Ir a página inicio
HAZTE AMIGO HAZTE VOLUNTARIO HAZTE SOCIO
         
Ir a página inicio Ir a página inicio
Ir a página inicio
Quiénes Somos       Objetivos        Libros       Preguntas Frecuentes       Contacto
  Jornadas
y Estudios
Patrimonio
Cultural
 Medio
 Natural
 
Noticias      Vídeos      Agenda      Las Rutas      Historia      Pallerols      Blog del Caminante
Portada > Blog del Caminante  
Blog del Caminante    
 

Jordi Piferrer

A través de este Blog, todos los caminantes podrán intercambiar sus experiencias y exponer sus criterios y sugerencias sobre aspectos relacionados con el Camino de Andorra

Coordinará el Blog: Jordi Piferrer *


Todas las actividades, se visualizan por orden Cronológico

También pueden verse según los bloques temáticos:
Caminadas, Expediciones de evasión, Expedición de 1937, Cultura, fiestas y tradiciones.


 
24 de junio de 2017
Sobre la casa de Fenollet -2-   
   
 
   

Continúa el relato sobre la casa de Fenollet (Parte 2)

 

Dice Juan Jiménez Vargas en un escrito del año 1980:

 

La casa donde teníamos que pasar el día —Fenollet— estaba muy aislada en el monte, a poco menos de 1.000 metros de altitud. Era grande y tenía unos corrales relativamente amplios. Allí, por su situación estratégica, hacían escala expediciones conducidas por diversos guías. Paraban grupos de 10, 20, 30 y aun más, aproximadamente una vez a la semana. Aquella familia se portaba con los fugitivos con una generosidad que era muy de agradecer [...].

A media mañana, cuando casi todos dormíamos en el corral, se presentaron en la casa dos milicianos, preguntando si habían visto gente. Andaban recorriendo aquel camino a la caza de fugitivos. La mestresa —en un alarde de serenidad—, les convenció de que estaba dispuesta a colaborar con ellos en la persecución de facciosos, mientras les servía unos buenos vasos de vino y unas buenas tajadas de pernil. Y cuando acabaron su almuerzo se marcharon sin investigar más [...].

         Quizá esta visita intempestiva no fue excesivamente peligrosa.

 

Pero Eugenio Coll nos decía que este relato sobre los milicianos le parecía un poco exagerado, ya que la gente que paraba en Fenollet no venía a investigar: iba de camino hacia Organyà o a otro lugar. Todos eran muy amigos y tenían un pacto de defensa mutua, fruto de la amistad de muchos años entre las familias de los pueblos y casas vecinas.

Es lógico este razonamiento, ya que cada semana tenían fugitivos escondidos en los corrales, que están a unos veinte pasos de la casa. Si venían grupos con tanta frecuencia es porque estaban seguros de que no habría inspecciones.

Ciertamente, podría ser que pasaran milicianos por la casa, pero el motivo que les llevaba no era de control sino de descanso en la ruta hacia Organyà o hacia Andorra. Otra cosa es cómo lo verían los refugiados, que, por su estado de ansiedad, captaban los peligros con mucha más intensidad.

Este relato de Juan Jiménez Vargas fue escrito en 1980, cuando ya habían pasado más de cuarenta años, y él mismo dice también que esta visita no sería "excesivamente peligrosa".

 

Paco Botella en el Diario del año 1937 dice:

 

El 29, pasado en el establo de la casa de campo, a donde llegamos bastante cansados y que esperábamos ver cerca con mucha ansiedad, fue aprovechado para dormir y descansar. Había poca paja, para acostarnos con alguna menor incomodidad, y se nos trajo más al cabo de unas horas. En el pesebre colocamos nuestras mochilas y, sentados en el suelo, nos alimentamos con     unas judías que nos dieron, de las que tomamos bastantes. También tuvimos conejo y tortilla. Esto de la tortilla era una novedad: hacía mucho que no habíamos gustado su sabor.

Descansamos bien, y nos supo la parada a maravilla. Hacia las cinco de la tarde, nos avisan para prepararnos para partir: pero se retrasó bastante, pues habían llegado unas personas ajenas a la casa y había que esperar a que se fueran.

 

También recoge que tuvieron visitas, cosa normal en una casa situada en un camino de tránsito muy frecuentado.

 

Finalmente, en el diario de Antonio de Dalmases escrito el mismo año 1937, se dice:

 

Nos conduce a un corral, nos tendemos en la paja y ahí quedamos dormidos. Es el lunes 29 de       noviembre.

Hace trece horas que andamos. Alrededor de las diez empezamos a despertar. Comemos un       poco; alguien se fricciona y cura los pies. Otros salen a tomar el sol, sentados o tendidos en un patio que hay a la salida del corral. Éste tiene unos ocho metros de ancho y otros tantos de largo, y los 27 que vamos lo llenamos del todo. Para salir hay que cuidar de no pisar a los que todavía duermen. El guía ha tenido que traer unos cestos de paja para esparcirla por el    suelo, lo que hace que no se encuentre tan dura la cama. La patrona viene a averiguar lo que cada uno quiere para desayunar, pues el guía ha dicho que economicemos lo que llevamos, ya      que después de esta casa ya no hallaremos otra para aprovisionarnos. Unos comen patatas; otros, tortillas, pan, agua y vino. Un gran banquete. Luego yo me tiendo otra vez a descansar [...].

A las dos aproximadamente traen la comida. Puestos en fila, nos van repartiendo un enorme caldero de judías, luego otro de conejo. Es una comida espléndida, comemos con verdadera hambre. Afortunadamente todo es abundante, bueno y caliente.

Luego otra vez a dormir hasta las seis de la tarde que es cuando empiezan los preparativos para la partida.

 

Esta narración de Antonio Dalmases nos acaba de dar más pistas para saber el lugar exacto donde descansaron. Dice que salieron un momento al patio que hay delante de los corrales, que tiene forma de "L", y hace efectivamente unos ocho por ocho metros.

 

Conclusión

Todos los escritos que hemos citado coinciden en lo fundamental: que durmieron en un corral junto a otro en el que estaba el ganado, que enfrente había un patio y salieron a estirar las piernas, que comieron muy bien, que les arreglaron la ropa ... Años más tarde, todos recordaban que en Fenollet les trataron especialmente bien. Si algún día pasáis por allí, os tratarán igual de bien. Se ve que esto viene de familia.

También es interesante recordar que los de Fenollet eran parientes de Josep Cirera. En efecto, la dueña de Fenollet se llamaba Rosa Campà Sin, y la madre de Josep Cirera se llamaba María Fábrega Sin, o sea que las abuelas eran hermanas. Esto explica también que Josep Cirera escogiese Fenollet como lugar de descanso para sus expediciones.

 

insertar comentariosinsertar comentarios
   
Enviar a un amigoEnviar a un amigo
 
Versión ImprimibleVersión Imprimible

11 de junio de 2017
Sobre la casa de Fenollet -1-   
   
 
   

Algunes precisiones sobre la casa de Fenollet (Parte 1)

 

Después de hablar muchas veces, entre los años 2002 y 2007, con Eugeni Coll Campà (1925-2007), dueño de Fenollet, quisiera resaltar algunos datos que pueden ayudar a conocer aspectos interesantes de la casa de Fenollet durante los años de la guerra civil española.

En el año 1937, Eugenio tenía doce años y se acordaba bastante bien de los hechos que se narran. Sus padres eran Josep Coll Tomás (1891-1939) i Rosa Campà Sin (1899-1972), que fueron los que dieron acogida a la expedición de san Josemaría.

Eugeni nos comentaba que, desde finales de 1936 hasta inicios de 1939, prácticamente cada semana pasaba alguna expedición de fugitivos en dirección a Andorra. Después de 1939 también tuvieron en casa algunos refugiados.

La casa de Fenollet era muy conocida en la zona, por su situación estratégica en el camino de Bóixols a Organyà y La Seu de Urgell. Efectivamente, el camino que iba del Pallars Jussà (Salàs de Pallars, la Pobla de Segur, Isona, las Conques, Tremp ...) hacia el Alt Urgell (Organyà y La Seu de Urgell) pasaba por Sallent, Montanissell y Fenollet. Esta era la última casa que se encontraba antes de llegar a Organyà.

Especialmente en las temporadas en que se organizaban las famosas ferias de ganado de Organyà y de Salàs de Pallars, este camino era muy transitado. Cuando por San Andrés, el 30 de noviembre, tenía lugar la feria de Organyà, la gente que venía de las tierras del Pallars, Bóixols, Tremp, etc., pasaban por Fenollet. Como esta casa era la última que encontraban antes de llegar a Organyà, algunos se quedaban a dormir los nueve días que duraba la feria.

Al estallar la guerra española de 1936-1939, algunos milicianos de la FAI quisieron matar al dueño de Fenollet porque lo consideraban de derechas. Tenía parientes curas y monjas, y tanto él como su mujer se distinguían por su bondad.

Como eran muy conocidos -en especial por la gente de Bóixols- los cinco milicianos de este pueblo determinaron que nadie tocara bajo ningún concepto a la gente de Fenollet. Así pues, durante toda la guerra, Fenollet gozó de una especial protección.

El camino que pasaba por Fenollet era un camino de herradura, es decir que sólo podían pasar animales o ser transitado a pie. Seguía un trazado paralelo a la carretera asfaltada actual, pero iba un poco más alto y era también más directo. Aún hoy se puede descubrir el tramo antiguo que va un poco por encima de la carretera actual. Al llegar a Fenollet, camino de Montanissell, se dejaba la casa a la izquierda, tal como se hace ahora.

Teniendo en cuenta la protección que les ofrecía la gente de Bóixols y la dificultad de acceso, se entiende que no pasaran milicianos con la intención concreta de hacer inspecciones. Ciertamente, como que era un camino de paso, habitualmente transitaba gente: algunos se paraban a saludar, o se quedaban a comer e incluso a dormir, o simplemente pasaban de largo.

Durante la guerra de 1936-1939, vivieron en Fenollet unas catorce personas: seis de la familia, dos monjas que estaban escondidas (la hermana de la dueña y una amiga suya), un pastor, dos mozos y dos o tres parientes que también estaban escondidos. Además, como hemos dicho, cada semana o cada quince días llegaban expediciones de entre veinte y cuarenta personas, camino de Andorra. En los meses de invierno -diciembre, enero y febrero- las expediciones eran menos frecuentes.

Para alimentar a tanta gente, Eugeni bajaba dos veces por semana a Organyà y Coll de Nargó para aprovisionarse de pan y otros víveres. Iba alternando los dos pueblos para no levantar sospechas. Tenían corderos, algún cerdo, conejos y gallinas.

Otro detalle interesante para situarse en el Fenollet del año 1937 es que en aquel tiempo no existía la ermita que puede verse hoy, que se construyó en el año 1942.

A continuación transcribo algunos párrafos de los documentos del año 1937, que analizaremos teniendo en cuenta lo que se acaba de exponer.

Dice Miguel Fisac ​​en el Diario del 28 de noviembre de 1937:

 

Mucho después de lo que hubiéramos deseado, llegó el pajar; mejor dicho, el aprisco techado; y después de esperar un pequeño rato a que el guía pidiera permiso a los dueños para poder parar allí lo que quedaba de noche, que era bien poco, y todo el día siguiente, entramos: tomamos un poco de morcilla y pan, de lo que llevábamos de repuesto, y nos dispusimos a dormir al arrimo del ganado, que en otro departamento inmediato al nuestro estaba.

 

Esto coincide con lo que nos dijo Eugeni Coll, que el ganado estaba en una zona y las personas descansaban en el departamento contiguo.

 

Nota.- Como que es un artículo largo, continuará dentro de 15 días

insertar comentariosinsertar comentarios
   
Enviar a un amigoEnviar a un amigo
 
Versión ImprimibleVersión Imprimible

5 de junio de 2017
SOBRE EL NÚMERO DE EXPEDICIONARIOS   
   
 
   

    Las fuentes documentales que tenemos nos dan unas cifras que no coinciden.

    Antonio Dalmases (1937) dice que antes de llegar a la Espluga de las

    Vaques eran veinte; que al añadirse ellos tres, hacen veintitrés.

    En Fenollet dice que eran veintisiete. Luego dice que en Baridà se les

    añaden dos guías.

Manuel Sainz de los Terreros (1937) afirma que el día 28 llegan a la Ribalera veintitrés personas: Fuimos 23 y Mateo y Pallarés a un barranco al que llegamos a las 6 de la madrugada.

Paco Botella (1975) explica que en la Espluga de las Vaques había, por la tarde, "unos cuarenta y tantos". Pero debemos pensar que no todos huyeron con la expedición hacia Andorra, ya que muchos de ellos estaban escondidos habitualmente allí, entre los cuales, Josep Boix Oste, el hijo de la casa de Juncàs. Indica también que en Cal Roger se incorporaron algunas personas más:

 

Se nos incorporaron nuevos elementos: eran unos chicos fornidos, bien pertrechados, con unas mochilas muy altas, estructuradas con palos, que subían para poder encajar un bulto grande.

 

Juan Jiménez Vargas (1980) dice que, cuando el día 28 llegan a la Ribalera,

 

Allí había más de veinte personas que no habían oído misa ni pisado una iglesia desde julio del año anterior.

 

Según él, en el pueblo de Ares se les unió alguien más:

 

Junto al pueblo de Ares, paramos en un corral, esperando a uno que se unía a la expedición o a alguno de los paqueteros del contrabando.

 

Cerca de la Casa de Baridà ven a unos contrabandistas:

 

Y en esta marcha veíamos con asombro unos cuatro o cinco hombres con unos enormes sacos a las espalda. Eran los clásicos paqueteros.

 

De hecho, no dice que se unieran a ellos, sino que "vieron".

Ya cruzando la frontera andorrana, cerca de la Borda de Lluçà, dice que eren unos treinta:

 

Parecía imposible que treinta hombres en fila pudieran moverse así, pero el silencio era absoluto.

 

En el Diario (1937) se dice que después de Baridà, ya cerca del río Segre (quizás en la Borda del Fuster o bien en la Borda del Riu):

 

En esta casa se nos ha unido mucha gente a la expedición; bastantes, con fardos de contrabando y con armas.

 

Como resumen, podemos decir:

En la Espluga de les Vaques eran unos veintitrés, más el guía de la expedición Josep Cirera. (Así lo dicen Antonio Dalmases, Manuel Sainz de los Terreros y Juan Jiménez Vargas.)

En Ares se les unió quizás uno, o bien algún contrabandista (Juan Jiménez Vargas).

En Baridà quizás unos cuantos contrabandistas más se unieron al grupo (Juan Jiménez Vargas).

Al llegar a la Borda del Fuster, o bien en la Borda del Riu, es posible que se uniera algún otro expedicionario ("mucha gente", dice el Diario del Paso).

Finalmente, según Francisco Botella, en Cal Roger aún hubo alguna otra incorporación. Es muy probable que sean los mismos contrabandistas que cita el Diario, ya que la Borda del Riu y Cal Roger están cerca el uno del otro, y corresponde a la misma jornada del camino.

 

Conclusión:

En mi opinión, en total, deberían llegar a Andorra unos treinta como máximo. Josep Cirera siempre me ha dicho que no deberían ser tantos. Quizá quienes se unieron eran de otros grupos, contrabandistas, etc., que coincidían con ellos en algunos tramos, pero que no formaban parte de la misma expedición de evasión. La expedición propiamente dicha estaría constituida por unas 23 personas, ocho de las cuales eran del grupo de san Josemaría.

 

 

insertar comentariosinsertar comentarios
   
Enviar a un amigoEnviar a un amigo
 
Versión ImprimibleVersión Imprimible

1 de mayo de 2017
Acerca del guía Josep Cirera    
   
 
   

LA LLEGADA DEL GUÍA JOSEP CIRERA (2ª PARTE)

 

La versión de los hechos que nos ofrece el guía Josep Cirera es que a mediados de octubre de 1937, estando en Andorra, le llegó un aviso de su amigo Josep Ramonet Espar, de Ca l'Armenter de Organyà, con el encargo de conducir un grupo desde Juncàs hasta Andorra.

Según él, cuando recibió el aviso fue a pie desde Andorra hasta el santuario de la Mare de Déu de la Trobada, en el municipio de Montferrer y Castellbò. Allí tomó el autobús y bajó en la parada que había en el Hostal de la Penella, antes de llegar a Oliana. En este tramo no había controles de policía. Desde este punto subió caminando hasta Juncàs, por la tarde del día 27; hizo noche en esta casa, y al día siguiente, 28 de noviembre, hacia el mediodía, los de Juncàs le acompañaron hasta la Ribalera, donde se encontró con el grupo de veinte personas, dispuestas a hacer la travesía.

Nos dice que él no recuerda haber ido a la cueva-casa del Corb; y que ni siquiera conoce este lugar: le acompañaron directamente de Juncàs a la Ribalera.  También asegura que en aquellos días no asistió a ninguna misa, ni en la Ribalera ni en ninguna otra parte del recorrido hasta Andorra.

En 1980, hablando de aquella misa, Juan Jiménez Vargas decía: a distancia, aunque suficientemente cerca para no perder detalle, estaba nuestro guía entre los árboles.

Ya se ve, pues, que debe ser una confusión. No obstante, sabemos con certeza que estaban presentes los que habían hecho de guías hasta entonces, como Mateo y Tonillo.

 

En alguna conversación mantenida con Josep Boix, de Juncàs, en los años 2003-2005, nos dijo que él, después de la misa en la Ribalera, se marchó a su casa a comer, y allí encontró a Josep Cirera. Comieron juntos en Juncàs y a continuación subieron de nuevo a la Ribalera, donde esperaban los expedicionarios, para iniciar la marcha hacia Andorra.

 

En el diario del 27 de noviembre, en el que se relata la salida de la Cabaña de San Rafael en dirección a la Casa del Corb y la Ribalera, Pedro Casciaro escribe:

 

A las seis y cuarto nos ponemos en marcha. Nos sirven de guías Pallarés y Mateo.

 

Por tanto, estos son los guías que les llevan hasta la Ribalera. Más adelante escribe que Mateo llevó la comida a la Ribalera, lo que indica que Mateo era efectivamente uno de los acompañantes:

 

A eso de las tres de la tarde, comimos conejo frito que Mateo trajo después de su ausencia. Y, entre rezar el rosario y enredar por las rocas, se fue el tiempo hasta las cuatro y pico [...]; la voz de partida del guía me sorprendió llenando la bota en un chorro de agua que corría por lo más hondo del escarpado.

 

También Manuel Sainz de los Terreros escribe, en su diario personal del año 1937, que a la Ribalera les acompañaron Mateu y Pallarès:

 

Fuimos 23 y Mateo y Pallarés a un barranco al que llegamos a las 6 de la madrugada.

 

De todo ello sacamos una conclusión clara: los guías que les acompañaron desde la Baronia de Rialb hasta la Ribalera, eran gente de la zona de Peramola: Antoni Bach Pallarès (el Tonillo) y Mateo Molleví Roca (Mateo el lechero) y quizás también algún pariente de éstos. Juan Jiménez Vargas, en 1980, habla de un tal Mora, que podía ser de la cercana casa de la Mora. Evidentemente, habría también alguien de Juncàs, ya que los terrenos por donde pasaban eran de su propiedad y además estaban totalmente implicados en la organización de estas expediciones.

 

El único que dice haber visto a Josep Cirera en la Casa del Corb es Juan Jiménez Vargas. A pesar de la descripción tan detallada que hace, parece que se confundió de lugar o de persona. Al ser de noche, fácilmente podría tener dificultades para distinguirlo bien, a la luz de la vela que les alumbraba. El tiempo transcurrido entre los hechos y su relato también nos hace suponer otra posible causa de error.

 

Hay otros elementos que parecen confirmar esta hipótesis. En primer lugar, hay que tener presente que Cirera no era un experto de la zona de Peramola y que, por tanto, parece coherente que no hiciera de guía en este territorio. En cambio, a partir de la cima de Aubenç ya conoce perfectamente el terreno, y es desde ese momento cuando se hace responsable único de toda la expedición.

En segundo lugar, no tendría tampoco mucho sentido que, si Josep Cirera hubiera llegado a Juncàs la tarde del 27, saliera a las 12 de la noche hacia el Corb -que está a cinco kilómetros con un desnivel acumulado de cuatrocientos metros- para volver después atrás hacia la Ribalera, recorriendo seis kilómetros más y seiscientos metros de desnivel, para finalmente dirigirse a Juncàs, a tres kilómetros, lo que suponía bajar cuatrocientos metros de cota. Si uno se sitúa en el territorio, o bien analiza un mapa de la zona, se puede comprobar que habría hecho un recorrido circular de unos quince kilómetros, caminando de noche durante unas ocho horas, con unos mil quinientos metros de desnivel, y todo ello para ir a un lugar que no conoce, pasar la noche sin dormir y volver otra vez a Juncàs de donde había salido.

 

Conclusión

Después de haber estudiado a fondo todos estos datos podemos concluir que los expedicionarios vieron por primera vez a Josep Cirera el 28 de noviembre de 1937, al mediodía, en la Espluga de las Vaques, en el Barranco de la Ribalera; y poco después -hacia a las cuatro de la tarde- cuando volvió para conducirlos hasta Andorra.

insertar comentariosinsertar comentarios
   
Enviar a un amigoEnviar a un amigo
 
Versión ImprimibleVersión Imprimible

18 de abril de 2017
Acerca del guía Josep Cirera   
   
 
   

 

     LA LLEGADA DEL GUÍA JOSEP CIRERA (1ª PARTE) 

 

    La mayoría de los testigos coinciden en que Josep Cirera aparece por primera vez en la Ribalera al mediodía o por la tarde del 28 de noviembre.

 

    Así lo dice Miguel Fisac ​​en el Diario de 1937:

 

Es media tarde del día 28. Comenzamos la primera jornada con el guía que nos llevará a Andorra, que, dicho sea de paso, es competentísimo en su oficio: se orienta con una facilidad asombrosa y en ésta y en todas las demás jornadas no le hemos visto ni un solo titubeo.

 

Lo mismo dice Antonio Dalmases, después de recordar con emoción la misa del día 28 en la Ribalera:

 

Los madrileños me dan pan, mientras esperamos a que nos traigan el nuestro (nosotros hemos dejado el paquete en la casa [Juncàs]) y así pasamos el rato, hablando, comiendo y reparando nuestro equipo, hasta que viene el guía. Es un muchacho joven y decidido. Pagamos la mitad del precio convenido, 7.000 pesetas en billetes antiguos, y nos manda estar preparados para las cuatro de la tarde.

[...] Comemos un poco más y, cuando a las cuatro más o menos viene el guía, nos halla ya cargados y con los bastones en las manos dispuestos para salir.

 

Francisco Botella da la misma versión:

 

Al atardecer [del día 28], apareció como por ensalmo, un chico fuerte, joven, simpático, con aire autoritario, que iba a ser el guía principal, el responsable de la aventura en la que estábamos empeñados. Dijo llamarse Antonio. Por supuesto, que ya se veía que era un nombre convencional.

 

El problema aparece cuando existen versiones diferentes. Juan Jiménez Vargas explica en sus recuerdos, escritos en 1980, que Josep Cirera se reunió con los de la expedición en la casa del Corb, hacia las doce de la noche del incipiente 28 de noviembre de 1937:

 

En la cueva estaba el nuevo guía, que se hacía llamar Antonio. Hasta que nos despedimos en Andorra no dijo su verdadero nombre: José Cirera. Era un hombre de 23 años, con traje de pana y abarcas, duro, autoritario, infatigable y audaz, como poco a poco fuimos comprobando.

Tenía, como cualquier contrabandista, una red de enlaces y señales a lo largo de su ruta; todo lo tenía muy amartillado y no daba un paso sin tener seguridad.

En lo más profundo de la cueva, a la luz de una vela —que no se podía proyectar al exterior—, pronto se vio que era el jefe:

—Aquí mando yo, y los demás a hacerme caso. Andaremos en fila, de uno en uno, y no hablar, nada de ruidos. Cuando yo tenga que avisar algo, lo diré a los primeros de la fila, y que se lo pasen de unos a otros. Nadie se separará de la fila y nadie se quedará en el camino. Si alguno se pone malo y no puede seguir, se quedará, y si alguno quiere acompañarle, que se quede.

La escena era tétrica, y más de uno se encogió un poco, temiendo lo que podrían ser las jornadas próximas. Todavía de noche, salimos de la cueva.

 

Octavio Rico y Dámaso Ezpeleta, citando a Juan Jiménez Vargas, recogen la misma versión en su libro Cruzando la noche. También Andrés Vázquez de Prada en El Fundador del Opus Dei, y otros libros que utilizan las mismas fuentes.

 

Por otra parte, Pedro Casciaro, en sus memorias escritas en 1975, llega a afirmar que Josep Cirera se une a la expedición incluso antes de la casa del Corb. Los datos no encajan, pero hay un comentario en estas memorias que nos advierten de estos posibles errores:

 

Perdí la noción del tiempo porque las caminatas nocturnas parecían interminables: el cansancio, el sueño y el hambre las alargaban desmesuradamente. Las alargaban también lo agreste del camino.

Al tratar de reconstruir ahora esos días, compruebo que bien pueden salir tres como seis: otros testimonios podrán ser más exactos cronológicamente que el mío. Trataré de relatar lo que me acuerde, prescindiendo casi siempre de las fechas y de las horas.

 

        Los últimos documentos reseñados contrastan con la información que nos ha transmitido Josep Cirera en las conversaciones que he mantenido con él a lo largo cinco años.

         Nota.- Dentro de 15 días publicaré la segunda parte del artículo con las conclusiones más probables. Ya adelanto que las investigaciones más seguras certifican que Josep Cirera no apareció en la Casa del Corb la noche del 27 de noviembre (como dicen algunos) sino en la Ribalera al final de la mañana y primeras horas de la tarde del día 28 de noviembre (según el mismo guía i la mayoría de testimonios).   


 
insertar comentariosinsertar comentarios
   
Enviar a un amigoEnviar a un amigo
 
Versión ImprimibleVersión Imprimible

 
1 2 3 4 5 6 7 8 9
   
     
Associació d'Amics del Camí de Pallerols de Rialb a Andorra.   Av. Diagonal, 620, 1er. 2a, 08021 - Barcelona (Espaňa) . Tel.: (+34) 629 910 612