Fenollet, una casa estratégica entre el Pallars y el Alt Urgell

Aprovechando que el día 9 de enero hacemos la Caminata desde el valle del río Sallent hasta el valle del río de Cabó, pasando por Fenollet, querría hacer algunos comentarios sobre la casa de Fenollet.

Después de hablar muchas veces, a lo largo de los años 2002 al 2007, con Eugeni Coll Campà, el amo de Fenollet, querría remarcar algunos datos que nos puedan ayudar a conocer aspectos interesantes de la casa de Fenollet durante los años de la guerra. Él, tenia entonces doce años y se acordaba bien de aquellos sucesos.

Nos comentaba que, desde finales de 1936 a finales de 1938, prácticamente cada semana pasaba alguna expedición de fugitivos en dirección a Andorra. Después de 1939 también tuvieron refugiados en su casa.

La casa de Fenollet era muy conocida en la zona, por su situación estratégica en el camino de Bòixols a Organyà y la Seu de Urgell. Efectivamente, el camino que iba de la comarca de Pallars Jussà (Salàs de Pallars, la Pobla de Segur, Isona, les Conques, Tremp…) hacia el Alt Urgell (Organyà y la Seu de Urgell), pasaba por Sallent, Montanissell y Fenollet. Esta era la última casa que se encontraba antes de llegar a Organyà.

Sobretodo en las épocas de las famosas ferias de animales de Organyà y de Salàs de Pallars, este camino era muy transitado. Cuando por San Andrés, el 30 de noviembre, había la feria de Organyà la gente que venía de la región de Pallars, Bòixols, Tremp, etc., pasaba por Fenollet. Al ser esta casa la última que se encontraba antes de llegar a Organyà, algunos pernoctaban allí los nueve días que duraba la feria.

Al estallar la guerra española de 1936, algunos milicianos de la FAI quisieron matar al amo de Fenollet porque lo consideraban de derechas. Tenía parientes sacerdotes y monjas, y tanto él como su esposa se distinguían por los favores que hacían.

Como que eran muy conocidos, y especialmente por la gente de Bòixols, los milicianos de este pueblo determinaron que nadie tocase a la gente de Fenollet. Así pues, durante toda la guerra, Fenollet gozó de una especial protección, y por esto se entiende que pudiesen atender a tantos fugitivos durante la guerra sin ser molestados por nadie.

El camino que pasaba por Fenollet era un camino de herradura, es decir, apto solo para animales o para ir a pie. No tenía nada que ver con la actual carretera. Seguía prácticamente el mismo trazado y aun hoy puede descubrirse el tramo antiguo que va un poco por encima del actual. Esto hacía que fuese complicado llegar a esta casa, lo que daba más protección a la gente que allí vivía.

Durante la guerra del 36, vivieron en Fenollet unas catorce personas: seis de la familia, dos monjas que estaban allí escondidas (la hermana de la dueña y una amiga suya), un pastor, dos empleados y dos o tres parientes que también estaban escondidos. Además, como hemos dicho, cada semana o cada 15 días llegaban expediciones de 20 a 40 personas, camino de Andorra.

Durante los meses de invierno -diciembre, enero y febrero-, había muchas menos.

Para alimentar a tanta gente, Eugeni bajaba a Organyá y a Coll de Nargó dos veces por semana a buscar pan y otros alimentos. Iba alternando los dos pueblos para no levantar sospechas. En casa tenían corderos, algún cerdo, conejos y gallinas. No tenían vacas como tienen ahora.

Un detalle también interesante para situarse en el Fenollet del año 1937, es que en aquel tiempo no estaba la ermita que hay ahora, que se construyó en el año 1942.

Releyendo los escritos y diarios de la expedición de noviembre de 1937, nos hacemos cargo de cómo transcurrieron aquellos días en Fenollet. Miguel Fisac, escribe en el Diario del 28 de noviembre de 1937:

Mucho después de lo que hubiéramos deseado, llegó el pajar; mejor dicho, el aprisco techado; y después de esperar un pequeño rato a que el guía pidiera permiso a los dueños para poder parar allí lo que quedaba de noche, que era bien poco, y todo el día siguiente, entramos: tomamos un poco de morcilla y pan, de lo que llevábamos de repuesto, y nos dispusimos a dormir al arrimo del ganado, que en otro departamento inmediato al nuestro estaba.

Antonio Dalmases, en el Diario que escribió el mismo año 1937, nos dice:

Nos conduce a un corral, nos tendemos en la paja y ahí quedamos dormidos. Es el lunes 29 de noviembre.

Hace trece horas que andamos. Alrededor de las diez empezamos a despertar. Comemos un poco, alguien se fricciona y cura los pies. Otros salen a tomar el sol, sentados o tendidos en un patio que hay a la salida del corral. Éste tiene unos ocho metros de ancho y otros tantos de largo y los 27 que vamos lo llenamos del todo. Para salir hay que cuidar de no pisar a los que todavía duermen. El guía ha tenido que traer unos cestos de paja para esparcirla por el suelo, lo que hace que no se encuentre tan dura la cama. La patrona viene a averiguar lo que cada uno quiere para desayunar, pues el guía ha dicho que economicemos lo que llevamos, ya que después de esta casa ya no hallaremos otra para aprovisionarnos. Unos comen patatas; otros, tortillas, pan, agua y vino. Un gran banquete. Luego yo me tiendo otra vez a descansar […].

A los dos aproximadamente traen la comida. Puestos en fila nos van repartiendo un enorme caldero de judías, luego otro de conejo. Es una comida espléndida, comemos con verdadera hambre. Afortunadamente todo es abundante, bueno y caliente.

Luego otra vez a dormir hasta las seis de la tarde que es cuando empiezan los preparativos para la partida.

Esta narración de Antonio Dalmases nos acaba de dar más pistas para saber el lugar exacto en el que descansaron. Dice que salieron un momento al patio que hay delante de los corrales: es la zona delimitada por los corrales que tienen forma de «L» y tiene efectivamente unos ocho por ocho metros.

Todo coincide plenamente con lo que nos indicó Eugeni Coll sobre el lugar exacto en el que descansó la expedición de 1937. Son los corrales que están más abajo de la casa, en el que los animales estaban en una parte del corral y la gente en el departamento contiguo, como bien escribe Miguel Fisac en el Diario correspondiente.

Es también interesante recordar que los de Fenollet eran parientes de Josep Cirera. En efecto, la abuela de Fenollet se llamaba Rosa Campàs Sin, y la madre de Josep Cirera se llamaba María Fàbrega Sin; o sea que las abuelas eran hermanas. Esto explica también que Josep Cirera escogiese Fenollet como lugar de descanso en sus expediciones.