Associació d'amics del camí de Pallerols de Rialb a Andorra
 
La flora del Camino de Andorra 5

Remontando los ríos de Castellbó y de Aravell


Una crónica de Octavio Rico

Esta jornada brinda la oportunidad de disfrutar de unos paisajes extraordinarios, mientras se van descubriendo unas comunidades vegetales que, hoy, cederán casi todo el protagonismo a una vegetación típica de ribera. Y es que, de hecho, hoy caminaremos casi todo el tiempo a orillas del Segre, para seguir después los cursos fluviales del Castellbó y del Aravell.

 

A diferencia de las etapas anteriores, en las que predominaba la vegetación seca de la media montaña mediterránea, la de hoy es una etapa en la que estaremos más atentos a las comunidades propias de las llanuras aluviales, donde además de una alta humedad, suele haber suelos bastante bien desarrollados.

 

Los primeros días de marzo, si han venido precedidos sobre todo por un invierno frío (como este año), no son los mejores para contemplar la vegetación de ribera en su mayor apogeo. Precisamente en las fechas en que estamos, la mayor parte de las especies comienzan a echar sus primeros brotes y apenas dejan ver el verdor (bastante apagado todavía) de sus tiernas hojas. Los robles conservan aun en sus ramas la mayor parte de sus resecas hojas, como si quisieran recordarnos que el tiempo invernal está todavía presente, aunque sea dando ya sus últimos coletazos.

 

Las copiosas nevadas que cayeron en el Pirineo a comienzos de año, así como el deshielo que ya viene anunciando la primavera, se notan en el fuerte caudal con el que baja el Segre, en cuyo margen derecho comienza la caminata de hoy. Al norte, las cimas nevadas del Pirineo andorrano dibujan un marco de una belleza incomparable. Un verdadero regalo para disfrute de los caminantes.

 

Al principio del recorrido, desde las proximidades de Noves de Segre, el camino discurre junto a masas de bosque mixto de carrasca y roble. Se pueden distinguir facilmente tanto el roble valenciano (Quercus faginea) como el roble pubescente (Quercus humilis o pubescens), que seguramente ya resultan familiares a quienes hicieron las etapas anteriores. Durante la excursión de hoy conviene, no obstante, fijarse bien en los robles, pues tendremos ocasión de ver algunos ejemplares de una nueva especie: el roble cerrioide o de hoja grande (Quercus cerrioides). Quien quiera descubrirlos, deberá estar atento a lo largo del río de Aravell, principalmente en su margen izquierda. El roble cerrioide está considerado como un híbrido entre el roble valenciano o de hoja pequeña y el roble pubescente; de hecho, al ser un híbrido de ambas, tiene características intermedias entre esas dos especies. Uno de los rasgos más característicos del roble cerrioide es que durante el invierno sus grandes hojas -de entre 5 y 8 cm, o sea, iguales o más grandes que las del roble pubescente- suelen permanecer secas en las ramas, hasta que los nuevos brotes las empujan, haciéndolas caer definitivamente del árbol.

 

Los pinares de pino negral o pinassa abundan en las vertientes que dan al margen derecho del Segre y hablan por sí solos del carácter submediterráneo de la vegetación dominante en esta zona. Dichos pinares forman densas masas boscosas en las laderas que vemos perderse por el noroeste, extendiéndose hacia el puerto del Cantó. Entre los arbustos, destaca la presencia de la coscoja (Quercus coccifera), que aparece aquí cubriendo a menudo sustratos rocosos.

 

A la altura de la explotación de gravas que hay junto al Segre, enfrente poco más o menos del karting, se pueden contemplar muy bien los bosques de ribera, que perfilan los márgenes del río, delimitando también las fértiles llanuras aluviales. El chopo negro (Populus nigra), esbelto y alto, destaca entre todos los árboles, formando densas poblaciones. Entre los numerosos chopos se pueden descubrir algunos ejemplares de otro árbol típico de los bosques ribereños: el aliso (Alnus glutinosa). Este árbol es fácilmente reconocible por sus características inflorescencias femeninas, de unos 2 cm de longitud, duras y algo leñosas, de color marrón oscuro a negro; inflorescencias, por cierto, que guardan una gran similitud con las piñas de las coníferas. Al igual que ocurre con las hojas de algunas especies de roble, también esos pequeños conos permanecen en las ramas del aliso a menudo durante todo el invierno. Las inflorescencias masculinas, por su parte, son delgadas, cilíndricas y pendulares; son más largas que las femeninas (llegando a alcanzar los 10 cm) y de una llamativa coloración entre amarillenta y rojiza. Quizás es el momento de mirar la foto y recordar aquello de que "vale más una imagen que mil palabras" (ver la foto que adjuntamos).

 

Tras una hora de camino, más o menos, a la altura de la Borda del Fuster vuelven a aparecer los robledales, con su típico color cobrizo, que contrasta con el verde oscuro de la encina, también abundante en la zona. En la orilla del camino, se ven algunos ejemplares de almez (Celtis australis), un árbol bastante parecido al olmo por su talle y sus hojas. También llama la atención la presencia a lo largo del camino de algún nogal (Juglans regia), sobre todo en la proximidad de las zonas habitadas. Algunos nogales llegan a alcanzar tamaños verdaderamente monumentales. Merece la pena pararse un rato a contemplarlos, por ejemplo en las proximidades de la explotación vacuna que hay poco antes de llegar al río de Castellbó.     

 

Los cultivos extensivos de regadío, en ambos márgenes del Segre, dan un aire especialmente pintoresco al paisaje de esta zona ribereña. Aparte de las especies citadas, mientras se va caminando es frecuente encontrarse con ejemplares de sauce llorón (Salix babylonica) y de saúco (Sambucus nigra), así como abundantes lianas y zarzas. Estas últimas deben dar seguramente buenas moras en verano, pero en este tiempo invernal ofrecen un aspecto realmente desolador.

 

Mientras se camina a contracorriente por la ribera derecha del Castellbó, es fácil advertir -si se mira hacia el norte- el contraste cromático entre las vertientes orientadas al sur y las que miran al norte. Ese contraste se hace especialmente llamativo en las vertientes que confluyen en el río de Aravell: la solana, con sus carrascales poco densos y de tono entre verde oscuro y gris, contrasta llamativamente con los bosques caducifolios de pino rojo y roble valenciano que crecen en densas masas en umbrías orientadas al noroeste.

 

A lo largo del río de Aravell llama la atención la abundancia de boj y de algunas especies acuícolas, como el sauce y la sarga. A la altura del pueblo de Aravell, merece la pena hacer un alto en el camino para contemplar la cara norte de la sierra del Cadí. Sin lugar a dudas, uno de los mayores espectáculos paisajísticos que el caminante puede disfrutar en esta jornada. Aunque a esta altura del camino, quizás más de uno ande ya más pendiente de otra prometedora perspectiva: la tradicional paella en Bellestar.

 

La próxima jornada nos dejará a las puertas de Andorra. Antes de alcanzar la frontera veremos por fin, entre otras especies, los abedules de montaña, uno de esos árboles que nos advierten de que hemos ido ganando en altura. Y es que, entonces, nos encontraremos entrando en pleno Pirineo, disfrutando ya del tiempo primaveral. Una primavera que ya hoy se dejaba notar en los cerezos y almendros, que parecían árboles cubiertos de nieve.

 

La próxima excursión promete... No os la perdáis!

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