Associació d'amics del camí de Pallerols de Rialb a Andorra
 
Caminata de marzo 2012

Unas familias de Igualada nos obsequiaron a todos con un magnífico arroz


 

Con un día espléndido y un sol radiante, 60 personas asistieron a la Caminata del pasado 10 de marzo. Veintidós eran de Igualada y el resto de Barcelona, ​​Girona, Sant Cugat y otros pueblos de Catalunya. La mayor parte de los caminantes eran familias con sus hijos.

 

A las 10:15 h de la mañana comenzamos a caminar desde Noves de Segre y llegamos al Golf d'Aravell hacia las 13:30 h. Hicimos los 10 km del trayecto en unas 3 horas y media.

 

Al final de la Caminata, los amigos de Igualada: Manel y Mateo, nos obsequiaron con una suculenta paella.

 

Por el camino nos encontramos unos chicos del Braval -una obra social del Opus Dei en el barrio del Raval de Barcelona- que estaban limpiando y remarcando el camino, de manera que cuando nosotros pasábamos por un lugar, ellos ya lo habían acondicionado.

 

Adjuntamos dos pequeños retazos del que escribió Francisco Botella. Uno del año 1937 (el Diario) y otro del año 1975 (recuerdos):

 

Del Diario, martes 30 de noviembre de 1937

 

Hemos llegado al río (Riu de la Guàrdia): lo cruzamos descalzos y con agua hasta la rodilla.            

Después de pasar el río -todo en gran silencio, pues estamos a unos veinte metros de la carretera (la que va a Noves de Segre)-, pasamos a la otra parte de la carretera y nos internamos, tras una subida ligera, hacia el valle (del riu Segre), que bajamos después con menos dificultad que de ordinario, pues no es abrupto.

(…) Vamos cogidos unos a otros: y es esta la única forma de andar. Tras un rato de mejor camino, llegamos a una casa de campo (la Borda del Fuster o la Borda del Riu), donde entra el guía y donde sale un payés que nos conduce a un pajar, en el que descansamos tres cuartos de hora: llegamos a las once menos cuarto, y salimos a las once y media. Como siempre, estos descansos en los establos saben a gloria, y se abandonan con gran disgusto.

 

 

Francisco Botella (recuerdos del año 1975)

 

Esta noche fue la noche de los ríos. Debimos pasar el mismo río muchas veces, muchas. Unas en cauce hondo y estrecho nos llegaba el agua hasta los muslos, otras el río se ensanchaba y a veces tanto, que prácticamente el paso ofrecía sólo pediluvios.

(…) No sabíamos lo que nos esperaba, pero al ir sucediéndose este caminar por el agua, nos entró una gran preocupación de que al Padre le diera un ataque de reuma (hacía tiempo hubo precedentes). Empezamos con sumo cuidado la primera vez que nos dimos de narices con un cauce apretado y hondo. (…) El agua nos había llegado a los muslos y algo se mojó el Padre, a pe­sar de los cuidados que pusimos.

Aún creo que otra vez se hizo lo mismo al volver a tropezar con el río. Pero ya a partir de ese momento, el Padre, riéndose, dijo que había que hacerse a andar por el agua. Y fuimos atravesando a pie corrientes de agua y el Padre con nosotros. Sin secarse, porque no había tiempo y sin pensar en más. El agua estaba fría. Para nosotros yo creo que un pediluvio que otro no vendría mal, porque los pies estaban congestionados de tanto andar, ¡pero ya eran demasiados! Para el Padre esto era un fuerte peligro. ¡Lo que rezamos para que no le pasase nada! Pensamos que sin la ayuda de Dios, el Padre se quedaría rígido y sin poder moverse por el ataque de reuma.

En todo este tiempo el cielo está sin nubes. El Señor nos protegía de manera descarada, abierta: porque el pensar que lloviera o nevase esto era lo propio de la época y del lugar nos ponía preocupados. Al final de aquella noche húmeda y molesta, alguna pequeña nube se paseaba por el cielo. Rezamos para que se contuviesen los vientos y las nubes.

El agua había acabado de descuadernar el calzado del Padre: el agua entraba y salía como quería en las botas. Conservo el recuerdo de esta noche, como noche de ríos y con la risa y la broma del Padre, cada vez que nos encontrábamos con uno. ¡Que esfuerzo de ánimo tuvo que hacer el Padre para no sólo superar la dureza de aquella tortura, si no para le­vantar aún tanto su corazón que hasta reía por fuera y cantaba por dentro la voluntad de Dios! Nosotros cambiamos de alpargatas, cuando estaban ya deformadas por la humedad.

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