Octavio Rico nos explica sus observaciones geológicas mientras recorre el Camino de Andorra
Itinerario: Peramola-Barranco de la Ribalera
A diferencia de la etapa anterior, en la que anduvimos todo el día por las estribaciones del Pirineo, bordeando la Cuenca de Oliana, aunque sin entrar todavía en él, esta segunda etapa nos introduce ya decididamente en lo que se conoce como el «portal del Pirineo», es decir, en las sierras más externas de la cordillera.
Los terrenos aun muy modernos (cenozoicos) de Peramola y la Roca del Corb, darán paso de forma abrupta a las primeras sierras del Prepirineo, más antiguas que las anteriores. El punto final de este itinerario, en el barranco de la Ribalera, ofrece la oportunidad de contemplar, hacia el norte, una de las estampas más impresionantes de esta excursión: los imponentes cortados calcáreos del Cretácico superior (último periodo del Mesozoico) que forman la vertiente meridional de la Sierra de Aubenç. Al sur, destacan con personalidad propia los conglomerados oligocenos (Cenozoico) de la sierra de Sant Honorat, en la que se encuentra enclavada la Roca del Corb, como puede observarse en la Fig 1.
La subida, suave pero progresiva, entre Peramola y la Roca del Corb es quizás la evidencia más clara de que algo ha empezado a cambiar en el terreno que pisamos. Y es que, en efecto, hemos empezando a cruzar el umbral del Prepirineo. La Roca del Corb, como si fuese un guardián de la Cordillera, es como el anticipo de las sierras que, a partir de ahora, iremos encontrando en las próximas caminatas. En la Fig. 2, puede observarse una Panorámica de la sierra de Aubenç (a la izquierda) y de la Sierra del Corb (a la derecha). En primer término, la Casa de la Mora.
La Roca del Corb se compone de rocas predominantemente conglomeráticas. Entre los gruesos bancos de conglomerado se observan bien algunos niveles de areniscas y lutitas (rocas arcillosas) bastante compactas. Gracias a estos últimos niveles, que se erosionan con mayor facilidad que los conglomerados, se puede acceder con relativa facilidad a la Casa del Corb. En efecto, los niveles más blandos, y por tanto más facilmente erosionables, de lutitas y areniscas, han propiciado la formación del peculiar modelado de la Roca del Corb. La cornisa que rodea toda la Roca del Corb es el signo más claro de la erosión diferencial que se da en estas formaciones monolíticas, como se aprecia en la Fig 3.
El parecido del Corb con la montaña de Montserrat no es ni mucho menos casual. Se trata formaciones sedimentarias que se originaron a la vez, durante el Cenozoico (en los períodos Eoceno y Oligoceno), como consecuencia de la intensa actividad erosiva y sedimentaria que tenía lugar a medida que el Pirineo se iba despertando de su letargo. Estamos hablando de los tiempos y de los movimientos geológicos que dieron lugar, no sólo a los Pirineos, sino a otros grandes sistemas montañosos, como los Alpes y los Himalayas. Hablamos, en fin, de lo que los geólogos conocemos como orogenia alpina. En la Fig. 4, desde la Roca del Corb, dirigimos nuestra mirada hacia el norte, podemos contemplar las majestuosas sierras marginales surpirenaicas, entre las que destaca la sierra de Aubenç con su punto más alto, el Coscollet (1.611 m) destacando en el horizonte.
Las sierras marginales del Pirineo comprenden un conjunto de unidades geológicas formadas por una potente serie de estratos, entre los cuales destacan los materiales sedimentarios del Mesozoico. Prácticamente todos ellos son de origen marino; de ahí la abundancia de fósiles que presentan.
El tramo que hay entre la Roca del Corb y la Sierra de Aubenç es en realidad una sucesión de estructuras geológicas que se formaron a medida que se iba formando el Pirineo. Predominan los cabalgamientos de materiales hacia el sur, como si el proceso de elevación del Pirineo hubiese provocado en esta zona una gigantesca «ola» de rocas y sedimentos hacia la Cuenca de Oliana. Los cortados de rocas calcáreas del Aubenç son la viva imagen del resultado de esos movimientos tectónicos.
El punto de llegada del itinerario, la cabecera del Barranco de la Ribalera, ofrece un ejemplo extraordinario (ejemplo de libro, sin duda) de las estructuras de plegamiento de esta zona. Concretamente, se puede observar perfectamente un sinclinal, es decir, una deformación cóncava de los estratos de caliza, cuyo eje coincide justamente con el sitio donde habitualmente se celebra la Misa, en recuerdo de la que celebró San Josemaría Escrivá el 28 de noviembre de 1937. En la Fig. 5 puede verse el Barranco de la Ribalera y el sinclinal en las calizas cretácicas.
Sobre nuestras cabezas, los fabulosos farallones de caliza arcillosa (la fracción arcillosa es la causante de los característicos tonos rojizos de estos cortados rocosos), que parece se vayan a desplomar de un momento a otro. De hecho, es un lugar donde son muy frecuentes los desprendimientos de rocas, a causa del fenómeno conocido como gelifracción. El agua de la lluvia se filtra entre las fisuras y diaclasas de las rocas; al congelarse, se crean tensiones entre los minerales y, a la larga, las rocas terminan por disgregarse. A pesar de todo, estos paredones rocosos son lugares muy apreciados por los alpinistas, que suelen verse trepando por las alturas. La Fig. 6 muestra claramente las calizas cretácicas (Flanco occidental del sinclinal) en el Barranco de la Ribalera.
De vuelta ya hacia los coches, desde el mismo camino, podemos observar una masía que parece estar coronando un promontorio de calizas del Jurásico: es la masía de Juncàs, desde donde se prestaba ayuda a los fugitivos que hacían escala en el barranco de la Ribalera. Más allá de Can Juncàs, hacia el sudeste, volvemos a ver las zonas deprimidas de la Cuenca de Oliana, como puede apreciarse en la Fig. 7.
En la próxima jornada nos esperan unas cuantas sorpresas geológicas. Aunque seguramente serán más esperadas las sorpresas gastronómicas propias del tiempo prenavideño. En todo caso, un buen turrón también puede ser duro y bueno, como los conglomerados… ¡Hasta pronto!
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