Associació d'amics del camí de Pallerols de Rialb a Andorra
 
La flora del Camino de Andorra 4

Mientras caminas, descubre la flora del Camino de Andorra


Octavio Rico nos resume la flora de la ruta Cabó-Noves de Segre

 

Como hemos podido ver en las jornadas anteriores, en las zonas más meridionales de la comarca del Alt Urgell abunda el bosque mediterráneo de encina dulce, alternando con masas de bosques mixtos de roble valenciano y de "pinassa". En esas zonas bajas abunda también el romero, el cual no resiste demasiado el frío.

 

La peculiar orografía de esta comarca, con predominio de sierras orientadas de este a oeste, condiciona claramente el carácter mediterráneo o submediterráneo de la vegetación.  En la sierra de Ares, donde se halla enclavado el monte Cogulló (1.655 m), predomina una vegetación submediterránea de carácter seco, que de hecho se hace extensiva a la mayor parte de la comarca.

 

El recorrido a través de la sierra de Ares ofrece una buena oportunidad de comprobar la influencia que llega a tener la orientación orográfica en la adaptación de las comunidades vegetales. Es muy notable, en efecto, el contraste de hábitats que se observa en estas sierras según se camine por la vertiente de solana, o por las vertientes encaradas al norte y nordeste, más umbrías y húmedas. Al mismo tiempo, mientras atravesamos la sierra de Ares podremos también comprobar la influencia de la altitud, otro factor decisivo en la distribución de las comunidades.

 

Como ya se vio al finalizar la excursión de enero, cerca del río de Cabó, los bosques mixtos de "pinassa" y roble valenciano  son claramente los dominadores del paisaje del valle. En esos cálidos y acogedores bosques comienza esta jornada, con la ascensión de la sierra de Ares por su vertiente meridional. Los casi mil metros de desnivel que se alzan por delante (respecto del valle del Cabó) convierten el ascenso de esta sierra en todo un desafío para el caminante. Digamos ya de entrada que en esta vertiente meriodional, en contraste con etapas anteriores, llama mucho la atención la escasez de vegetación y, al mismo tiempo, la presencia de profundas cicatrices (barrancos) en la superficie del terreno. Estos rasgos hablan por sí solos de la fuerte pendiente del terreno y de la consiguiente erosionabilidad del sustrato, claramente vulnerable frente a la acción de las aguas de escorrentía superficial. Un terreno, en fin, en el que difícilmente llega a madurar el suelo y en el que, por tanto, escasean llamativamente las comunidades arbóreas. Por contraste, los tramos de canchales, tarteras y rocas sueltas en general, ponen a prueba en esta jornada el equilibrio de los caminantes y su capacidad de resistencia en un terreno más bien hostil.

 

Tan pronto como se comienza a ascender, enseguida se impone una vegetación arbustiva. Como en la etapa de enero, abundan en la solana el enebro, la coscoja y el romero, entre otras especies. Es terreno de maquias y chaparrales salpicadas de masas boscosas de encina dulce, sabina y algo de roble valenciano.  

 

Hay que recordar que la sierra de Ares presenta un sustrato rocoso de naturaleza netamente calcárea (calizas y margas). Nos encontramos aquí en la zona de transición geológica entre los terrenos paleozoicos del Pirineo axial, más antiguos, y los materiales mesozoicos, característicos de las sierras prepirenaicas. Y esa transición se nota también en la peculiar distribución de las comunidades vegetales que tienen sus hábitats en esta sierra.

 

A medida que se asciende en altitud, el terreno aparece cada vez más desboscado, y los bosques de carrasca van dejando paso gradualmente a las praderías. Después de casi tres horas de fuerte subida, casi todo el mundo acaba con la lengua fuera, pensando tal vez en el refrigerio y en el descanso al que invitan los cálidos corrales de Ares. Sin embargo, vale la pena abrir bien los ojos en los prados que encontramos antes de llegar al pueblo. Los prados, en efecto, prácticamente desnudos de vegetación arbórea, aparecen salpicados de especies propias de ambientes secos y adaptadas al terreno calcáreo.

 

En anteriores capítulos hemos centrado la atención exclusivamente en árboles y arbustos. Hoy, sin embargo, haremos una excepción. Y es que en estos prados hay tal diversidad de plantas herbáceas, que creemos vale la pena destacar algunas de las más representativas.

 

Pueden descubrirse fácilmente variedades de plantas anuales como el cardo negro y la sanjuanera. También hay una cierta abundancia de herbáceas perennes, como el alpiste borde y la globularia, esta última con la característica forma globosa de sus inflorescencias. La antillis de montaña, pequeña mata rastrera cuajada de flores rojizas y rosas, da un especial toque de colorido a las cumbres y crestas calcáreas del Pirineo. Entre todas estas especies, pueden verse también especímenes de junquillo de flor azul. Las fotos que se adjuntan pueden dar una idea de la belleza de todas estas especies, que no son más que un pequeño botón de muestra.

 

La dureza de las condiciones climáticas que imperan en lo alta de la sierra de Ares queda de algún modo suavizada por el colorido y variedad de las comunidades herbáceas que encontramos en las proximidades de la carena. Más arriba del pueblo de Ares, ya casi en la divisoria de aguas de la sierra, van reapareciendo las especies arbustivas como el boj y la coscoja, que pronto dejan paso -en el camino hacia Baridà-  a los densos pinares de "pinassa" y de pino albar.

 

A medida que se desciende hacia el Segre, dichos bosques -verdaderos protagonistas del paisaje-  irán dando paso de nuevo a los bosques de carrasca y, posteriormente, a los de roble valenciano y otras especies más sombrías. Finalmente, ya en las proximidades de Noves de Segre, tras descender los casi 1000 metros de desnivel respecto al Ares, la vegetación de ribera pasa a ser el elemento dominante del paisaje.

 

De esa vegetación de ribera habrá ocasión de hablar más despacio en la "etapa de los ríos", que nos ocupará en el próximo capítulo.

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