Emilio J. Díaz Calavia hace un comentario muy interesante a la Notícia del Campo de trabajo, del día 31 de julio de 2009. Dice textualmente:

Cuando fui con D. Juan Jiménez Vargas – antes él no había vuelto por allí-, los guardas forestales nos tuvieron que llevar en su 4×4, dejando el nuestro en el camino. Ellos conocían el lugar porque eran nacidos en cercanas masías. Sólo vimos un poco de paredes de piedra entre vegetación. No me parece, -por lo que hablé con D. Juan-, que la cabaña tuviese ese tejado sino simplemente ramaje. En las fotos que hice sólo se ven restos de ruinas.

Efectivamente, la Cabaña estaba cubierta con ramas de los árboles vecinos y quedaba camuflada en medio del bosque. Ahora bien, para aguantar las ramas y la tierra que había encima, a manera de techo para impermeabilizarla, había una estructura más resistente a base de troncos más gordos. Así nos lo dicen los testimonios escritos de la época y las personas expertas del territorio que nos han asesorado en la reconstrucción de la Cabaña.

José María Albareda, en enero de 1938, escribe una carta a un amigo suyo y dice: Nos llevaron a chozas. En mi choza éramos ocho. Unos troncos de pino cubiertos de ramaje. Y dentro paja.

Juan Jiménez Vargas escribe en sus memorias de 1980: En media hora, llegamos a una cabaña hecha con troncos, y un poco hundida en el suelo, que era lo justo para ocho personas. El Padre desde el primer momento la llamó Cabaña de San Rafael.

Francisco Botella, en el año 1975, recuerda: En el suelo se levanta, como un metro escaso, una cabaña, pero está construida sobre una zona excavada, y al entrar se encuentra uno de pie, sin tener que estar agacha­do, como parece al contemplarla desde afuera.

Pedro Casciaro lo recordaba a su manera en el año 1975: Terminada la Misa, «an Pere» nos condujo a pie cuatro o cinco kilómetros hacia el norte, hasta adentrarnos bien en los bosques de Rialp, muy tupidos de robles, pinos y abetos. Nos dejó en una cabaña semiescavada en el suelo y techada con troncos y ramas, perfectamente camuflada entre el bosque.

Tomás Alvira recuerda también en el año 1975: Llegamos a una cabaña hecha por otros que se habían pasado antes, con troncos de árbol y recubierto de hojarasca seca. El Padre la «bautizó» con el nombre de Cabaña de San Rafael. Era pequeña, pero cabíamos los ocho y allí habríamos de dormir -sobre la hojarasca que también había en el suelo- y cobijarnos si llovía o nevaba, lo cual podía ocurrir dada la época en que nos encontramos.

Teniendo en cuenta estos documentos históricos y con el asesoramiento de personas del territorio, ya que ellos mismos habían construido cabañas de este tipo (de hecho son cabañas de carboneros), hemos reconstruido la Cabaña de San Rafael. Ciertamente nos ha quedado un poco más alta y mayor que la que dicen los testimonios oculares del año 1937, y también hemos de decir que seguramente la hemos hecho más resistente e impermeable que aquélla, pero en definitiva era muy parecida a la que se ha reconstruido en los dos campos de trabajo de julio y agosto.