Eugeni Coll, de Fenollet. Socio de Honor.

El guía Josep Cirera (1914-2010), que entre el 28 de noviembre y el 2 de diciembre de 1937 ayudó a atravesar la frontera hispanoandorrana en el grupo de san Josemaría, integrado por una treintena de fugitivos. Fotografía: Jordi Piferrer / Entre noche y esperanza.

A continuación, Jordi Piferrer i Deu, autor del libro “Camino de Liberación”, hace un resumen de la vida de los tres socios de Honor de la Asociación: Josep Cirera, Josep Boix de Juncàs y Eugeni Coll de Fenollet, ya difuntos.

Eugeni Coll i Campà nació en Fenollet el día 24 de enero de 1925, aunque el registro civil pone que nació el día 24 de febrero. Su esposa es Carmen n y tuvo una hija Rosa, casada con Martí Bentanach, de la que tuvieron dos hijos: Martí y Rosa. Murió en Fenollet el 10 de mayo de 2007, a la edad de 82 años.

Nos ayudó mucho en el descubrimiento del camino que llegaba a Fenollet desde Comalavall y del camino que subiendo por la canal del Grao del Fangueret va al Coll de Santa Fe. Él siempre afirmó que la expedición de san Josemaría subió por esta canal, que por otra parte era el camino habitual que hacía la gente de la zona para saltar al valle de Cabó desde Fenollet. Por las muchas ayudas que nos proporcionó fue nombrado Socio de Honor de la Asociación de Amigos del Camino de Pallerols de Rialb en Andorra el día 26 de febrero de 2005.

Después de hablar muchas veces con Eugenio a lo largo de los últimos 5 años, quisiera hacer un resumen de las cosas que recuerdo y que pueden ayudarnos a conocer aspectos interesantes de la casa de Fenollet durante los años de la guerra de 1936 – 1939. En aquellos tiempos él tenía de once a catorce años y por tanto se acordaba bastante bien de muchas cosas.

Según nos había comentado, desde finales de 1936 hasta finales de 1938, prácticamente cada semana pasaba alguna expedición de fugitivos en dirección hacia Andorra. Después de 1939 también tuvieron en su casa a refugiados.

La casa de Fenollet era muy conocida en la zona, por su situación estratégica en el camino de Bòixols a Organyà y la Seu d’Urgell. Efectivamente el camino que iba del Pallars Jussà (Salàs de Pallars, La Pobla de Segur, Isona, las Conques, Tremp, . . .) hacia el Alt Urgell (Organyà y la Seu d’Urgell), pasaba por Sallent, Montanissell y Fenollet. Ésta era la última casa que se encontraba antes de llegar a Organyà.

Sobre todo en tiempos de las famosas ferias de ganado de Organyà y de Salàs de Pallars, este camino era muy transitado. Cuando por san Andrés, el 31 de noviembre, había feria en Organyà la gente que venía de las comarcas del Pallars, Bòixols, Tremp, etc. pasaban por Fenollet. Al ser esta casa la última que encontraban antes de llegar a Organyà, algunos se quedaban a dormir, durante los 9 días que duraba la feria.

Al estallar la guerra española de 1936 algunos milicianos de la FAI querían matar al dueño de Fenollet porque consideraban que era de derechas. Tenía parientes que eran curas y monjas, y tanto él como su mujer se distinguían por su bondad.

Al ser muy conocidos en la zona, y especialmente por la gente de Bòixols, los 5 milicianos de este pueblo determinaron que nadie tocara para nada a la gente de Fenollet. Así, durante toda la guerra, Fenollet gozó de una especial protección.

El camino que pasaba por Fenollet era un camino de herradura, es decir, sólo podían pasar animales o hacerlo a pie. No tenía nada que ver con la carretera que hay ahora. Era un camino que pasaba por encima de la carretera actual (aún se puede ver ahora) y al pasar por Fenollet camino de Montanissell, dejaba la casa a la izquierda, por lo que si no querías entrar en la casa podías pasar de largo, más o menos como ocurre también hoy.

Entre la protección que tenían de la gente de Bòixols y la dificultad de acceder, se entiende que no pasaran milicianos o gente con la intención concreta de realizar inspecciones. Ciertamente que al ser un camino de paso, habitualmente transitaba gente: algunos se paraban a saludar, o se quedaban a comer e incluso a dormir, o simplemente pasaban de largo.

Durante la guerra del 36, vivieron en Fenollet unas 14 personas: 6 de la familia, dos monjas que estaban escondidas (la hermana del ama y una amiga suya), un pastor, dos mossos y 2 o 3 parientes que también estaban allí escondidos.

Además, como hemos dicho, cada semana o cada 15 días pasaban expediciones de 20 a 40 personas, camino de Andorra. En los meses de invierno -diciembre, enero y febrero-, habitualmente no pasaban expediciones.

Para alimentar a tanta gente, Eugeni bajaba a Organyá ya Coll de Nargó dos veces por semana a buscar pan y otros víveres. Iba alternando a los dos pueblos para no despertar sospechas. Tenían corderos, algún cerdo, conejos y gallinas. No tenían vacas como ahora.

Un detalle también interesante para situarse en Fenollet del año 1937, es que por aquel entonces no había la ermita que hay hoy, que se construyó en el año 1942. Leyendo los escritos y diarios del ‘ expedición de noviembre de 1937 transcribimos los siguientes párrafos que analizaremos a la luz del dedo anteriormente.

a) Dice Miguel Fisac ​​en el Diario de 28 de noviembre de 1937,

“Mucho después de lo que hubiéramos deseado, llegó el pajar; mejor dicho, el aprisco techado; y después de esperar un pequeño rato a que el guía pidiera permiso a los dueños para poder parar allí lo que quedaba de noche, que era muy poco, y todo el día siguiente, entramos: tomamos un poco de morcilla y pan, de lo que quitabamos de repuesto, y nos dispusimos a dormir al arrimo del ganado, que en otro departamento inmediato al nuestro estaba.”

Coincide con lo que nos dijo Eugeni Coll, que el ganado estaba en una zona y la gente en el departamento de al lado.
b) Dice Juan Jiménez Vargas en un escrito del año 1980:

“La casa donde teníamos que pasar el día -Fenollet- estaba muy aislada en el monte, a poco menos de 1.000 metros de altitud. Era grande y tenía unos corrales relativamente amplios. Allí, por su situación estratégica, hacían escala expediciones conducidas por varios guías. Paraban grupos de 10, 20, 30 y más, aproximadamente una vez a la semana. Aquella familia se llevaba con los fugitivos con una generosidad que era muy de agracer, y Eugenio Coll, que aún no tenía 14 años, para hacer el suministro, necesitaba valor. Tenía que arreglárselas para comprar por los pueblos sin despertar sospechas, cosas, como el pan, que en su casa no podían tener en reserva para tanta gente. Compraba un día en Coll de Nargó y otro día en Orgañá.
Al legar, como órdenes autoritarias, el guía nos encerró a todos en el corral. El Padre, que llegó agotado, daba ánimos con una frase amable a quienes acusaban más la fatiga. No habíamos tomado nada desde las doce de la noche, como correspondía al ayuno eucarístico de entonces. El primero fue comulgar, sino que se dijeran de nada la mayoría. (. . . )
El Jefe, entonces, advirtió que era necesario estalviar las provisiones que quitabamos, porque luego no encontraríamos otra casa donde nos pudieran preparar algo para comer, y faltaban tres días. Y desapareción. Pasamos todo el día metidos en aquel corral, sin asomos fuera de la puerta para no ser vistos.
A media mañana, cuando casi todos dormíamos en el corral, se presentaron en la casa dos milicianos, preguntando si habían visto gente. Andaban recorriendo este camino a la caza de fugitivos. El ama -en un alarde de serenidad-, la convención de que estaba dispuesta a colaborar con ellos en la persecución de facciosos, mientras les servía unos buenos vasos de vino y unas buenas tajadas de jamón. Y cuando acabaron su almuerzo se marcharon sin investigar más. El Padre se dio cuenta porque no estaba dormido. Quizás esta visita intempestiva no fue excesivamente peligrosa. (…).

El ama y otras que le ayudaban -una de ellas, familia del ama, era monja y estaba refugiada allí- se preocupaban de todo y todo lo tenían previsto. Por la mañana, antes de nuestra llegada que esperaban, naturalmente, degollaron una oveja para preparar el alimento.
Repasaron la ropa de algunos. A Tomás le cosieron los desgarros en los que se había hecho pantalón en la bajada de Aubens.
A las dos comimos judías con cordero, que sirvieron en unas cantidades que superaban el hambre que teníamos todos al despertar. Nuestro guía, dice que ha olvidado muchas cosas pero que ese comido lo recorda siempre.”

Eugeni Coll nos decía que este relato sobre los milicianos es algo exagerado ya que como hemos dicho antes la gente que pasaba por Fenollet no venía a investigar sino que en todo caso pasaba por la casa camino de Organyà o de otro puesto, puesto que todos eran muy amigos y tenían un pacto de defensa mutua, fruto de la amistad de muchos años entre las familias de los pueblos y casas vecinas.
Es lógico este razonamiento, ya que si cada semana tenían fugitivos escondidos en los corrales de su casa, que están a unos 30 pasos de la casa, no se podían exponer a ser descubiertos ya que habrían sido ejecutados al instante por encubridores de facciosos . Es decir, que si tenían gente casi cada semana es que estaban muy seguros de que era prácticamente imposible que viniera nadie a inspeccionarlos.
Ciertamente podría ser que pasaran milicianos por la casa, pero no con la intención concreta de buscar fugitivos, sino que iban de paso como otras muchas personas lo hacían. Otra cosa es cómo lo veían los refugiados, ya que por su estado de ansiedad captaban los peligros con mucha más intensidad.
Este relato de Juan Jiménez Vargas está hecho en 1980 cuando ya habían pasado más de 40 años, y él mismo dice también que esta visita no sería «excesivamente peligrosa».

c) Paco Botella en el Diario del año 1937 dice,

“El 29, pasado en el estable de la casa de campo, donde legamos bastante cansados ​​y que esperábamos ver búsqueda con mucha ansiedad, fue aprovechado para dormir y descansar.

Había poca paja, para acostarnos con alguna menor incomodi­dad, y se nos trajo más al cabo de unas horas. En el pesebre co­locamos nuestra mochilas y sentados en el suelo, nos alimentamos con unas judías que nos dieron, de las que tomamos bastantes. También tuvimos conejo y tortilla. Esto de la tortilla era una novedad: hacía mucho que habíamos gustado su sabor.
Descansamos bien, y nos supo la parada a maravilla. Hacía las cinco de la tarde, nos avisan para prepararnos para partir: pero se retrasó bastante,pues habían llegado unas personas aje­nas a la casa y había que esperar a que se fueran.

Llevamos menos carga en las mochilas; para facilitar el viaje, que al final de las etapas era bastante pesado, hemos dejado en la masía la mayor parte de la ropa, zapatos y demás. Tenemos pues, solamente lo indispensable. También dio allí Ricardo unas fricciones a las piernas y pies doloridos del Padre, después de un buen baño de agua caliente y salada.

Por fin, hemos salido a las seis y cuarto. Frío sentimos al salir de nuestro dormitorio. Se forma la monótona fila consabida, dispuestos a andar horas, ¡ya veremos cuántas! En la dispo­sición de la fila, nos colocamos convenientemente para que nos sirvamos de ayuda unos otros.”

Como se ve, también habla de que tuvieron visitas, algo normal en una casa situada en un camino de paso muy frecuentado.

d) Finalmente, el Diario de Antoni Dalmases escrito el mismo 1937, nos dice:

“Nos conduce a un corral, nos tendemos en la palla y ahí quedamos dormidos. Es el lunes 29 de noviembre.

Hace trece horas que andamos. Alrededor de las diez empezamos a despertar. Comemos un poco, alguien se fricciona y cura los pies. Otros salen a tomar el sol, sentados o tendidos en un patio que hay a la salida del corral. Éste tiene unos ocho metros de ancho y otros tantos de largo y los 27 que lo llenamos del todo. Para salir hay que cuidar de no pisar a los que todavía dormían. El guía ha tenido que sacar unos cestos de palla para esparcirla por el suelo, lo que hace que no se encuentre tan dura la pierna. La patrona viene a averiguar lo que cada uno quiere para desayunar, pues el guía ha dicho que economicemos lo que quitamos, ya que después de esta casa ya no encontraremos otra para aprovisionarnos. Unos comienzan patatas; otros, tortillas, pan, agua y vino. Un gran banquete. Luego yo me tengo otra vez a descansar.

Mis nuevos amigos madrileños se entretienen al coger lo más indispensable de su equipo para echar el restante, que no pueden quitarlo. Camisas, calcetinas, carteras, zapatos,. . . todo queda ahí. Algunas de estas prendas las aprovechamos, los cuales se viene con ánimos para quitarlas. El Padre da ánimos a todos. Su compañía inspira confianza a todos nosotros pues parece como si Dios le hubiera mandado. Un extraño magnetismo sale de él ya mí me ha impresionado profundísimamente. (…)

A los dos aproximadamente sacan el menjar. Puestos en fila nos van repartiendo un enorme caldero de judías, luego otro de conejo. Es un menjar espléndido, comemos como verdadera hambre. Afortunadamente todo es abundante, bueno y caliente.

Luego otra vez a dormir hasta las seis de la tarde que es cuando empiezan los preparativos para la partida.”

Esta narración de Antoni Dalmases nos acaba de dar más pistas para saber el lugar exacto en el que descansaron. Dice que salieron un momento en el patio que hay frente a los corrales, que efectivamente tiene unos 8 por 8 metros.

Todos los escritos que hemos citado coinciden en lo fundamental: Durmieron en un corral junto a otro en el que estaba el ganado, que delante había un patio y salieron a estirar las piernas, que comieron muy bien , que les arreglaron la ropa, . . . Todos recordaban años después de que a Fenollet les trataran especialmente bien.

Si va hoy le tratarán igualmente de bien. Se ve que viene de familia.

Para acabar estos recuerdos, comentaré uno del 30 de noviembre de 2005. Estaba yo en Fenollet hablando con toda la familia sobre la expedición de 1937 y la mujer de Eugeni, Carme, comentó:

– Seguramente que el ama de Fenollet, que era muy religiosa, al saber que Josemaría Escrivá era un sacerdote le habría preparado un colchón para dormir.

A lo que Eugenio replicó,

No digas esto. Se ve que no conocías a San Josemaría. No lo habría permitido. Más bien habría hecho que durmieran a los demás en un colchón y no él. Si tenía un trozo de pan, se lo daría a otros antes de comérselo él.

Y añadió,

– Me acuerdo perfectamente de su cara. A mí me impresionó mucho. Todavía le veo perfectamente cómo era.