Josep Boix, de Juncàs. Socio de Honor.

A continuación, Jordi Piferrer i Deu, autor del libro “Camino de Liberación”, hace un resumen de la vida de los tres socios de Honor de la Asociación: Josep Cirera, Josep Boix de Juncàs y Eugeni Coll de Fenollet, ya difuntos.

En Josep Boix y Oste v nació en Juncàs en 1921 y murió el domingo día 29.05.05, hacia el mediodía, en su casa del Puente de Peramola. Al morir tenía por tanto 84 años. A lo largo de sus últimos años tuvimos con él muchas conversaciones en relación con la estancia de san Josemaría Escrivá de Balaguer en la Espluga de las Vacas el día 28 de noviembre de 1937.

Josep Boix coincidió con San Josemaría en la Espluga de las Vacas por la mañana del día 28 de noviembre. Josep estaba habitualmente escondido por aquella zona de difícil acceso y muy cerca de su casa, la casa de Juncàs. Junto a él había otras personas también escondidas. La comida les llevaba casi siempre una criada que tenían en Juncàs; otras veces iba él a buscarlo. La señal que tenían pactada para saber si podía acercarse a su casa sin ningún peligro, era que ponían una sábana o simplemente un paño de color blanco en la ventana de la casa. Él estaba escondido porque le habían movilizado para ir al frente, y por sus creencias religiosas decidió no colaborar con quienes en aquellos momentos gobernaban Cataluña. Ahora diríamos que hizo una objeción de conciencia. Más tarde pasó a Andorra y de allí a San Sebastián, en el País Vasco.

La expedición en la que iba san Josemaría llegó a la Espluga de las Vacas sobre las 7 o las 8 de la mañana, a la salida del sol. Siguiendo el relato de los Diarios de algunos de los expedicionarios, nos lo explica el libro “Atravesant la nit”, del que reproducimos a continuación algunos párrafos.

“Salió el sol durante la última parte del camino, así que llegaron a la Espluga de las Vacas, en el barranco de la Ribalera, cuando ya lucía y empezaba a calentar el sol. Aquel 28 de noviembre era el domingo. Enseguida, San Josemaría buscó un lugar adecuado para celebrar la Santa Misa: sería la última antes de pasar la frontera. El marco era insólito. A unos 800 metros de altitud, la Espluga de las Vacas era un lugar resguardado, muy a propósito por no ser sorprendidos por milicianos o carabineros. Los habitantes de Can Juncàs, la masía más cercana, colaboraban con los fugitivos. Por otro lado, aquel lugar estaba delimitado por un alto muro rocoso que lo protegía completamente del viento del norte, y ya está defendido al sur por unas colinas que sobresalen unos cincuenta metros. Era una especie de amplia depresión, muy soleada y que parece inaccesible.”

Josep Boix, hijo del dueño de Can Juncàs, que entonces era un chico joven, recordaba claramente muchos años después san Josemaría.

“-Fui a la Espluga de las Vacas a llevar la comida que preparaba mi madre para los refugiados. Me dijeron que uno recién llegado era un cura. El sacerdote se dirigió a mí muy atento, y así me enteré de que iba a llamar Misa allí mismo”.

Había más de veinte personas que no habían oído Misa ni pisado una iglesia desde julio del año anterior. Por eso, al saber que un sacerdote se disponía a celebrar el Santo Sacrificio, la expectación fue general.

Josep Boix ayudó a colocar la piedra que serviría de altar sobre otra más grande, muy cerca de la pared de ese cortado, para quedar bien protegidos del viento. Guarda un recuerdo imborrable, también por una circunstancia particular:
“-Si llegaron a las ocho, a las ocho y media ya empezaba la Misa. Yo me senté en un banco que teníamos hecho con piedras, muy cerca del cura. Por la noche había encendido fuego en ese mismo lugar. Quedaban unas brasas, que parecían apagadas pero que estaban encendidas, y al arrodillarme me quemé”.

San Josemaría no tuvo más remedio que celebrar la Misa permaneciendo todo el rato de rodillas, puesto que no había ninguna piedra suficientemente alta; le ayudaron Paco y Miguel. “Todo el mundo estuvo muy respetuoso –escribe Pedro Casciaro– y la Misa fue excepcionalmente impresionante. Pese al cansancio y singularidad de las circunstancias, también humanas, del momento, el Padre celebró la Santa Misa con gran unción, contagiando a los demás su piedad y su recogimiento (…)”.

Después de hablar muchas veces con Josep Boix, nos ha aclarado que él llevó por la mañana algo para comer, pero no propiamente el almuerzo, que lo llevaron otra gente desde Juncàs sobre las 2 ó las 3 de la tarde. Pedro Casciaro dice que le llevó Mateo, Josep Boix pensaba que le llevó la criada que tenían, Juanita.

Efectivamente, el Diario escrito el día 28.11.37 por Pedro Casciaro, nos dice:

“Celebrada la Santa Misa desayunamos aunque no muy abundantemente: pan y embutido con algo de vino.
A las tres de la tarde, comimos conejo frito que Mateo trajo tras su ausencia.”

Antoni Dalmases dice en su Diario del año 37, que una vez terminada la Santa Misa:

“Los madrileños me dan pan, mientras esperamos que nos quiten el nuestro (nosotros hemos dejado el paquete en la casa) y así pasamos el ratón hablando, comiendo y repasando nuestro equipo hasta que viene el guía. Es un muchacho joven y decidido.
A las dos comemos”.

Siempre que nos veíamos con José hacía referencia a este encuentro con san Josemaría. Le tenía mucho cariño y devoción. Lo trataba con naturalidad y confianza, como un amigo entrañable. Nos animaba a mejorar el camino que va a la Espluga de las Vacas para que pudiera ir mucha gente.

Estaba muy contento viendo cómo íbamos por allí, limpiando y marcando el camino, y siempre hablaba con gozo de la Misa a la que asistió el día 28 de noviembre del 37. También era un motivo de conversación habitual la subida a la Canal de la Jaça, que él había subido muchas veces ya que de joven iba a menudo a ver a sus amigos de la Casa de Aubenç, que está encima de la canal. Gracias a sus indicaciones subimos con seguridad por esta canal que algunos calificaban de muy difícil, pero él siempre nos decía que no tenía nada especial, como así lo hemos podido comprobar, siempre que se tome el camino correcto, que él nos había contado perfectamente.

Su conversación era amable y positiva. Estaba siempre contento, aunque llevaba 25 años sin poder andar y sentado en una silla de ruedas. Ha sido un ejemplo de paciencia, fortaleza y conformidad alegre a la voluntad de Dios en las contrariedades y en la enfermedad.

Una anécdota que muestra el buen recuerdo que tenía de la Misa a la que asistió a la Espluga de las Vacas es que unos 15 días antes de morir, hablando de estos recuerdos nos dijo: “No pensáis en construir un altar ¿allá en Espluga?”. La verdad es que no habíamos pensado en ello. Pero puesto que ésta era su voluntad hace un año construimos un altar, en el que se ha celebrado varias misas.