Conversaciones con Josep Cirera

0 | Introducción
A mediados de noviembre del 2004, pude hablar con Josep Cirera, que fue el guía de la expedición que condujo a san Josemaría Escrivá de Balaguer hasta Andorra en noviembre del año 1937.Esta expedición ha sido tratada en
diferentes libros, entre los que recomendamos los siguientes:
- VÁZQUEZ DE PRADA, Andrés: “El
Fundador del Opus Dei”, volumen II. Ed. Rialp, 2003
- RICO, Octavio y EZPELETA, Dámaso: “Cruzando la
noche”. Ed. Albada, 2004
- PIFERRER, Jordi: “Camino de Andorra”. Ed. Albada,
2004.
A lo largo de los meses próximos iré informando,
con
breves escritos, de las conversaciones que haya tenido con Josep
Cirera. Intentaré ser lo más fiel posible a las
informaciones que reciba, pero naturalmente puede que se escape
algún error sobre todo en lo que hace referencia a algunas
fechas o algunos nombres concretos, que iré corrigiendo a
medida
que tenga más información.
Evidentemente estos escritos son de exclusiva responsabilidad personal
y por tanto no involucran a aquellas personas que con su amabilidad me
dejan este foro de expresión que es la web
pallerols-andorra.org.
Tengo que agradecer vivamente a Dolors Porta Moliné,
heredera de
can Porredon, porque gracias a ella he podido localizar a Josep Cirera
y a otros hermanos suyos, lo que me ha permitido tener una
visión más completa de este tipo de expediciones
a
través de los Pirineos, durante la guerra del 36. Dolors es
pariente de los Cirera.
Agradezco finalmente la amabilidad de Josep Cirera y también
la
paciencia de su esposa, Maria Teresa Dalmau, que han permitido que hoy
podamos publicar estas conversaciones, que sin duda
aclararán
muchos aspectos de las expediciones a través de los Pirineos
durante la guerra española de los años
1936-1939,
que querríamos borrar de nuestra memoria, pero que, en este
caso, me ha parecido oportuno describir algunos de sus episodios que
nos ayudarán a conocer mejor detalles del itinerario que
lleva a
Andorra.
Jordi Piferrer Deu
Autor del libro “Camino de Andorra”
![]()
1 | Primeras expediciones
A
mediados de noviembre de 2004, después de hablar con bastante
gente de la zona de Bellestar, pude por fin encontrar a unos parientes
de Josep Cirera que me dieron su teléfono y de esta manera pude
conectar con él.
Ahora tiene 91 años, cosa que coincide con los datos que
teníamos anteriormente, ya que en noviembre del año 1937,
fecha de la expedición, tenía 23 años.
Josep es un hombre de mediana estatura, pero muy fuerte. Todavía
ahora, a los 91 años, no le sobra ni un gramo de grasa. Tiene la
cabeza muy clara y habla decididamente, con fuerza. Es optimista,
abierto y franco, de manera que la conversación transcurre muy
animada. Es muy puntual a las citas que hemos tenido y cumple los
compromisos que adquiere. Es un hombre de palabra.
En la primera conversación hablamos de tiempos antiguos, de sus
viajes a través de los Pirineos pasando a gente y
mercancías, de las peripecias que hubo de pasar, etc. Una vez,
en el año 38, viniendo de Andorra por la frontera de Mas Alins,
cuando se encontraba en Argolell unos guardias de frontera republicanos
le tiraron una bomba de mano, que por suerte pudo esquivar al
esconderse tras un muro, dentro del pueblo de Argolell. Pudo huir y
volver a Andorra por la montaña. Otra vez, después del
39, se enfrentó con unos guardias fronterizos, que huyeron
muertos de miedo.
En otra ocasión, yendo por el bosque se encontró con un
guía muerto, con un cuchillo clavado en el pecho. Parece que el
guía quiso robar a alguien que pasaba y éste se
volvió y le mató. También cuenta que en una
expedición tuvo que estar tres días esperando en el
bosque de Yuca, por encima de Argolell, porque estaba muy vigilado.
Finalmente, cansado de esperar, atravesó por en medio del pueblo
de Argolell y, así, en un ataque de audacia llegó a Mas
Alins.
La primera vez que pasó a gente fue el 19 de marzo de 1937,
día de su santo, y no le fue demasiado bien, ya que los
milicianos le dispararon, aunque, gracias a Dios, no le pasó
nada; cuando vio que iban a dispararle se lanzó
rápidamente al río Segre, de manera que pudo escapar
ileso, mientras que los milicianos pensaron que lo habían
matado. Y de hecho así lo comunicó a sus padres Josep, de
casa Armenter d’Organyà, que había facilitado la
expedición. Sus padres al recibir la noticia no se asustaron en
absoluto porque sabían que se había hecho el escurridizo,
ya que aquella misma noche había dormido en su casa. Esto
pasó en la carretera general que va de Organyà a la Seu
d’Urgell, nada más salir de Organyà.
Acompañaba en esta ocasión a tres personas de
Organyà que querían pasar a Andorra: eran el
médico, el farmacéutico y otra persona, que no recuerda
bien si era el veterinario del pueblo. Era de noche. Josep
quería salir de Organyà a través de Ares pero los
otros tres le dijeron que Ares era muy alto y difícil (tiene un
desnivel de 900 metros) y que preferían ir por la carretera
general y que, al ser de noche, no les verían. A disgusto les
hizo caso y cuando estaban en la zona llamada de los tres puentes,
donde la carretera y el río van muy encajonados entre las rocas
de las montañas, aparecieron unos milicianos armados. Los tres
fugitivos se pararon a la señal de los milicianos y fueron
detenidos, pero Cirera se lanzó rápidamente al río
mientras le disparaban. Quedó escondido entre unas rocas cerca
del río. Los milicianos lo dieron por muerto. Los prisioneros no
lo delataron y dijeron que no sabían quién era aquel
hombre, y así quedó libre para poder actuar en
próximas ocasiones.
Este primer fracaso no lo desanimó sino que continuó con
esta tarea en otras expediciones, que llegaron a ser unas 20, a lo
largo de toda la guerra.
Después de esta experiencia negativa se marchó a trabajar
a Andorra, hasta que un amigo suyo de Barcelona, médico, que se
hacía pasar por comunista, le avisó para que pasara a
gente de Barcelona a Andorra. De esta manera, desde el mes de mayo
hasta el mes de agosto del 37 realizó tres o cuatro expediciones
organizadas por este médico y otras tantas organizadas por otras
personas.
Lo hacía de la siguiente manera: primero iba caminando de
Andorra a Sort, para no ser visto en la Seu d’Urgell, y de Sort
en autobús hasta Barcelona. Desde Barcelona iban en coche hasta
Organyà y conducía el médico u otra persona, y un
miliciano armado iba delante, así no tenían ningún
problema para pasar los controles. Uno de los controles más
peligroso era el de la Basella. Una vez llegados a Organyà los
llevaba a pie hasta Baridà –que era su cuartel general-,
pasando por Ares. De Baridà bajaban hacia Noves de Segre y
remontaban al cabo de unos kilómetros el río Aravell,
subían después la cañada de la Torre, bajaban al
río Civís, subían el barranco de la Cabra Morta y,
desde aquí, entre Argolell y Arduix, subían a Mas Alins,
ya en Andorra.
Si no iba con el coche del médico, hacía lo siguiente:
iba en tren de Barcelona a Manresa. Aquí cogía el
autobús de la compañía Alsina Graells y bajaba en
la Palanca de Noves, donde había un puentecito, o bien se
dirigía hacia la casa de la Reula, cerca de Noves de Segre. En
este punto había una sirga de cables metálicos para
cruzar el río Segre. Una vez en el otro lado del río,
seguía el mismo camino que hemos indicado anteriormente. En
estos casos pasaba sólo a una o dos personas, como mucho, y no
tenían problemas en los controles de Ponts y de la Basella
porque llevaban pases falsificados.
Después de estas expediciones, en agosto del 37 se
trasladó a Francia para trabajar en la vendimia, y cuando ya
había vuelto a Andorra le avisó Josep de casa del
Armenter de Organyà para que bajara para pasar otra
expedición. Se trataba de la expedición de noviembre del
37, en la que iba san Josemaría Escrivá de Balaguer.
Jordi Piferrer Deu
Autor del libro “Camino de Andorra”
jpiferrer@pallerols-andorra.org
![]()
2 | Antecedentes y preparación de un gran guía de montaña
De
joven, Josep Cirera trabajaba en muchas cosas a la vez: ayudaba a su
padre en las tareas del campo y del pasto, trabajaba unos
días
para otras personas, o bien traficaba con mercancías, o
pasaba a
gente a Andorra. Su valía de buen trabajador era reconocida
en
la zona y por eso mucha gente se fiaba de él y
requerían
sus servicios.
Aprendió de su padre a trabajar a destajo. Este prestigio
familiar hizo que cambiaran con frecuencia de casa y de zona, porque
les ofrecían tierras para cultivar mejores y más
grandes.
Siguiendo a su familia, Josep Cirera pasó por los lugares
que
señalaremos a continuación y que están
situados en
el plano que se acompaña. En este mapa se puede ver
también el camino que siguieron hasta Andorra
(línea de
color azul), y se puede comprobar que vivió en sitios
diferentes
situados a lo largo del camino.

Nació en Can Querol, de Sallent de Montanissell (1), el año 1914. Su madre, Maria Fàbrega Sin, era la heredera de Can Querol y su padre, Ramon Cirera Llach era de can Mestre de Bòixols.
A los
dos años fue a parar a Carreu (2), vecindad que
está
situada por encima de Bòixols, en dirección a
Prats, y en
donde estuvo hasta los doce años. Allí se
familiarizó con el ganado ya que en su casa
acogían a
muchas mulas y caballos que iban de paso desde Organyà a la
Feria de Salàs de Pallars.
De los doce a los catorce años estuvo en can Trullar
d’Asnurri (3), muy cerca de Andorra. Esto le
permitió
conocer perfectamente los pasos de entrada al país vecino
por
caminos de montaña, ya que durante estos dos años
hizo de
pastor por aquellos lugares.
De los catorce a los diecinueve años vivieron en el Vilar de
Cabó (4), donde conoció a los de can Armenter de
Organyà.
A partir de los diecinueve y hasta los treinta años vivieron
en
can Roger, una casa de payés por encima de Bellestar.
En 1944 sus padres se trasladaron a Borda del Riu (6), en la
confluencia de los ríos Castellbò y Aravell.
Él, desde 1940 –cuando contaba ya con 26
años- se
trasladó a Barcelona. De todas maneras iba a ver a sus
padres y
continuó sus relaciones con la gente de los pueblos vecinos
de
Andorra.
En los tiempos de la guerra del 36, para no ser enviado al frente
–ya que no creía en las guerras como
solución de
los conflictos entre personas- se falsificó el
carné,
haciéndose pasar por más joven.
También
consiguió dos carnés de filiación
diferente: uno
de la CNT-FAI y otro de la UGT, y según quién se
lo
pidiera, enseñaba uno u otro.
Oficialmente constaba que estaba en el frente porque se
presentó
voluntario. Para dar credibilidad a esta situación,
escribía cartas a una chica que trabajaba en la Edra, una
masia
cercana a can Roger, simulando que era su novia. También
escribía con frecuencia a sus padres desde Barcelona como si
estuviera unos días de permiso. Unos y otros
enseñaban
las cartas a la gente de los pueblos vecinos y así
corrió
la voz de que Cirera estaba en el frente, y se ganaba la
simpatía de los jefes republicanos de la zona.
Uno de los contactos más frecuentes que tenía
Josep
Cirera para hacer de guía era, como ya se ha dicho, Josep de
can
Armenter de Organyà. Se llamaba Josep Ramonet Espar y estaba
casado con Concepció Oste Argerich, hermana de Maria Oste
Argerich, dueña de Juncàs.
Josep Cirera y los de can Armenter se conocían porque Josep
había trabajado con ellos cuando vivía en el
Vilar de
Cabó. También porque durante esos años
en que los
Cirera vivían en can Roger, los de can Armenter iban a
comprar
carbón u otras mercancías y productos de la
tierra. Los
de can Armenter tenían campos en Organyà,
compraban y
vendían carbón que hacían otros;
también
compraban y vendían animales y tenían una fonda
en el
pueblo. Durante unos cuatro años, Josep Cirera cuando
vivía en el Vilar de Cabó, les ayudó
los
días de la Feria de Organyà, que era el 30 de
noviembre,
fiesta de san Andrés. Esta Feria junto con la de
Salàs de
Pallars eran las más importantes de la zona. En las tierras
de
can Armenter se juntaban muchos animales de la Feria, y en la fonda se
instalaba mucha gente. Esto hacía que durante la Feria
hubiera
mucho más trabajo y Cirera les ayudaba. Tenía
entonces
entre quince y dieciocho años.
Como hemos dicho antes, los de can Armenter y los de Juncàs
eran
parientes, ya que las abuelas eran hermanas. Por otra parte los de
Fenollet eran parientes de los Cirera. La madre de Cirera era la
heredera de can Querol de Sallent de Montanissell, que está
muy
cerca de Fenollet.
Al haber cambiado de pueblo varias veces, Cirera era muy conocido en
diferentes lugares de la zona de paso hacia Andorra. Era
también
muy amigo de los de Baridà, que también pasaban a
gente,
y de los de la Parroquia de Hortò. También
conocía
como la palma de la mano la zona de can Roger donde sus padres estaban
de masaderos y él vivía desde los diecinueve
años,
cuando se fueron del Vilar de Cabó.
Todo contribuía a que la zona que va desde
Aubenç,
pasando por el valle de Sallent, Fenollet, valle de Cabó,
Ares,
Baridà, valle del río Aravell, can Roger,
Argolell y
hasta Mas de Alins, la conociera a la perfección, y tuviera
como
contactos muchos amigos y parientes.
En cambio, conocía menos la zona que va desde
Aubenç
hacia el sur: Juncàs, Baronia de Peramola y Baronia de
Rialb. En
esta zona tenía que fiarse de los guías locales.
De hecho, él sólo hizo dos expediciones desde
Juncàs: una de ellas fue la de noviembre de 1937. Las
demás las hizo desde Organyà o desde
Baridà, que
era un territorio que conocía a la perfección. La
otra
expedición hecha desde Juncàs la hizo cuando
pasó
hacia Andorra a unos parientes de Juncàs.
Habitualmente colaboraban con él dos o tres
guías:
normalmente iba con Garreta, de can Cebrià de
Espaén,
pero también tenía fuertes contactos con el
dueño
de Baridà –Ciscu Bentanachs- y, sobre todo, con su
hijo,
Jesús; también con Domingo, otro de
Espaén; con
gente de la Parroquia de Hortò; con Pitarell de
Montanissell, y
otros. Cuando las expediciones eran numerosas iban habitualmente tres
guías: uno delante, otro en medio y el otro al final de la
expedición.
A veces cuando hacían el camino de subida hacia Andorra, se
les
añadían a la expedición otros
guías y
contrabandistas cargados normalmente con grandes fardos de lana y
bolsas de azafrán, especies que estaban muy bien pagadas.
Cirera guió en total unas veinte expediciones, entre mayo de
1937 y junio de 1938. Prácticamente cada quince
días
llevaba una expedición. Cobraba 1.000 PTA. por
persona.
A partir de junio del 38 dejó de pasar a gente ya que,
según cuenta, en estas fechas esta actividad era mucho
más peligrosa, pues estaba todo más vigilado. En
el
año 1937 los milicianos estaban en el frente, que estaba
alejado
de Cataluña, y por esta zona había poca
vigilancia.
Cuenta que en el año 1938 las cosas se complicaron.
En “El meu diari de guerra”, mosén Pere
Tarrés cuenta que, del día 28 de mayo al 2 de
septiembre
de 1938, él estuvo por aquellas tierras de la Seu
d’Urgell
, Sant Joan Fumat, Ars, Buró, Llavorsí, Sant Joan
de
l’Erm, Rubió, El Cantó,
Taús, Espaén,
Noves de Segre, Adrall, Montferrer y la Seu d’Urgell. Es
decir,
que por aquella zona había movimientos de tropas y frentes
de
batalla. Por lo tanto es lógico pensar que todo estaba
más vigilado.
Normalmente Cirera pasaba a grupos muy reducidos: de 2 ó 3
personas; como mucho 7 u 8, y alguna vez incluso pasó a una
sola
persona. Sólo en una ocasión pasó a un
grupo de
100, pero en la mitad del trayecto se separó del grupo y
continuó con un grupo reducido de 15.
Los guías no decían nunca su nombre, sino que
usaban
pseudónimos. Él se hacía llamar Roger,
y algunas
veces Antoni. Nos dice que sólo dijo su nombre real a dos
personas: a san Josemaría Escrivá y a un
fabricante de
Sabadell, que años más tarde le fue a ver a
Sabadell y le
regaló ropa para hacerse un buen traje.
Cuando estaba en Andorra vivía en el hotel
Palacín de
Escaldes. No quería vivir en Sant Julià de
Lòria,
porque cuenta que allí había espías de
los
milicianos de la República española que le
podían
delatar. Cuando tenía que pasar por Sant Julià,
lo
hacía siempre de noche, o escondiéndose.
Jordi Piferrer Deu
Autor del libro: “Camino de Andorra”
jpiferrer@pallerols-andorra.org
![]()
3 | La expedición de noviembre de 1937
A mediados
de octubre de 1937 Josep Cirera había acabado sus trabajos
de la
vendimia en Francia y se volvió a Andorra, donde
vivía por aquellos
días.
Cuando llegó a Andorra se encontró con un aviso
de su
amigo Josep Ramonet Espar, de can Armenter de Organyà, que
le decía que
tenía el encargo de pasar a un grupo desde Juncàs
hasta Andorra.
Como hemos dicho antes, los de can Armenter eran parientes de los de
Juncàs y ayudaban a pasar a gente a Andorra.
Según
la versión de Josep Cirera, cuando recibe el aviso baja
hacia Juncás a
pie y de día, por los mismos caminos que después
tendrá que hacer de
vuelta y de noche, para ver cómo está todo.
Cuenta que ya conocía este
camino porque unas semanas antes había ido a
Juncàs a recoger a unas
personas que no se presentaron. Así llega a
Juncàs hacia la tarde del
día 27; pasa la noche allí y al día
siguiente, 28 de noviembre, hacia
el mediodía le acompañan los de Juncàs
hasta la Ribalera, donde
encuentra un grupo de unas 20 personas, que tiene que pasar.
Esta
versión coincide con la descripción de los
redactores de los diarios
del Paso: tanto Miguel Fisac que escribe aquel día, como
Antoni
Dalmases.
En efecto, Miguel Fisac dice:
“Es media tarde
del día 28. Comenzamos la primera jornada con el
guía que nos llevará a
Andorra, que, dicho sea de paso, es competentísimo en su
oficio: se
orienta con una facilidad asombrosa y en ésta y en todas las
demás
jornadas no le hemos visto ni un solo titubeo.”
En el diario del
día anterior, 27 de noviembre, cuando salen de la
Cabaña de san Rafael
en dirección a la Casa del Corb y a la Ribalera, Pedro
Casciaro dice:
“A las seis y cuarto nos ponemos en marcha. Nos sirven de
guías
Pallarés y Mateo.”
Antoni Dalmases, después de recordar con emoción
la Misa del día 28 en la Ribalera, escribe:
“Los
madrileños me dan pan, mientras esperamos que nos traigan el
nuestro
(nosotros hemos dejado el paquete en la casa) y así pasamos
el rato,
hablando, comiendo y reparando nuestro equipo, hasta que viene el
día.
Es un muchacho joven y bien decidido. Pagamos la mitad del precio
convenido, 7.000 pesetas en billetes antiguos y nos manda estar
preparados para las cuatro de la tarde.
… comemos un poco más y
cuando a las cuatro más o menos viene el guía,
nos halla ya cargados y
con los bastones en las manos dispuestos para salir.”
Paco Botella que también iba en la expedición,
recuerda
años más tarde lo que pasó aquella
tarde del 28 de
noviembre:
“Al
atardecer, apareció como por ensalmo, un chico fuerte,
joven,
simpático, con aire autoritario, que iba a ser el
guía principal, el
responsable de la aventura en la que estábamos
empeñados. Dijo llamarse
Antonio. Por supuesto, que ya se veía que era un nombre
convencional.”
Hablando
con Josep Cirera dice que él no recuerda haber ido a la
cueva-casa del
Corb, sino que le acompañaron directamente de
Juncàs a la Ribalera a
primera hora de la tarde para salir enseguida hacia el canal de la
Jaça
e iniciar la expedición hacia Andorra.
También asegura que él no asistió a
ninguna misa
aquellos días, ni en la Ribalera ni en ningún
otro lugar.
Josep
Boix de Juncàs, que entonces tenía 17
años, nos dice que él, después de
la Misa en la Ribalera, a la que sí asistió, se
fue a su casa a comer y
que allí se encontró con Josep Cirera. Comieron
juntos en casa y
después volvieron también juntos a la Ribalera
para subir el canal de
la Jaça. Josep Boix estaba escondido en la Ribalera para no
tener que
ir a la guerra. Poco después él
también se pasó a Andorra. La comida en
la Ribalera, según nos explica Josep Boix se la
llevó la criada que
tenían, que se llamaba Juanita, ya que habitualmente lo
hacía ella.
El
diario dice que la comida se la llevó Mateu, lo que indica
que Mateu
Molleví Roca, nombrado en los relatos del diario como Mateo
“el
lechero”, era también uno de los guías
que los acompañó hasta la
Ribalera.
Debemos tener en cuenta que Cirera no era experto en
este territorio y que por tanto difícilmente
podría hacer de guía en
esta zona. Lo más probable es que los guías que
acompañaban a los
fugitivos desde la Baronia de Rialb hasta la casa del Corb fueran gente
de la zona de Peramola: el Tonillo, Antoni Bach Pallarès;
Mateu Molleví
Roca; o algún pariente de éstos. Juan
Jiménez Vargas habla también de
un tal Mora, que podía ser de la casa de la Mora. El mismo
Josep Cirera
me dice que había oído que Mora les
acompañó a la Ribalera. También
evidentemente habría alguien de Juncàs, ya que
los terrenos por los que
pasaban eran de su propiedad y ellos estaban integrados en la
organización de estas expediciones, aunque seguramente
–como también
los de can Armenter- no cobraban nada.
Llegados a la cima del
Aubenç, Josep Cirera ya conoce perfectamente el terreno,
y por tanto a
partir de aquel momento se hace el responsable único de toda
la
expedición.
Se adjunta un plano en el que se pueden ver las zonas de influencia de
los guías.

Hay que decir también que Josep Cirera cooperaba muchas
veces
con otros guías: los de Baridà, Garreta de can
Cebrià de Espaén, algunos guías de la
Parroquia de
Hortò, Perdiguès del Pitarell que está
encima de
Montanisell, Armengolet de Valldarques o de Gabarra, y otros. Nos dicen
los diarios que en esta expedición, a partir de
Baridà y
de la zona de los ríos Castellbò y Aravell se
añadieron más guías y algunos
contrabandistas.
Habitualmente él iba con Garreta de can Cebrià.
Siempre según la versión de Josep Cirera,
después
de recoger al grupo, suben el canal de la Jaça, pasan cerca
de
la casa de Aubenç y bajan directamente hacia las
Masías
de Nargó, a través de las pistas
–carriles-
para arrastrar los troncos tallados del bosque. Así llegan a
los
ríos Valldarques y Sallent y los atraviesan. Suben a
continuación el barranco que lleva a Comalavall en el camino
de
Montanissell, y mucho antes de llegar a este pueblo bajan por el bosque
directamente a Fenollet a donde llegan sobre las 6 de la madrugada.
Recordemos que los de Fenollet son parientes suyos. Aquí,
dice,
comimos muy bien. Hablando también con Eugeni Coll
Campà
de Fenollet, que entonces tenía 14 años, dice que
se
acuerda muy bien de Josep Cirera y de su hermano Ramon.
Aquel mismo día hacia el atardecer, suben el canal del
Fangueret, pasan por el collado de Santa Fe y bajan al río
Cabó, que atraviesan entre las masías de la
Ametlla y de
la Oliva. Él había vivido seis años en
el Vilar de
Cabó y por tanto conoce muy bien esta zona, así
como la
bajada a Ares que hacen a continuación. Poco
después
llegan a la Bordeta estropeada de Baridà, que dicen ellos,
cerca
de Conorbau. Deja a los fugitivos allí y él se va
a
saludar a Francesc Bentanachs Oliba, Cisco, el dueño de
Baridà que forma parte de los organizadores de estas
expediciones. A Cisco lo mataron unos milicianos ya al final de la
guerra, el día 28 de enero de 1939, en el camino que va de
Noves
de Segre a Baridà. A la orilla del camino antiguo de
Baridà, se conserva un pilar con una placa que
todavía
hoy se puede ver y que recuerda aquel hecho. La placa dice
así:
“Francisco Bentanachs Oliba murió asesinado por
las hordas
rojas, a cien metros de este lugar el 28 del I de 1939, a la edad de 58
años. Dueño de la casa
Baridá.”
Al atardecer de aquel mismo día continúan en
dirección a Andorra. Bajan por el torrente de
Baridà
hasta cerca de Novas de Segre, y continúan paralelos al
río Segre hasta llegar al río Aravell que pasan
por
dentro. Al salir del río suben directamente por el
cerro
de la Mola hacia la Caubella. A unos 200 metros de la
Caubella
subiendo en dirección norte hacia la cañada de la
Torre
hay una gran peña rodeada de muchos árboles y
matorrales,
que es un lugar perfecto como escondite: resguardados de los vientos
del norte y con una buena visión de toda la zona para poder
huir
en caso de peligro. Allí deja a los fugitivos, mientras que
él se va a su casa, a can Roger, que está a menos
de 700
metros en dirección este, para buscar comida para los
expedicionarios, saludar a la familia y descansar.
Recuerda perfectamente que los dejó allí, porque
era
donde habitualmente dejaba a la gente, sobre todo si era un grupo
numeroso como aquél. Si eran 1 ó 2, o pocos
más, a
veces los dejaba detrás de can Roger donde había
también un bosque, y si hacía muy mal tiempo,
cuando
llovía o hacía mucho frío, los entraba
al corral
de su casa que está hoy todavía en la parte oeste
de la
casa. Si era mucha gente esto era imposible de hacer.
Dice Paco Botella en el diario:
“A las tres horas de estar subiendo, hacia las seis, cuando
empieza a clarear, nos introducen entre los árboles y
arbustos
de un bosque con mucha pendiente y cerca de una fuente… Como
está con mucha pendiente, nos escurrimos mientras
descansamos.”
“Desde la altura donde nos encontramos, vemos otra vez la Seo
de
Urgel, que hasta pasar a la otra parte del monte que subimos no
perdemos de vista.”
Antoni Dalmases escribe en su diario:
“La ascensión cada vez más dura, sigue
hasta el
amanecer. Estamos en un monte sobre un pueblo (la Seu
d’Urgell)
que se divisa perfectamente. Se nos ordena formar grupos de tres o
cuatro y acampar entre los matorrales, con el fin de pasar el
día debajo de ellos, con la orden de no levantarnos ni
movernos
más que para mantener contacto con los otros grupos, y no
hablar
alto. Todo el día estuvimos oyendo las cornetas de los
carabineros de los pueblos vecinos y esto logró que no nos
moviéramos de nuestro sitio durante todo el tiempo que
allí permanecimos.”
Y otro de los expedicionarios, Juan Jiménez Vargas, dice:
“Cuando ya estaba amaneciendo, acampamos muy a cubierto entre
piedras.”
Y más adelante continúa: “Pasamos el
día
entre piedras y escondidos en los matorrales sin poder movernos para no
llamar la atención. Se oyeron cornetas muy cerca, porque
había acuartelamientos a poca distancia.” (Eran
los de la
Seu d’Urgell).
La última etapa de la expedición
comenzó saliendo
por la tarde del día 1 de diciembre de las peñas
en las
que habían descansado, subiendo directamente la
cañada de
la Torre. Según Josep Cirera, en el año 1937 este
paso no
estaba demasiado vigilado y dice que él nunca
pasó con
gente por el collado Peixader, sino que siempre pasó por la
cañada de la Torre. Fue más adelante, a partir de
1938 y
sobre todo una vez acabada la guerra, que este collado estuvo
más vigilado.
Al llegar al río Civís, lo atravesaron y subieron
a
continuación por el Barranco de la Cabra Morta, saliendo al
collado del mismo nombre, y a través del bosquecillo de Yuca
bajaron al río Argolell atravesaron por un lugar entre este
pueblo y Arduix. Una vez pasado el río, remontaron la fuerte
pendiente hasta llegar a Mas Alins, ya en tierra andorrana.
Esto es un breve resumen de lo que he podido hablar con Josep Cirera
durante cinco días de conversación. Seguiremos
hablando
en días posteriores y seguro que, con su
conversación
amena, nos irá informando de cosas interesantes en
relación a esta expedición, y a otras semejantes,
que
él condujo desde la Ribalera, en la base de
l’Aubenç, hasta Andorra.
Jordi Piferrer Deu
Autor del libro “Camino de Andorra”
jpiferrer@pallerols-andorra.org