El pasado día 9 de febrero hicimos la Caminada de los segundos sábados de cada mes. Este mes de febrero fuimos desde el Río de Valldarques al valle de Cabó, pasando por Fenollet.

A las 10 de la mañana iniciamos la salida en coche desde Coll de Nargó hasta el puente del Codó, sobre el río de Valldarques. A partir de este punto seguimos las marcas azules y amarillas del Camí d’Andorra iniciando el tramo previsto para este 9 de febrero de 2008: del Río de Valldarques a la carretera de Cabó, pasando por la casa de Fenollet.

Empezamos a caminar a las 10,30 de la mañana y llegamos a la Vall de Cabó pasadas las 18,30. En total algo más de 8 hores, de las que andamos seis: tres desde el puente del Codó, sobre el río de Valldarques, hasta Fenollet; y tres más desde Fenollet a la carretera de Cabó, junto a l’Oliva. El resto fueron paradas para descansar.

Los excursionistas fueron los siguientes. De Lleida: Toni Cucurull, Josep Ma Gibert y Mn. Norbert Estarriol. En Fenollet se les unieron Santi Arribas con dos hijos suyos, Andreu y Francesc. De Coll de Nargó: Martí, de Cal Guillot. De Sant Pol de Mar: Enric Roig y Maria Tió. De Solsona: Josep Vilaseca y Mercè Auger. De Calders, cerca de Manresa, vinieron Jordi Canet y Pilar Torra. De Barcelona: Jordi Pérez, Pedro Júdez, Ignasi Forcada, Alfons Muñoz, Pedro Zuloaga y Jordi Piferrer. En Fenollet se incorporaron Arturo Lousa y Pere Solà. En total 21 personas.

Hay que destacar el tiempo magnífico que tuvimos con un sol espléndido. Y digna de mención también fue la magnífica acogida que nos hizo Rosa de Fenollet y la comida que allí nos dio. Pocos días antes habían hecho la matanza del cerdo y pudimos disfrutar de unos magníficos embutidos.

Antes de comer, a la una del mediodía, como venía con nosotros Mn. Norbert Estarriol, se celebró la misa del domingo, en la que hubo una mención especial por Eugeni Coll, dueño de Fenollet, que murió el 10 de mayo de 2007, hacía 9 meses. Asistieron a la misa su esposa Carme Miquel su hija Rosa.

Durante la Caminata leímos algunos párrafos de los diarios de los expedicionarios de 1937 que, como sabéis, constituyen la base del trazado del Camí d’Andorra.

Transcribimos una selección de algunos documentos históricos correspondientes a esta expedición de noviembre de 1937.

Francisco Botella, en el Diario del año 1937 escribe:

El 29, pasado en el establo de la casa de campo (Fenollet), a donde llegamos bastante cansados y que esperábamos ver cerca con mucha ansiedad, fue aprovechado para dormir y descansar.

Había poca paja, para acostarnos con alguna menor incomodidad, y se nos trajo más al cabo de unas horas. En el pesebre colocamos nuestras mochilas y sentados en el suelo, nos alimentamos con unas judías que nos dieron, de las que tomamos bastantes. También tuvimos conejo y tortilla. Esto de la tortilla era una novedad: hacía mucho que habíamos gustado su sabor.

Mientras dormimos, tuvimos el acompañamiento de las campanillas del ganado, que estaba en un establo separado por una tosca puerta de nuestro «dormitorio»; establo que además era retrete, por cierto, muy «higiénico».

El mismo Francisco Botella, recuerda en el año 1975:

Al amanecer, ya coronado el Obens (Aubenç) y después de descender unas horas, llegamos cerca de unas casas (Fenollet). Otro parón y a esperar, sentados en el suelo un rato, mientras se despla­zan para investigar si lo previsto no tiene contratiempos. Nos llevaron luego a un establo, donde había animales dis­tintos: caballerías, ovejas, gallinas… Y a acomodarse en­tre estos habitantes. Aquí teníamos que pasar el día y reponer fuerzas. Estamos en el día 29 de noviembre. Antonio (seudónimo del guía Josep Cirera) había desaparecido.

El Padre llamó a Juan y hablaron un poco. Lo primero que hizo, enseguida, fue comulgar y sumir las Sagradas Formas. . . . El Padre llevaba los pies y el calzado destrozado. Juan trajo agua y le dio algún baño con alguna medicina, y no faltaron los salicilatos. A continuación le arregló con un alambre que encontró, las suelas que ya estaban muy sueltas. Y tomó unos alambres de reserva, para el resto del viaje.

Estábamos cansados y tratamos de dormir algo. No creo que llegáramos a dormir porque el mismo cansancio y los ruidos de nuestros vecinos del establo lo impidieron.

Por lo menos conseguimos un poco de relajamiento, tumbados sobre aquel suelo sucio, como lo hacían a nuestro lado los animales. Hicimos las Normas.

Nos dieron comida, de campo y elemental, pero es­te día comimos mejor que los anteriores y por supuesto que el resto que se avecinaba. Fue el único día que comimos bien porque la prepararon las mujeres que vivían en aquella masía.

Ya se hacía de noche. Había que pensar en preparar­nos. Los músculos están un poco doloridos. Al Padre le nota­mos cansado . . .

Antoni Dalmases en su Diario de 1937 escribió:

Estamos cerca del final de esta etapa que es una casa (Fenollet), antes de llegar a la cual se adelantará el guía, como siempre en estos casos, y luego nos llamará. Nos conduce a un corral, nos tendemos en la paja y ahí quedamos dormidos. Es el lunes 29 de noviembre.

Hace trece horas que andamos (de las 5 de la tarde del día 28, cuando salieron de la Ribalera, a las 6 de la madrugada del día 29, cuando llegaron a Fenollet). Alrededor de las diez empezamos a despertar. Comemos un poco, alguien se fricciona y cura los pies. Otros salen a tomar el sol, sentados o tendi­dos en un patio que hay en la salida del corral. Este tiene unos ocho metros de ancho y otros tantos de largo y los 27 que vamos lo llenamos del todo. Para salir hay que cuidar de no pisar a los que todavía duermen. El guía ha tenido que traer unos cestos de paja para esparcirla por el suelo, lo que hace que no se encuentre tan dura la cama. La patrona viene a averiguar lo que cada uno quiere para desayunar, pues el guía ha dicho que economicemos lo que llevamos, ya que después de esta casa ya no hallaremos otra para aprovi­sionarnos. Unos comen patatas, otros tortillas, pan, agua y vino. Un gran banquete. Luego yo me tiendo otra vez a des­cansar.

Mis nuevos amigos madrileños (el grupo de san Josemaría) se entretienen en coger lo más indispensable de su equipo para tirar lo restante, que no pueden llevarlo. Camisas, calcetines, carteras, zapatos . . . todo queda allí. Algunas de estas prendas las aprovechamos, los que se ven con ánimo de llevarlas. El Padre (San Josemaría)da ánimos a todos. Su compañía inspira confianza a todos nosotros pues parece como si Dios le hubiese mandado. Un extraño magnetismo sale de Él y a mí me ha impresionado profundísimamente.

Luego otra vez a dormir hasta las seis de la tarde que es cuando empiezan los preparativos para la partida. Ya a punto, rezamos el rosario en el suelo, pero antes de acabarlo llega el guía y nos manda salir.