Un Belén en Aubenç

El pasado 12 de diciembre, 47 personas de diferentes puntos de Cataluña, e incluso de Francia, hicimos la ruta desde la casa de la Ribalera y la Espluga de las Vacas hasta las Masies de Nargó, pasando por el Picalt Roig, la Canal de la Jaça, la Casa de Aubenç y bajando por la cara norte de Aubenç.

En la casa de Aubenç, los amigos de Igualada -como ya es tradicional- nos obsequiaron con un magnífico arroz y más cosas.

Repuestos por el suculento almuerzo, fuimos todos juntos a montar el Belén y cantar unos Villancicos. El Belén fue un obsequio del colegio La Vall y la artista fue la arquitecta Imma Farrús. El Belén fue anclado en el suelo -con la confección de un buen mortero- por Josep Maria Vila, de Lleida.

El grupo mayoritario vino del colegio La Vall: muchas familias con sus hijos, acompañados por amigos.

Salimos de Oliana a las 10.30 horas. A las 11.15 llegamos a la casa de la Ribalera, a las 11.45 a la Espluga de las Vacas, a las 12.20 al Picalt Roig, a las 14.00 habíamos superado la Canal de la Jaça y a las 14.30 estábamos en la Casa de Aubenç.

Después de comer, hicimos el Belén y cantamos villancicos, y a las 16.00 horas bajamos hacia Les Masies de Nargó para llegar antes de que anocheciera.

La bajada la hicimos a través de antiguos caminos por los bosques de la cara norte de Aubenç, hasta llegar a Les Masies de Nargó hacia las 18.30 h, ya de noche.

El recorrido total fue de unos 12 Km, con un desnivel positivo de 550 metros y desnivel negativo de 890 metros, caminando unas 6 horas.

Al final de la Caminata, la gente manifestaba de diferentes formas su satisfacción, como podréis ver en los comentarios de los vídeos que adjuntamos.

Añadimos unas palabras de Antonio Dalmases -uno de los expedicionarios del año 1937 – que muestran de alguna manera sus impresiones en la subida a la Canal de la Jaça, en el Aubenç, la noche del 28 de noviembre de 1937.

En su diario escribió ese día:

No podemos pararnos pues está oscureciendo, y estamos al pie del acantilado que hay que escalar y es preciso ha­cerlo con luz, pues sin ella nos mataríamos por él. Su altura es enorme y desde su pie, donde estamos ahora, parece im­posible subirlo. Pronto dejamos de serpentear en su falda para atacarlo de frente, agarrados a sus rocas. Ya no anda­mos, gateamos. La ascensión es lenta y penosísima arrastrán­donos pegados a la roca para no caernos. Más que nunca sien­to el peso de mi mochila que tira de mi espalda para arro­jarme al abismo. Paramos muchas veces a descansar y entonces lo hacemos medio tendidos en la roca, cara al cielo y a las montañas que se pintan a lo lejos. Otra vez subir, por este camino casi vertical. Parece que nunca hemos de llegar. Ya hay muy poca luz y esto hace más penosa y difícil la subida. Horroriza pensar lo que ocurriría si resbalara un poco, se­guro que moriría. Sudamos a mares y en nuestro afán de aga­rrarnos a los salientes de las rocas no reparamos en destro­zarnos las manos.

Cuando por fin después de una hora y cuarto que parece un siglo, llegamos a la cumbre, sin hablar nos tendemos en el suelo. [] Van llegando los rezagados y caen más que se tienden en el suelo. A pesar de la oscuridad, el panorama que se ve es magnífico. Vemos media Cataluña. Es esto un mirador único. []

Reemprendemos la marcha ya en plena noche. Siempre ha­cia el Norte. Estamos ahora sobre unos campos de hierba de suaves ondulaciones que alivian nuestros pies. El guía hace correr la voz, que pasa de unos a otros silenciosamente, de que alcemos los bastones y no hablemos, pues pasamos cerca de una casa [la casa de Aubenç].