Pastoral de una sociedad austera, de un país «gris», del que Josep Pla decía que le faltaba media suela, tan impresionado estaba del color negro de la piedra de las casas. La libertad y su ejercicio es la condición de la felicidad. .

Por eso las constituciones emanadas de las revoluciones de finales del siglo XVII lo proclamaban con toda solemnidad:

Art.1 de la Constitución francesa de 1793: cada cual tiene derecho a una organización colectiva que no obstaculice la búsqueda de su felicidad.

En las sucesivas versiones, evidentemente este principio revolucionario fue eliminado. Todavía hay una Constitución que conserva este principio: La Constitución Americana de 1789.

Pero la libertad tiene que conjugar con un mundo cambiante y concretarse en derechos y deberes de la sociedad, en cada situación y época. Es decir, la Constitución y las leyes lo enmarcan y regulan: es el imperio de la ley, el principio fundamental del «rule of law«.

Kirkegard lo resume con particular acierto: el hombre es síntesis de libertad y de necesidad. Que se podría poner junto a la sentencia de Cicerón: Se puede ser esclavo de las leyes si nos hacen amos de nuestra libertad.

Andorra ha sido lugar de libertad y de paz a lo largo de la historia, ha acogido perseguidos, exiliados y refugiados.

Lo ha hecho durante los conflictos de los siglos XIX y XX y muy particularmente durante la guerra civil española y la segunda guerra mundial.

En un mundo global e interconectado, en el que desaparecen las fronteras, al menos en Europa, la pregunta que todo responsable político se debe hacer es: ¿continuará Andorra siendo una tierra de acogida, un país presidido por la «libertad»?

Yo estoy seguro de que sí.