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Portada > Noticias > Lecturas en el Paso de los Pirineos 2: desde Aubenç a las rocas de la Caubella
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Vista desde los Cortals de Cal Roger, subiendo hacia la Collada de la Torre      

De Aubenç a Fenollet (28-29.11.37)

(Ver "Camino de Liberación", pp 83-91)

La bajada de Aubenç es larga y dura. Bajan por senderos formados por los arrastres de troncos de árboles de la explotación forestal de los bosques de la cara norte de la montaña de Aubenç. Muchos de aquellos troncos estaban atravesados y han de saltar por encima de ellos. Hay muchas caídas. Finalmente llegan a Fenollet hacia las seis de la mañana del día 29.

Diu Miguel Fisac en el Diario de l'any 1937:

Estamos en terreno algo poblado por árboles, sigue la hume­dad: algún resbalón, caídas, y tropiezos con ramas y troncos de árboles que encontramos en el camino: una oscuridad casi absolu­ta, que hace muy difícil distinguir y seguir al que camina delan­te [era la bajada hacia Aubàs y les Masies de Nargó por los carriles de arrastre de troncos del bosque].

A media noche llegamos a una carretera [es la carretera que va de Coll de Nargó a Isona]. Dejamos la formación de fila india, en que de ordinario hemos hecho el recorrido, para formar en grupo compacto. Por la carretera andamos más de media hora a buena marcha, cruzamos varias veces un río que serpentea [el Río de Valldarques]. A pesar de la escasez de luz, se nota que atravesamos una gargan­ta bastante fuerte [el Barranc de Valldarques]: dejamos la carretera, y, a pocos metros de seguir un camino, hay que cruzar un riachuelo [el Río de Sallent] con pasarelas de piedras poco seguras: los más se dan un pediluvio: en otras jor­nadas, que habrá que darse cincuenta, esto ya no tendrá importan­cia [una nueva señal que el Diario se escribió unos días después, durante la estancia en Andorra].

Dejamos el camino desagradable y con piedras y barro para subir una cuesta sin una mala senda siquiera [subida a Cases y a la ermita de Sant Jaume]. Descansamos cerca de una hora. El guía duerme, acurrucado en su manta. Los demás nos helamos.

Seguimos subiendo [subida a Comalavall]. Llevamos más de ocho horas andando.

Mucho después de lo que hubiéramos deseado, llegó el pajar; mejor dicho, el aprisco techado [Fenollet]; y después de esperar un pequeño rato a que el guía pidiera permiso a los dueños para poder parar allí lo que quedaba de noche, que era bien poco, y todo el día siguiente, entramos: tomamos un poco de morcilla y pan, de lo que llevábamos de repuesto, y nos dispusimos a dormir al arrimo del ganado, que en otro departamento inmediato al nuestro estaba.

 

Antoni Dalmases escrivia al seu Diari (1937):

Silenciosamente dejamos los prados y entramos en el bosque. La oscuridad es tan grande que no se ve más que la silueta del compañero que va delante a un paso de distancia, luego tenemos que cogernos con los bastones para no perdernos. Cada hora paramos unos minutos para descansar y beber o, mejor, mojarnos la boca. Como no se ve dónde se colocan los pies, se colocan mal y duelen y se magullan terriblemente.

Del bosque pasamos a unas regiones desoladas que no tienen más que piedras y que acaban de destrozar los pies. A lo lejos a nuestra derecha se ven las luces de un pueblo [tenía que ser Les Masies de Nargó o bién Coll de Nargó].

Se acaba el llano y descendemos por el bosque a un río [el Río de Valldarques]. Pasamos un puente y después de él, paramos para comer un po­co. Yo cómo un huevo y pan, y enseguida reemprendemos la marcha. Subimos por un declive suave hasta una carretera. Esto es algo peligroso. Al llegar nos reúne el guía y nos hace formar un pelotón de tres en fondo y avanzar a paso li­gero por la carretera, prontos para saltar a la maleza si se ve algún coche. Vamos casi corriendo. Pasamos un puente. Se ve una casa y silenciosamente nos acercamos a ella. Nuestros nervios están en tensión hasta que dejamos la carretera y volvemos al monte. Lo que hemos hecho es muy peligroso pero con ello hemos salvado una montaña que, de haber tenido que escalar, habríamos tardado mucho tiempo. El río mete un rui­do formidable y pronto llegamos a él y nos avisan que nos descalcemos. Así lo hacemos todos y con alpargatas calceti­nes y vendas colgando del cuello, pasamos el río con agua hasta la pantorrilla [era el Río de Sallent].

El agua está helada pero al pie le va muy bien pues los refresca y limpia, a pesar de que los guijarros se clavan como cuchillos.

En el otro lado nos calzamos y, sin entretenernos, otra vez empezamos a andar. El cansancio se nota y la debilidad aún más. Deben ser las doce. Delante de nosotros se levanta una montaña enorme pero vieja [Comalavall], que nos promete una ascensión pesada pero no peligrosa. Es todo matorral. Cuando nos para­mos la mayoría se duerme a pesar de hacer un frío más que regular y llevar los pies mojados porque el suelo también lo está. Descansamos todos sólo unos minutos, pero los hay que llegan a soñar en voz alta. Yo lo hago pero sin llegar a dormir. Sueño cosas absurdas y estúpidas. Hace ya veinticuatro horas que no dormimos y diez que no comemos, y siete que andamos en las condiciones más penosas que pueden imaginar­se.

                      Descanso en Fenollet (29.11.37)

Francisco Botella escribe en el Diario del año 1937:

El 29, pasado en el establo de la casa de campo, a donde llegamos bastante cansados y que esperábamos ver cerca con mucha ansiedad, fue aprovechado para dormir y descansar.

Había poca paja, para acostarnos con alguna menor incomodidad, y se nos trajo más al cabo de unas horas. En el pesebre colocamos nuestras mochilas y sentados en el suelo, nos alimentamos con unas judías que nos dieron, de las que tomamos bastantes. También tuvimos conejo y tortilla. Esto de la tortilla era una novedad: hacía mucho que habíamos gustado su sabor.

Mientras dormimos, tuvimos el acompañamiento de las campanillas del ganado, que estaba en un establo separado por una tosca puerta de nuestro dormitorio; establo que además era retrete, por cierto, muy higiénico.

 

El mismo Francisco Botella (1975), después de resumir en muy pocas palabras el camino de Aubenç a Fenollet, dice:

Al amanecer, ya coronado el Obens y después de descender unas horas, llegamos cerca de unas casas. Otro parón y a esperar, sentados en el suelo un rato, mientras se despla­zan para investigar si lo previsto no tiene contratiempos. Nos llevaron luego a un establo, donde había animales dis­tintos: caballerías, ovejas, gallinas... Y a acomodarse en­tre estos habitantes. Aquí teníamos que pasar el día y reponer fuerzas. Estamos en el día 29 de noviembre. Antonio ha­bía desaparecido.

El Padre llamó a Juan y hablaron un poco. Lo primero que hizo, enseguida, fue comulgar y sumir las Sagradas Formas. Estaba preocupado, porque, aunque la gente que venía con nosotros era buena, tenía poquísima formación. Y se oía alguna blasfemia. Decidió, por eso, que el Señor Sacramen­tado no nos acompañase más. Luego Juan atendió al Padre. Llevaba los pies y el calzado destrozado. Trajo agua y le dio algún baño con alguna medicina, y no faltaron los salicilatos. A continuación le arregló con un alambre que encontró, las suelas que ya estaban muy sueltas. Y tomó unos alambres de reserva, para el resto del viaje.

Cuando empezábamos a descansar un rato, el Padre se puso a organizar los pocos enseres que traíamos y nos invitó a ayudarle: parecía que íbamos a estar allí muchos días. Pedro con su buen humor y con esa gracia con la que lograba aunar el respeto al Padre con la confianza filial y cariñosa, sostuvo uno de esos diálogos sabrosos, que nos divirtieron. El Padre se reía y se refería a esa actitud de confianza de Pedro, que el mismo Padre fomentaba. Pero estamos cansados y tratamos de dormir algo. No creo que llegáramos a dormir porque el mismo cansancio y los ruidos de nuestros vecinos del establo lo impidieron.

Por lo menos conseguimos un poco de relajamiento, tumbados sobre aquel suelo sucio, como lo hacían a nuestro lado los animales. Hicimos las Normas.

Nos dieron comida, de campo y elemental, pero es­te día comimos mejor que los anteriores y por supuesto que el resto que se avecinaba. Fue el único día que comimos bien porque la prepararon las mujeres que vivían en aquella masía.

Antoni Dalmases, en su escrito de 1937, cuenta:

Estamos cerca del final de esta etapa que es una casa [Fenollet], antes de llegar a la cual se adelantará el guía, como siempre en estos casos, y luego nos llamará. Nos conduce a un corral, nos tendemos en la paja y ahí quedamos dormidos. Es el lunes 29 de noviembre.

Hace trece horas que andamos. Alrededor de las diez em­pezamos a despertar. Comemos un poco, alguien se fricciona y cura los pies. Otros salen a tomar el sol, sentados o tendi­dos en un patio que hay en la salida del corral. Este tiene unos ocho metros de ancho y otros tantos de largo y los 27 que vamos lo llenamos del todo. Para salir hay que cuidar de no pisar a los que todavía duermen. El guía ha tenido que traer unos cestos de paja para esparcirla por el suelo, lo que hace que no se encuentre tan dura la cama. La patrona viene a averiguar lo que cada uno quiere para desayunar, pues el guía ha dicho que economicemos lo que llevamos, ya que después de esta casa ya no hallaremos otra para aprovi­sionarnos. Unos comen patatas, otros tortillas, pan, agua y vino. Un gran banquete. Luego yo me tiendo otra vez a des­cansar.

Mis nuevos amigos madrileños se entretienen en coger lo más indispensable de su equipo para tirar lo restante, que no pueden llevarlo. Camisas, calcetines, carteras, zapatos ... todo queda allí. Algunas de estas prendas las aprovechamos, los que se ven con ánimo de llevarlas. El Padre da ánimos a todos. Su compañía inspira confianza a todos nosotros pues parece como si Dios le hubiese mandado. Un extraño magnetismo sale de él y a mí me ha impresionado profundísimamente.

A las dos aproximadamente traen la comida. Puestos en fila nos van repartiendo un enorme caldero de judías, luego otro de conejo. Es una comida espléndida, comemos con verdadera hambre. Afortunadamente todo es abundante, bueno y caliente.

Luego otra vez a dormir hasta las seis de la tarde que es cuando empiezan los preparativos para la partida. Ya a punto, rezamos el rosario en el suelo, pero antes de acabar­lo llega el guía y nos manda salir. [...]

Siendo yo catalán, me toca a mi convencer a los de Lérida para conseguir que los madrileños vayan delante, pues son los que se cansan más. [...]

 

    Tercera noche: de Fenollet a Borda de Conorbau o Baridà (días 29-30.11.37)

La subida al pueblo de Ares y Bordeta de Conorbau

                        (Ver "Camino de Liberación", pp 91-103 i 253-258)

Salieron de Fenollet a les seis de la tarde. Paco Botella escribía en el Diario del año 1937:

Hacia las cinco de la tarde, nos avisan para prepararnos para partir: pero se retrasó bastante, pues habían llegado unas personas aje­nas a la casa y había que esperar a que se fueran.

Llevamos menos carga en las mochilas; para facilitar el viaje, que al final de las etapas era bastante pesado, hemos dejado en la masía la mayor parte de la ropa, zapatos y demás. Tenemos pues, solamente lo indispensable. También dio allí Ricardo unas fricciones a las piernas y pies doloridos del Padre, después de un buen baño de agua caliente y salada.

Por fin, hemos salido a las seis y cuarto. Frío sentimos al salir de nuestro dormitorio. Se forma la monótona fila consabida, dispuestos a andar horas, ¡ya veremos cuántas! En la dispo­sición de la fila, nos colocamos convenientemente para que nos sirvamos de ayuda unos otros.

A los pocos minutos de ir por un pomposamente llamado ca­mino por el guía, -que en realidad es una mala senda-, hace el hombre una señal y nos recomienda silencio extremado.

Una vez de que el guía se ha cerciorado de que no hay nadie, continuamos nuestra marcha, que tras una media hora de andar por la senda dicha, se transforma en una subida bastante violenta [la Canal del Grau del Fangueret ] que dura una hora y durante la cual descansamos cerca de un riachue­lo [el agua que bajaba por la canal], donde bebemos con bastante ansiedad.

Hemos llegado a la cumbre del monte que escalamos [es el Coll de Santa Fe], y, tras un descanso, iniciamos la bajada. Esta bajada es molesta, pues los árboles no dejan pasar luz alguna [bajaban por el bosque] y no se ve ningún camino. Seguimos al guía muy juntos unos a otros; y, aún así, nos es muy difícil andar por allí. Se ve un valle muy profundo; nos dice el guía que hay que bajar hasta el río, que va por el fondo, y subir por el otro monte [la montaña de Ares] que es más alto que el que bajamos ahora. Nos asustamos un poco. Bajamos mucho y resbalamos mucho.

Hacia las ocho menos cuarto divisamos, por entre los árboles ya menos espesos, el pueblo de Fígols [en realidad debía ser Organyà]. Después oímos las ocho campanadas del reloj de ese pueblo.

Continuamos la bajada del monte Cabó y, a las diez llegamos al valle y muy cerca de un puesto de carabineros. Mucho silencio, y seguimos la carretera durante un cuarto de hora. Este trozo es bastante peligroso, según afirma el guía. Después de dejar la carretera, nos internamos por unas sen­das que, pasando por casas de campo, conducen al río. También ha sido peligroso este rato, pues los perros nos saludaban al pasar cerca de esas casas [La Oliva de Cabó].

Iniciamos la subida al monte Ares, a las doce menos cuarto (noche); y empezamos a escalar una pendiente sin camino, que hay que subir a gatas. Pero a los veinte minutos [és exactament així] llegamos a una senda [el camino antiguo de Ares], que nos llevará hasta la cumbre. La ascensión penosa dura tres horas. Es muy dura la ascensión.

Por espacio de tres horas, muchas veces nos parece que está la cumbre cerca; pero nos desilusionamos cuando, al llegar a la supuesta cumbre, aparece otra subida y se vislumbra otra cumbre más. Paciencia, y a continuar. En el fondo se ve el pueblo de Fí­gols [debe ser Organyà], que divisamos al bajar el monte Cabó, y ya vemos por debajo de nuestra altura a ese monte. Muy pronto no veremos nada, porque una niebla nos separa del valle.

Por fin, divisamos una casa de campo [la primera casa del pueblo de Ares es Cal Fiter; antes encuentran el corral de Cal Fiter]. El guía nos dice que esperemos, pues va a buscar a otro emboscado que por allí está y que ha de venir con nosotros. Nos sentamos y liamos en las man­tas. El frío es muy intenso. A los veinte minutos, viene el guía y nos entra en el establo de la casa, donde estamos hora y media y donde nos dormimos.

Continuamos la subida, y, a la media hora, estamos en la cumbre. Iniciamos la bajada. El guía nos dice que la casa a donde nos dirigimos está a media hora.[...] Son las seis y media. Ha sido una jornada larga y pesada. En la casa, [la Borda de Conorbau o Bordeta espatllada de Baridà] nos acomodamos todos nosotros en un cuartito, que proba­blemente sería conejera, y nos tumbamos dispuestos a descansar.

 

Juan Jiménez Vargas (1980) ho recordaria així:

El lunes, 29, ya de noche, a las seis de la tarde, arrancamos de Fenollet. Muy cerca de la finca, empieza la subida a la montaña de Santa Fe. En poco más de una hora, remontamos un desnivel de unos 300 metros y cruzamos entre los dos picos principales de esta montaña. En el que quedaba a nuestra derecha, está la ermita de Santa Fe. Sigue una bajada fuerte, por el lado norte en un terreno de canto rodado muy incómodo. Dejamos el pueblo de Pujal a la derecha, atravesamos el camino de Orgañá a Cabó -zona fácil de vigilar- y, cerca de la masía Oliva, que queda a la izquierda, pasamos el río Cabó frente a la montaña de Ares. [...]

En lo alto de la montaña, a unos 1.500 metros de altitud junto al pueblo de Ares, paramos en un corral [el Corral de Cal Fiter], esperando a uno que se unía a la expedición o a alguno de los paqueteros del contrabando. Se pudo descansar como una media hora, que era imprescindible, porque la subida había sido una paliza, para muchos, más agotadora que la de la noche anterior. [...]

El camino del bosque era casi todo bajada, aunque muy incómodo. Primero un poco al norte -Sierra de Prada-, para bordear el barranco de Fontanella y luego hacia el este. Llegamos todavía de noche a un corral de ganado que parecía aislado en el campo. No sabíamos dónde estábamos. Después nos hemos enterado de que lo llamaban el corral de Baridá [la Borda de Conorbau o Bordeta espatllada de Baridà]. Ya de día vimos que estábamos en un sitio llano con praderas.

A menos de medio kilómetro se veía una casa, y un poco más cerca otra ­-Conorbau- y tapias de ganado. Al parecer, estábamos en uno de los núcleos de concentración de emboscadas que reunía condiciones especialmente favorables para esconderse. Está en alto, a unos 1.200 metros. Hacia el oeste el monte alcanza a1títudes de 1.700 a 1.800 metros, que seguramente eran un buen sitio para huir en caso de alarma. Adentrándose un poco en aquel bosque, se encuentra un dolmen bien oculto por el ramaje.

Con mucho detalle, Antonio Dalmases había escrito el año 1937:

Empieza la tercera etapa. [...] Frente nuestro, hay una gran montaña [la montaña de Santa Fe] que vamos subiendo lentamente por un caminito en zig-zag [la Canal del Grau del Fangueret].

Al pasar por debajo de una cascada, la mayoría se mojan los pies y el cuerpo. La pendiente es muy fuerte y llena de cantos rodados que la hacen muy peligrosa; hay que mirar muy bien dónde se ponen los pies, cosa que puede hacerse porque la noche es muy clara.

Cuando hemos llegado a la cumbre [de la montaña de Santa Fe], las cosas cambian del todo. Delante nuestro hay un gran valle [el Valle de Cabó] en cuya travesía he­mos de invertir ocho horas. Pronto entramos en un bosque tan espeso, que para no perdernos tenemos que cogernos los unos a los otros. Al fondo se ven las luces de un pueblo [Organyà]. Vamos en silencio, pues sabemos que hoy han visto carabineros por el valle. Pronto viene la orden, ¡arriba los bastones! y el silencio es mayor si cabe. Siento cómo la humedad me va subiendo por las piernas. El camino es bueno y blando. Así andaremos tres o cua­tro horas siempre igual, con breves descansos, hasta el fondo del valle, con el correspondiente río [el Río de Cabó], que hay que an­dar descalzos. Luego a subir por un monte pelado [la montaña de Ares]. Empezamos, bien satisfechos de cambiar y haber salido de aquel bosque horrible, pero pronto el cansancio se nota. Parece que no ha de acabar nunca esta subida. El frío del agua deja los pies ateridos. Nos paramos cada quince o veinte minutos. La sed nos tortura. Yo voy chupando mis manzanas, entreteniendo un trozo en la boca tanto tiempo como me es posible.

Circulan las botas y la botella de coñac, pero el vino pronto se acaba y el sufrimiento aumenta, además a medida que vamos subiendo, el frío es más fuerte; cuatro horas dura este calvario. En la cima hay una casa [como hemos dicho antes, la primera casa que se encuentra en el pueblo de Ares es Cal Fiter y su corral], donde hemos de reco­ger a un muchacho y, mientras le esperamos, entramos en la cuadra. Allí, sobre la paja y entre los animales dormidos, comemos un poco. [...]

Ahora sí que hace frío. Nos estremecemos y tiritamos. Silba el viento. [...] Empieza a amanecer y el suelo está completamente blanco de escarcha; una balsa que encontramos tiene una capa de hielo que cuesta romper para poder beber en ella.Estamos ahora a vista de Seo de Urgel y la claridad es ya grande; apretamos el paso y pronto llegamos a las sie­te de la mañana a una casa abandonada que ha de cobijarnos hoy [la Borda de Conorbau, desde donde se ve la Seu d'Urgell]. [...]

Entramos y vemos la casa que no tiene más que un standard de un piso abandonado. Cada uno busca un sitio donde tenderse, yo como un poco, cambio el calzado y me tiendo en un pesebre: no puedo moverme pero estoy relativamente bien, hay unas ramas que me sirven de colchón, la mochila para apoyar la cabeza y la manta y el pluma para taparme. Las órdenes para hoy son severísimas, no podemos hablar alto ni salir de la casa. Pronto el cansancio me vence y después de las catorce horas que hemos andado, mi lecho me parece una cama de verdad. [...] Aquel día fue larguísimo, pues lo pasamos viviendo y durmiendo en un establo oscu­ro y con mal olor. Veíamos la luz del día sólo por una ven­tana que nos dejaba ver Seo de Urgel, con sus miles de cara­bineros vigilando[...] y las cumbres nevadas de An­dorra, nuestra tierra de promisión.

Paco Botella (1975) recuerda:

Antonio fue profundizando entre la maleza, y el terreno hasta ahora llano, fue haciéndose empinado y cada vez más pendiente. Venía el tiempo de subir, fueron tres horas de esfuerzo, siempre arriba. Estas horas dejaron huella en nuestra memoria. [...]

El monte era alto, el más alto de nuestra caminata [la montaña de Ares]. ¡Qué última hora pasamos, en esta subida al monte! Recuerdo que fueron más de tres horas de subida dura. Estábamos en una planicie, sin protección, hacía frío. [...]

Nos condujeron a una edificación baja, pequeña; dentro había restos de paja y de pienso. Era un depósito de alimentos para el ganado [el Corral de Cal Fiter, de Ares]. Antonio había ido a ver si podíamos ocuparla, cuando nos dejó sin explicación alguna y como siempre, luego daba luz verde para que pudiéramos seguir sus planes: ahora se trataba de descansar un rato. Creo que sería una hora la que tuvimos de alivio, tumbados y con buena temperatura. Luego a continuar.

Ahora bajamos por la otra ladera, fácil, sin esfuerzo, pero descendíamos un tanto atontados por el frío y el cansancio [...] La luna alumbraba bastante, nos sentíamos seguros, porque no había bosque y se divisaba una zona amplia de terreno [...] Seguíamos una senda tosca, pero era senda [...] Llegamos a una casita [la Borda de Conorbau], con la luz del nuevo día, 30 de noviembre. La puerta estaba cerrada, pero para Antonio no había obstáculos: subió a la ventana en un periquete, forzó la madera y entró.

 

       Días 29 - 30 de noviembre de 1937

Ares - Borda de Conorbau - Casa de Baridà

                (Ver "Camino de Liberación", pp 91-103 i 259-263)

                                 

                                    En la Borda de Conorbau

 

Juan J.V., 1980                    

            El camino del bosque era casi todo bajada, aunque muy incómodo. Primero un poco al norte -Sierra de Prada-, para bordear el barranco de Fontanella y luego hacia el este. Llegamos todavía de noche a un corral de ganado que parecía aislado en el campo. No sabíamos dónde estábamos. Después nos hemos enterado de que lo llamaban el corral de Baridá (Bordeta espatllada de Baridà o Borda de Conorbau). Ya de día vimos que estábamos en un sitio llano con praderas.

A menos de medio kilómetro se veía una casa, y un poco más cerca otra ­Conorbau- y tapias de ganado. Al parecer, estábamos en uno de los núcleos de concentración de emboscadas que reunía condiciones especialmente favorables para esconderse. Está en alto, a unos 1.200 metros. Hacia el oeste el monte alcanza a1títudes de 1.700 a 1.800 metros, que seguramente eran un buen sitio para huir en caso de alarma. Adentrándose un poco en aquel bosque, se encuentra un dolmen bien oculto por el ramaje." 

           

Antoni Dalmases, 1937                       

           Estamos ahora a vista de Seo de Urgel y la claridad es ya grande; apretamos el paso y pronto llegamos a las sie­te de la mañana a una casa abandonada que ha de cobijarnos hoy (Borda de Conorbau, des d'on es veu la Seu d'Urgell). Entramos y vemos la casa que no tiene más que un standard de un piso abandonado. Cada uno busca un sitio donde tenderse, yo como un poco, cambio el calzado y me tiendo en un pesebre: no puedo moverme pero estoy relativamente bien, hay unas ramas que me sirven de colchón, la mochila para apoyar la cabeza y la manta y el pluma para taparme. Las órdenes para hoy son severísimas, no podemos hablar alto ni salir de la casa. Pronto el cansancio me vence y después de las catorce horas que hemos andado, mi lecho me parece una cama de verdad. Aquel día fue larguísi­mo, pues lo pasamos viviendo y durmiendo en un establo oscu­ro y con mal olor. Veíamos la luz del día sólo por una ven­tana que nos dejaba ver Seo de Urgel, con sus miles de cara­bineros vigilando y las cumbres nevadas de An­dorra, nuestra tierra de promisión."

 

Fco. Botella, 1975      

            Ahora bajamos por la otra ladera, fácil, sin esfuerzo, pero descendíamos un tanto atontados por el frío y el cansancio. . .  La luna alumbraba bastante, nos sentíamos seguros, porque no había bosque y se divisaba una zona amplia de terreno. . .  Seguíamos una senda tosca, pero era senda. . .  Llegamos a una casita (Borda de Conorbau), con la luz del nuevo día, 30 de noviembre. La puerta estaba cerrada, pero para Antonio no había obstáculos: subió a la ventana en un periquete, forzó la madera y entró."

 

Francisco Botella - Diari, 1937

            Son las seis y media. Ha sido una jornada larga y pesada. En la casa (Bordeta espatllada de Baridà, o Borda de Conorbau), nos acomodamos todos nosotros en un cuartito, que proba­blemente sería conejera, y nos tumbamos dispuestos a descansar. ¡Qué dura está la cama! sin paja, y sólo con unas ramas secas en el suelo, se está francamente mal. El Padre no duerme nada.

            No tenemos comida tampoco: para dos días el guía trae pan (uno solo); un queso pequeño, para todos; y un chorizo también pequeño. Total, ochenta y seis pesetas. El queso es del tamaño de un plato de café. Nos distribuimos equitativamente las vituallas y resulta ridícula la cantidad de que disponemos para dos días. ¡Paciencia y ánimo! ¡Con las energías que se gastan con tantas horas de marcha!

           Muchas caídas y muchos tropezones. Tenemos los pies magullados; y solo ante el cansancio enorme nos dormimos algunos un poco. El vino es lo que nos calienta un tanto, pues el frío es muy intenso. El Padre cuenta sus caídas: ¡son muchas, muchas!; recibidas siempre con buen humor: "¡¡veintiséis!!, ¡¡veintinueve!!" Las vamos contando. Pensando en nuestra labor que se avecina, se lleva todo con tranquilidad y alegría. Pero es una paliza muy fuerte.

           Comemos parcamente y nos calentamos también parcamente. En estas jornadas llenas de molestias, cansancio, sueño... y hambre, es muy difícil poder seguir nuestra Normas. Pero se siguen. Si no puede ser dedicar el tiempo acostumbrado, se hace más corto todo; pero se hace. Muchas veces, durante una marcha de una hora. se reza una sola parte del Rosario: y es que los tropezones, las caídas y la atención puesta en la oscuridad que nos rodea, y la vista quiere seguir, sin lograrlo, el bulto del que va delante de nosotros, distrae enormemente. Otras veces, muchas también, nuestra cara es azotada por las ramas bajas de los pinos; y la voz queda de "¡cuidado!" se oye débilmente, entre el ruido acompasado de nuestro caminar.

           Manolo y Tomás sienten muchas molestias en los pies. Se aprovecha el descanso para que Juan les cure. El Padre sigue, sostenido por su voluntad. Su pierna derecha está resentida y Ricardo le da fricciones con salicilatos. ¡Parece mentira que, con tanta humedad frío y cansancio, no se le acentúe el reuma! El dice que debe estar curado, cuando se encuentra así. Nosotros instintivamente pensamos en la protección del Señor y en la influencia de los Custodios...

           Al Padre se le ha estropeado el calzado; y la suela descosida deja entrar más humedad. Ricardo, con un alambre, se lo arregla un poco. Una contrariedad más."

 

 

A la vista de Noves de Segre (noche del 30.11.37)

 

Fco. Botella. Diario, 1937  

 

A las cinco menos cuarto, salimos de nuestra "mansión de re­poso" (Borda de Conorbau); salimos de día, pues hemos de bajar una pendiente mala y sin camino (Torrente de Baridà), desde donde se divisa Seo de Urgel. Esta visión nos anima, porque nos recuerda la proximidad de la frontera.

A la media hora de andar, empezamos las paradas frías e in­terminables. El guía ha ido a traer las botas llenas de vino, a una casa próxima (Baridà), y tarda treinta y cinco minutos en venir. Se oye el ladrido de los perros, al llegar a la casa; y esperamos con ansiedad oír los ladridos, que nos indicarán la salida de nuestro hombre con  el vino.

Continuamos la marcha, en una bajada rápida (Torrente de Baridà). Andamos por el bosque, y hay muchos árboles cortados en el suelo, y tropezamos muchas veces con ellos.  

A las seis menos cuarto, divisamos la carretera que va a Seo de Urgel, y, por ella, pasan unos coches, entre ellos el correo; como vamos por caminos paralelos a la carretera (Camino antiguo de Baridà), cada vez que pasa un coche extremamos el silencio y nos inclinaos hacia el suelo.

Hemos llegado al río (Río de la Guardia): lo cruzamos descalzos y con agua hasta la rodilla.     

 

Juan Jiménez Vargas, 1980           

Siguiendo la bajada pasamos muy cerca de la casa Baridá, por un camino a lo largo de un barranco -Torrente de Baridá- en dirección al Segre. Junto a una curva del camino, en un pequeño cortado no hacía mucho que los milicianos habían asesinado al dueño de la finca que estábamos atravesando. (Al dueño de la finca que se llamaba Francesc Bentanachs Oliba lo mataron en el antiguo camino de Baridà, cerca de Noves de Segre. Actualmente hay una placa que dice: "Francisco Bentanachs Oliba murió asesinado por las hordas rojas, a cien metros de este lugar el 28 del I de 1939, a la edad de 58 años. Dueño de la casa Baridá". Por tanto, en noviembre de 1937 estaba vivo. También se dedicaba a pasar gente).

Pronto, ya a muy poca distancia del Segre -como medio kilómetro- rodeamos la montaña Creueta y, cruzamos el río Pallerols (Río de la Guardia). Nos aproximábamos a la carretera que va de Noves de Segre a la carretera general.

Antoni Dalmases, 1937       

Hoy (martes 30 de noviembre), al salir, se nos juntan otros dos guías. Sa­limos como de costumbre al atardecer y vamos por un bosque, bajando hacia la carretera hasta que de ésta solo nos separa el río y unos setecientos metros.

Acá y allá se ven los fuegos que hacen los carabineros para no helarse. Llega un momento peligrosísimo. Nos hemos acercado tanto al pueblo (Noves de Segre) que parece que vamos a entrar en él, pero torcemos a la derecha y llegamos al río (Río de la Guàrdia). En silencio nos descalzamos y lo vadeamos. El Sr. viejo (José María Albareda), que está desecho, no puede más y, para pasar, tengo yo que llevarlo abrazado, cogidos los dos andando poquito a poco, pues pesa mucho y es difícil apoyar los pies en las piedras del río. Es algo serio, muy serio oír como gime de dolor el pobre se­ñor. La corriente es muy fuerte y el agua nos llega hasta las rodillas; y con tanto follón pierdo mis calcetines y otras cosas que el agua se lleva, pues casi no puedo con tanta carga. Llegamos de milagro, pero gracias a Dios, lle­gamos los dos.

 

La etapa de los ríos

 

            (Ver "Camino de Liberación" pp 104-115)

 

Paco Botella (1975)

Esta noche fue la noche de los ríos. Debimos pasar el mismo río muchas veces, muchas. Unas en cauce hondo y estrecho nos llegaba el agua hasta los muslos, otras el río se ensanchaba y a veces tanto, que prácticamente el paso ofrecía sólo pediluvios. Debió dar muchas vueltas el guía, buscando la trayectoria apropiada para la seguridad de nuestras vidas.

No sabíamos lo que nos esperaba, pero al ir sucediéndose este caminar por el agua, nos entró una gran preocupación de que al Padre le diera un ataque de reuma (hacía tiempo hubo precedentes). Empezamos con sumo cuidado la primera vez que nos dimos de narices con un cauce apretado y hondo. No se nos pasaba por la cabeza dejar que el Padre se mojara. Por eso se organizó el paso del río, contando que a lo más, se repetiría alguna vez. Miguel llevaba al Padre sobre sus espaldas, como hacíamos de pequeños, imitando los juegos de montar a caballo. Se apoyaba Miguel a la derecha en el hombro de uno y a la iz­quierda en el de otro. Y estos hacían fuerza ayudándonos del palo que llevábamos desde la salida de la Cabaña de San Rafael. En el centro del cauce un titubeo, pero acabó bien. El agua nos había llegado a los muslos y algo se mojó el Padre, a pe­sar de los cuidados que pusimos.

Aún creo que otra vez se hizo lo mismo al volver a tropezar con el río. Pero ya a partir de ese momento, el Padre, riéndose, dijo que había que hacerse a andar por el agua. Y fuimos atravesando a pie corrientes de agua y el Padre con nosotros. Sin secarse, porque no había tiempo y sin pensar en más. El agua estaba fría. Para nosotros yo creo que un pediluvio que otro no vendría mal, porque los pies estaban congestionados de tanto andar, ¡pero ya eran demasiados! Para el Padre esto era un fuerte peligro. ¡Lo que rezamos para que no le pasase nada! Pensamos que sin la ayuda de Dios, el Padre se quedaría rígido y sin poder moverse por el ataque de reuma.

En todo este tiempo el cielo está sin nubes. El Señor nos protegía de manera descarada, abierta: porque el pensar que lloviera o nevase esto era lo propio de la época y del lugar nos ponía preocupados. Al final de aquella noche húmeda y molesta, alguna pequeña nube se paseaba por el cielo. Rezamos para que se contuviesen los vientos y las nubes.

El agua había acabado de descuadernar el calzado del Padre: el agua entraba y salía como quería en las botas. Conservo el recuerdo de esta noche, como noche de ríos y con la risa y la broma del Padre, cada vez que nos encontrábamos con uno. ¡Que esfuerzo de ánimo tuvo que hacer el Padre para no sólo superar la dureza de aquella tortura, si no para le­vantar aún tanto su corazón que hasta reía por fuera y cantaba por dentro la voluntad de Dios! Nosotros cambiamos de alpargatas, cuando estaban ya deformadas por la humedad. El Profesor Albareda era el que caminaba seguro, sus botas se por­taban muy bien.

 

Diario 1937     

 

Hemos llegado al río: lo cruzamos descalzos y con agua hasta la rodilla.

 

Después de pasar el río -todo en gran silencio, pues estamos a unos veinte metros de la carretera-, pasamos a la otra parte de la carretera y nos internamos, tras una subida ligera, hacia el valle, que bajamos después con menos dificultas que de ordinario, pues no es abrupto.

 

Mucho andar y muchos tropezones y . . . las consabidas caídas, con los consiguientes rasguños, magullamientos, etc. El camino ha empeorado, y andamos por la vertiente del valle, por una senda mala.

 

Muchas veces se rompe la línea, porque, como está tan oscu­ro, en perder la sombra del que va delante, ya no se atreve uno a dar un paso. Para José María y Manolo esto es muy desagradable. Pasan delante, poniéndose inmediatamente después del guía, y así van mejor.

 

Cuando se resbala, se rueda sobre la pendiente, y hay que sacar las manos arropadas en los bolsillos (yo tenía las manos siempre agarradas al bastón), para utilizarlas agarrándose al césped y arbustos.

 

Vamos cogidos unos a otros: y es esta la única forma de andar. Tras un rato de mejor camino, llegamos a una casa de campo, donde entra el guía y donde sale un payés que nos conduce a un pajar, en el que descansamos tres cuartos de hora: llegamos a las once menos cuarto, y salimos a las once y media. Como siempre, estos descansos en los establos saben a gloria, y se abandonan con gran disgusto.

 

                                            A la entrada del río de Aravell

 

Pedro Casciaro (1975) 

           Cuando empezó a oscurecer reanudamos la marcha, esta vez de bajada. Cruzamos un río y nos acercamos a una carretera. Naturalmente, nos advirtieron que había que extremar la prudencia y no hacer ruido al caminar, y tampoco con los bordones que nos habíamos que nos habíamos hecho con ramas de árboles. Finalmente cruzamos la carretera; pero lo duro vino luego: atravesar infinidad de veces otro río o el mismo río, no lo sé. Lo atravesábamos y volvíamos a atravesarlo; a ratos, caminábamos dentro del agua, cerca de la ribera. Ahí se demostró que las botas que Juan Jiménez Vargas le había conseguido al Padre para hacer la travesía del Pirineo, habían resultado un auténtico timo. Las vendieron como impermeables y entraba el agua como si fuera un colador; con el inconveniente de que el agua tardaba en salir, y mucho más tiempo se necesitaba para que pudieran secar. Podría decir que el Padre anduvo dos días, al menos, con los pies completamente mojados.

 

 

A la salida del Golf de Aravell

 

Diario 1937

            Dos hora dura este caminar. Hemos dejado al Sur Seo de Urgel,  y empezamos a subir las estribaciones del Pirineo. Hace mu­cho frío. Estamos muy cansados. Son las doce de la noche. Ha aumentado el número de los expedicionarios, hasta unos cuarenta o cuarenta y seis: y algunos, muchos, van con contrabando.

 

Los guías, pues ahora son varios los guías que vienen con nosotros, ven fuego en lo alto del monte que subimos, y están un rato cuchicheando y deliberando sobre si serán señales o no. Manolo, en medio de este peligro, enciende la lámpara para ver el reloj: se arma bastante protesta.

 

Con gran silencio, caminamos un cuarto de hora más: luego, descansamos una media hora. Esta etapa es monótona y larga: la subida hasta el monte, donde dormiremos tardará tres horas, ¡tres horas de caminar pesado y con cansancio! El camino regular, pero con mucha pendiente. La media hora de descanso la hemos aprovechado para comer, pues llevamos mucha hambre: pero está la comida muy tasada, y aprovechamos hasta las migajas del pan. El P. se ayuda con el vino y el azúcar que la amabilidad de Mateo nos proporcionó. Con el movimiento de la comida, hemos llevado mejor el intenso frío y estamos apurando la bota. Desde la altura donde nos encontramos, vemos otra vez La Seo de Urgel, que hasta pasar a la otra parte del monte que nos dirigimos no perderemos de vista.

 

Continuamos la etapa. Mucho subir, mucho cansancio y mucho tiempo de andar. Tanto tiempo llevamos, que pensamos si esta noche nos llevarán a Andorra. ¡Qué ilusos! Aún faltaban, según nos enteramos después, doce horas.

 

 

En la Caubella

 

            (Ver "Camino de Liberación", pp 104-115 i 263-266)

 

Juan Jiménez Vargas (1980)

Cuando salimos del río, aproximadamente a la altura del pueblo de Arabell, seguimos en dirección norte por un camino que va a Can Rogier. La subida no es muy pendiente, pero el suelo es malo y con muchas piedras. (…)

Pasamos el día entre las piedras y escondidos en los matorrales sin poder movemos para no llamar la atención. Se oyeron cornetas muy cerca, porque había acuartelamientos a poca distancia.

En la marcha a lo largo del río nos habíamos quedado chorreando agua. Algo nos fuimos secando en la subida por el propio calor animal. A primera hora de la mañana, a ratos hizo sol y se consiguió superar bastante los efectos de la mojadura. Pero hacía mucho frío. Pronto se nubló del todo, y al mediodía amenazaba nevada. Por la tarde, antes de empezar la marcha, caían copos.

 

Diario (Paco Botella - 1937)

 

Nos vamos ayudando, y el Padre sube muy bien la cuesta. A las tres horas de estar subiendo, hacia las seis, cuando empieza a clarear, nos introducen entre los árboles y arbustos de un bosque con mucha pendiente y cerca de una fuente. Allí hemos de pasar el día: y esperar al atardecer para reanudar el viaje.

 

Después de algunos trabajos, encontramos dos sitios próximos, rodeados de bosque: y en ellos nos acomodamos nosotros. Como está con mucha pendiente nos escurrimos mientras descansamos. Antes hemos comido, de lo poco que nos queda, y hemos dejado para la tarde lo demás. Nos liamos en las mantas y procuramos dormirnos y descansar algo, mientras se seca la ropa. Difícil es descansar: hace frío y el suelo está muy húmedo.

 

Varias veces tenemos que volver a subir, pues nos encontramos en el fondo de la pendiente. Estamos en dos grupos: el P., Ricardo, Miguel y José María, en uno; en el otro, Pedro, Manolo, Tomás Y yo. El P. no duerme. Pasamos bastante hambre, pues, con el ejercicio que hemos hecho, se nos ha abierto mucho el apetito, pero... no hay comida. Ya comeremos.

 

Lo primero que hicimos fue cambiarnos de calcetines; no, de alpargatas, porque no tenemos. Ricardo venía tan mojado que para secar su ropa, durmió en calzoncillos. Pasamos el día con los calcetines secos y sin alpargatas. Por cierto que los calcetines son muy graciosos: hemos aprovechado lo que nos quedaba, y lleva­mos uno de cada clase rotos, húmedos, etc. y menos mal que hemos encontrado esto.

 

Son las cinco, aún de día, cuando empezamos la ascensión otra vez. Es la última etapa. Antes, Juan da fricciones de salicilato al P. y cura los pies de Tomás y Manolo: éste tiene además la rodilla estropeada y Tomás el pie completamente llagado.

 

La idea de que nos queda solo la última etapa nos alienta. Aseguran que es muy corta. Ya veremos después que es . . . larga y  pesada. ¡Cómo nos engañan!

 

Nuestra estancia en el campamento, formado por árboles y ar­bustos, fue de descanso, pero sin  comodidad alguna; para pasar de un sitio a otro, hay que ir escondiéndose entre el bosque. Hace un tiempo bueno, y pensamos en la gran dificultad que sería que hiciese un tiempo malo y lluvioso. Dentro de las molestias ¡qué bien dispone Dios todo!

 

Paco Botella (1975)

Unas luces de ciudad a lo lejos, esto era nuevo desde hacía días. Dijo José María que era Seo de Urgel. Las lu­ces se aproximaban con el tiempo para quedarse luego detrás. Después, la luz del día nos fue dando la idea de la situación que habíamos logrado: lejos, hacia abajo, estaba Seo de Urgel y nosotros en lo alto, a media ladera, empinada, en un bosque poco espeso y joven.

Antes de llegar a este sitio, cuando divisamos las luces de Seo de Urgel, se hizo el camino seco, nos adentramos en bosque claro y fuimos subiendo, sin excesivo cansancio, hasta que se nos presentó descolgada allí abajo, la Seu, como dicen los catalanes.

Poco después de nuestra parada, Antonio desapareció. Quería decir que este día lo teníamos que pasar al raso, en el Pirineo frío, y sin más protección que unos pequeños pinos, que no nos protegían demasiado de ser descubiertos.

Nos tapamos con las mantas y era insuficiente para defendernos del frío. Esta vez no hubo lugar a que el Padre dispusiera ordenar las cosas. El suelo no se prestaba, estaba frío y húmedo y la inclinación no permitía reposar dema­siado, porque se deslizaba uno poco a poco. Sin un milagro de Dios nos quedábamos sin llegar al éxito. Y estamos cer­ca de Andorra. Rezamos más que nunca. No pudimos dormir absolutamente nada. El Padre estaba muy cansado.

Hicimos las Normas con dificultad, porque estába­mos muy lejos del mínimo de comodidad para poder pensar y hablar con un poco de continuidad con Dios. Sólo me salían pa­labras sueltas de unión con el Señor, de petición, de acción de gracias. Me acordé de Ferraz: un día al cruzarme con el Padre en el pasillo, me preguntó si iba aprendiendo a hacer oración y antes que yo le dijera nada, siguió diciendo más o menos, "es muy fácil, Paco, se reduce a peticiones, acciones de gracias y actos de amor". Pensé aquí entre estos pinos fríos, que sí, que me salía la oración. No era difícil, por­que el Padre, cansado como he dicho, decía en nuestra intimi­dad, como pensando en voz alta, esas frases cortas, jaculato­rias, que hacíamos nuestras, junto a él.

Se oía el ruido lejano de Seo de Urgel y el viento en algún momento nos traía el ruido de tambores. Serán, pensamos, tropas rojas que hacen instrucción. Empezó a nevar, afortunadamente poco. Como si Dios quisiera recordarnos que teníamos que dar gracias, porque había detenido la nieve. Y nos trajeron comida, esta vez un poco de queso y de pan, para todo el día. Hicimos raciones para cada uno. Algunos las hicimos desa­parecer enseguida en nuestro estómago. Manolo, ingeniero, buen calculista, hizo un estudio que le llevó a distribuir esa miseria de comida para todo el día: nos reímos y saltó la broma. Casi se quedaba el buen humor a medio salir, como congelado por el frío.

Por la tarde nos levantamos para desentumecernos. Caminamos entre los pinos, encorvados, para que no nos des­cubriesen. Y así pasó y pasó el tiempo se nos hacía largo­ deseando ver de nuevo a Antonio: sería la señal de liberación en aquel día primero de diciembre, tan frío y tan molesto. Y por fin apareció Antonio.

 

Diario de Antoni Dalmases - 1937

       

Pronto se estrecha el valle y no deja sitio más que para que pase el río que lo surca; de modo que pasamos de lado a lado cruzando el río muchas veces (Río de Aravell), y an­dando con alpargatas dentro del agua. Será malo después, pe­ro de momento es más fácil: creo que descalzo no habría po­dido más. Esto hace muy penosa la marcha. Por esto nos ale­gramos al dejar el valle y subir por la montaña. Pero pronto Divisamos en nuestro camino un puesto de v­igilancia. Tenemos que mandar exploradores para ver por donde podemos pasar. Así nos quedamos cosa de una hora, muertos de frío, tendidos entre unos arbustos. Luego, variando un poco la ruta  prevista, ascendemos por una montaña no muy escarpa­da, pero llena de piedras que hacen pesadísimo el camino. Además, ahora casi no descansamos pues es sitio de peligro y hay que forzar la marcha para que el día no nos sorprenda en sitio descubierto.

 

La ascensión, cada vez más dura, sigue hasta el ama­necer. Estamos en un monte sobre un pueblo que se divisa perfectamente (la Seu d'Urgell). Se nos ordena formar grupos de tres o cuatro acampar entre los matorrales, con el fin de pasar el día debajo de ellos, con la orden de no levantarnos ni movernos más que para mantener contacto con los otros grupos, y no hablar alto. Todo el día estuvimos, oyendo las cornetas de los carabineros de los pueblos vecinos y esto logró que no nos moviéramos de nuestro sitio durante todo el tiempo que allí permanecimos

 

   
     
En la Casa de Aubenç
 - En la Casa de Aubenç
   
   
     
Fenollet
 - Fenollet
   
   
     
Bajando de Santa Fe al río de Cabó
 - Bajando de Santa Fe al río de Cabó
   
   
     
La subida al pueblo de Ares
 - La subida al pueblo de Ares
   
   
     
El pueblo de Ares
 - El pueblo de Ares
   
   
     
Cal Roger, la casa del guía Josep Cirera
 - Cal Roger, la casa del guía Josep Cirera
   
   
     




   

   
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Andorra, 1 de mayo de 2018
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