Parlamentos, homilia y muchísimas fotos de los actos de la mañana

Homilía del Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría

Intervención inicial del Prelado

Pido perdón por dos motivos: El protagonista de esta ceremonia tendría que ser el Arzobispo. Yo tendría que estar a su lado. Y pido perdón también porque he maltratado la lengua catalana, he querido decirlo de la manera más afectuosa posible, pero con todo el defecto de mi poco conocimiento de la pronunciación.

Homilía

Excelentísimo y queridísimo señor Arzobispo, excelentísimas e ilustrísimas autoridades, gran «artistaza» de la escultura, hermanas y hermanos. Estoy conmovido por este cariño que habéis demostrado a un santo que puedo aseguraros pasó por esta tierra, en primer lugar agradeciendo y aprendiendo porque por todos los lugares por los que se movía procuraba constantemente unirse al pueblo de aquel lugar que transitaba, y se unía con la oración, con la mortificación y también con el deseo de acompañar a cada persona en todos los momentos de su vida.

No pensemos, no penséis que es una imaginación. Yo he tenido el privilegio, el don de Dios, de poder acompañarle. Y puedo decir que es verdad que se cumplía lo que os acabo de decir, que iba llenando las carreteras, las ciudades, los pueblos, de oración y de alegría, también con canciones, porque era una manifestación de esa alegría sobrenatural que le acompañaba.

Me ha removido también que hayáis escogido para esta ceremonia esa escena del evangelio en la que tanto se complacía san Josemaría. Porque si queremos, de cada escena del evangelio podemos sacar consecuencias y motivos para rectificar y para emprender en nuestra vida cotidiana ese buen mensaje de san Josemaría, santificando cada día las circunstancias ordinarias. Como a Pedro y a Juan nos dice de una manera directa: déjame tu barca. Sí; no penséis que solamente lo dice a unas pocas personas, eso es lo que repetía san Josemaría. Dios es tan misericordioso y tan bueno, Jesucristo nos ha puesto tan al alcance esa santidad del cielo, que nos pide a cada uno de nosotros que colaboremos con las pobres maderas de nuestra pobre barca. No es excusa decir: yo no tengo nada, yo no valgo nada. Eso que tenemos aunque sea aparentemente nada, en cuanto pone sus pies -o le dejamos entrar- a Jesucristo, tiene un valor: ese redentor nuestro que ha venido a santificar la vida nuestra.

Por eso y también recogiendo las palabras del beato Juan Pablo II que tanto admiró y quiso a san Josemaría. Os digo -ojalá os lo pudiera decir con el calor y la fuerza de su voz-, ¡no tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo! Las puertas, se entiende, de vuestra vida, de vuestra alma, de vuestra familia. Tanto más felices seremos cuanto más dejemos que Cristo pase a ser coprotagonista de nuestra vida, dejándole que él nos marque el rumbo. Y nos dirá, escucharemos, esas palabras que tanto removían a san Josemaría: Duc in altum! Tú y yo podemos ir mar adentro en esta tierra nuestra para santificar los lugares allí donde nos encontremos. Y es necesario entender -como se deduce de la escena- que el Señor confía en la manera de remar de aquellos hombres. Son ellos los que llevan la barca en la que va Cristo. Tú y yo somos esos instrumentos que Dios quiere utilizar para que llevemos a Cristo a todas las personas. Puede ser que algunas personas no entiendan el mensaje que les llevamos; querámosles igualmente, porque todavía les falta ese sabor, este conocer que Cristo se interesa enteramente por cada una de esas personas. Como se interesa por toda la humanidad, como ha dicho muy bien el Señor Arzobispo al decir que Dios quiere que todas las almas se salven. Pongamos esfuerzo, y si hacemos esto, nos daremos cuenta que se repetirán, como tantas veces comentaba san Josemaría, aquellas enseñanzas que fácilmente se deducen de la escena del evangelio. No solamente fue un beneficio para Pedro y Juan, sino que fue tal la cantidad de peces que tomaron -que pudieron sacar del agua- que la barca se hundía. Hemos de cumplir con amor de Dios la Voluntad del Señor -con alegría que no debe faltar nunca en la vida del cristiano- aunque nos veamos de poca pasta, de poca categoría. Somos hijos de Dios, pues con alegría, aquellos dos hombres -y sobre todo Pedro- invitaron a los demás para que vinieran a ayudarles a llevar la carga. Porque, inmediatamente, en cuanto se trata a Cristo, surge la caridad, la fraternidad.

Os puedo decir, podría detenerme en muchas anécdotas, que san Josemaría se sentía hermano de toda la humanidad, también de los que veladamente o claramente decían que no le querían. Pues yo te quiero mucho. Por eso os pido que tratando a Cristo tengáis todos el alma abierta a una fraternidad que os una a todas las personas

¿Y sabéis cómo podemos vivir esta caridad? Viviendo los sacramentos, agradeciendo al Señor los sacramentos. Concretamente, que no descuidemos ese sacramento maravilloso que san Josemaría definía como el sacramento de la alegría: la confesión. Es grandioso, ese Dios nuestro que como narra la parábola del hijo pródigo, cuando vamos a Él -arrepentidos- no nos rechaza. No es como los hombres, que tantas veces podemos guardar resentimientos. Abre los brazos y san Josemaría -en una traducción un poco libre de la escena del hijo pródigo- decía que cuando el padre abrazó al hijo: «se lo comía a besos».

Hermanos míos, acudamos a los sacramentos, que son la fuente de nuestra verdadera felicidad, la fuente también, para que en nuestras familias, haya esa paz, esa concordia, ese saber ayudarnos los unos a los otros. Y después, os digo, que no os importe veros, como yo me veo, poca cosa, insignificante. Es bonito ver como Dios cuenta con nuestra insignificancia, porque no le somos indiferentes. Dios nos ama con toda su infinitud y quiere volcar todo el amor suyo en la poquedad del vasito que somos cada uno de nosotros. Y Pedro, asombrado ante la maravilla que ha contemplado de ver como se ha operado un milagro, él que era experto de pesca, que había estado toda la noche pescando, no había conseguido nada, y viene allí la intercesión de Dios y sacan esa multitud de peces estupenda. Pedro que se da cuenta de que todo se ha operado por el poder de Dios, le dice: apártate de mí. Y aquí os quería a contar una cosa y con esto terminaré. San Josemaría decía: entiendo que Pedro reaccionase así, pero yo, precisamente porque me veo tan poca cosa, le digo con toda la fuerza de que soy capaz: no te apartes de mí, Señor.

Os pido hermanas y hermanos míos, que aunque os encontréis aparentemente lejos de Cristo, que salga de vuestra boca, aunque os parezca que lo decís solamente con los labios. Que salga de vuestra boca esta petición. La hacemos todos, unos en nombre de otros: Señor no te apartes de nosotros, que no te dejemos marchar, que quieras estar con nosotros y que nosotros queramos estar contigo. Para conseguirlo, tenemos un camino maravilloso, que es el de nuestra Madre la Virgen, que aquí en esta parroquia veneráis con tanto afecto. Acojámonos a sus manos, a su intercesión y digámosle muchas veces: llévanos a Jesús y con Jesús al Padre y al Espíritu Santo.

¡Cuántas cosas querría deciros! Querría estar con vosotros tiempo y tiempo; no es posible, pero sí que os aseguro que yo quiero dejar toda mi vida, mi alma en esta tierra, que con tanto cariño acogió a quien ha abierto el camino de santidad a millares de personas, a millones de personas. Porque gracias a Dios muchas personas en el mundo entero -en los lugares más apartados de esta tierra de Andorra- siguen a Cristo y quieren amarle cada vez con más profundidad.

Que Dios os bendiga. Que recéis por mí. Que recéis por el queridísimo Arzobispo, por todas las autoridades. Que recéis para que todos formemos una sola cosa con ese Cristo que en ningún momento quiere abandonarnos.

¡Que Dios os bendiga!

Inciso final del Prelado

Perdonad que haga una pequeña interrupción. Pienso que todos, en justicia y por agradecimiento, debemos rezar por el Romano Pontífice. Necesita nuestras oraciones, y así las pide. Es un hombre de grandes cualidades, una persona fidelísima al Señor y fidelísima a toda la humanidad. No penséis que sólo se interesa de la Iglesia. Se interesa de todos, también de aquellos que todavía no están en la grey de Jesucristo.

Palabras de bienvenida de Mons. Joan-Enric Vives, Arzobispo de Urgell y Copríncipe de Andorra

Voy a ser muy breve, porque la honorable señora cónsul ha dicho muy bien muchas de las palabras que son necesarias al inicio. Yo simplemente deseo, en nombre de la iglesia de Urgell, en nombre de nuestro obispado y muy especialmente de las parroquias de los Valles de Andorra: Sea bienvenido Mons. Javier Echevarría a ésta que es hoy su casa, su parroquia, como lo fue hace 75 años -cuanta emoción hoy- cuando llegaba aquí aquel joven sacerdote con un núcleo muy querido por él, de jóvenes que serían los iniciadores -eran los iniciadores- de aquella gran obra que ahora está extendida a lo largo y ancho de los cinco continentes de todo el mundo y que da sus frutos, a veces poco brillantes, escondidos, humildes, como son los frutos evangélicos y del reino de Dios, pero de un reino que crece en todos los ámbitos de la vida ordinaria haciéndola extraordinaria por la santidad de las personas. Este es el espíritu del Opus Dei que nosotros hoy nos gloriamos aquí.

Iniciaron el camino de liberación en Pallerols y continuaron por los caminos del Arzobispado de Urgell hasta llegar a Sant Julià de Lòria y Andorra. Agradecemos al Señor que este camino que atraviesa nuestro territorio fuese un instrumento, también sencillo, pero necesario para que ellos pudiesen llegar a la libertad y pudiesen continuar aquella bella obra.

Cuando tenemos el Prelado con nosotros, lo sabemos bien, tenemos toda la Prelatura. Él es el descendiente -el tercero- del fundador. Por tanto, a través de Don Javier, querido y buen hermano, admirado en todas sus palabras y acciones, por su trabajo y laboriosidad; a través de él honramos y acogemos a todos los que trabajan en la prelatura en todo el mundo, de una forma misteriosa, pero capilar, y llevando la savia del Evangelio. Por lo tanto, vamos a rezar, vamos a estar delante del Señor en su templo. Escuchando la palabra, adorándolo en la Eucaristía, bendiciendo una obra de las manos humanas, hechas por una artista, que nos traladan a aquel momento del año 1937.

Vamos pues a rezar. San Josemaría decía: primero la oración, segundo la expiación y tercero -y sólo en tercer lugar- la acción. Esto nos pide conversión, amar con mucha oración, que es donde nos encontraremos con Dios.

Gracias Mons. Javier Echevarría. Tengamos esta celebración -muy bella- que ha empezado aquí con un día espléndido. Nuestro Señor se une a nosotros. Además en Andorra -con nieve- que es muy importante para nosotros. Gracias Don Javier.

Procedamos ahora a esta hermosa celebración de hoy.

Discurso de bienvenida de la Hble. Sra. Montserrat Gil, Cònsol Major de Sant Julià de Lòria

Queridas autoridades:

-Arzobispo de Urgell y Copríncipe de Andorra, Mons. Joan Enric Vives

-Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría

-Vicario regional en España, Dr. Ramón Herrando Prat de la Riba

-Vicario por Cataluña, Dr. Antoni Pujals Ginebreda

-Otras autoridades eclesiásticas

-Consejeros generales, ministros, autoridades del país y de la parroquia, señoras y señores.

Buenos días y gracias por vuestra asistencia.

Buenos días, Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría y otros miembros de la Prelatura, bienvenidos a Andorra, en concreto a Sant Julià de Lòria. Gracias por su asistencia a este acto central de la conmemoración del 75 aniversario de la entrada de san Josemaría a nuestro país.

Hoy es un día especial porque, como he dicho antes, conmemoramos el 75 aniversario de la entrada de san Josemaría en nuestro país. Se trata de un momento histórico que han querido revivir con todos nosotros la Prelatura del Opus Dei y la Associació d’Amics del Camí de Pallerols de Rialb a Andorra.

Y es que el Principado, país neutral y pacificador, significó mucho en la vida del sacerdote Josemaría Escrivá de Balaguer.

Tras un durísimo trayecto de dos meses de huida a pie, Andorra fue para él -como para muchos otros a lo largo de la historia- una tierra de acogida que simbolizaba el camino hacia la libertad.

Sant Julià de Lòria fue el primer punto de acogida del sacerdote Josemaría en territorio andorrano. El 2 de diciembre de 1937, junto con un grupo de fugitivos que le acompañaba, llegó a nuestra parroquia entrando por el Mas d’Alins.

Por el camino, en la montaña, oyeron unas campanas procedentes de esta iglesia donde nos encontramos en estos momentos. Era el primer templo sin profanar que veían desde el inicio de la guerra. Aquí, los acogió mosén Jaume Argelagós y rezaron por primera vez sin miedo. Este es precisamente el momento que recoge la escultura de Rebeca Muñoz que bendecirán a continuación el Arzobispo de Urgell y Copríncipe de Andorra, Mons. Joan Enric Vives, y el Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría.

75 años después, los Lauredianos tenemos un sentimiento especial hacia la figura de san Josemaría y hacia todos los fugitivos que salvaron la vida pasando por nuestra tierra. La escultura de bronce macizo dejará constancia de este hecho aquí en la iglesia de nuestra parroquia y, a la vez, mantendrá viva su memoria.

Para finalizar, quiero expresar el agradecimiento del comú de Sant Julià de Lòria a la Associació d’Amics del Camí de Pallerols de Rialb a Andorra por la organización de este acto. También queremos agradecer la presencia del Arzobispo de Urgell y Copríncipe de Andorra, Mons. Joan Enric Vives, del Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría y del resto de autoridades de la prelatura y también del país.

Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, y otros miembros de la prelatura que hoy han querido acompañarnos en este día, el comú de Sant Julià de Lòria quiere expresarles su profundo agradecimiento por asistir a esta ceremonia. Nuestra parroquia les ha querido acojer como en su día acogió a san Josemaría. Esperamos que se hayan sentido bien y que se lleven un buen recuerdo de nuestra ciudad y de Andorra.