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Portada > Blog del Caminante > Sobre la casa de Fenollet -2-
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Blog del Caminante    
 

Jordi Piferrer

A través de este Blog, todos los caminantes podrán intercambiar sus experiencias y exponer sus criterios y sugerencias sobre aspectos relacionados con el Camino de Andorra

Coordinará el Blog: Jordi Piferrer *


Todas las actividades, se visualizan por orden Cronológico

También pueden verse según los bloques temáticos:
Caminadas, Expediciones de evasión, Expedición de 1937, Cultura, fiestas y tradiciones.


 
24 de junio de 2017
Sobre la casa de Fenollet -2-   
   
 
   

Continúa el relato sobre la casa de Fenollet (Parte 2)

 

Dice Juan Jiménez Vargas en un escrito del año 1980:

 

La casa donde teníamos que pasar el día —Fenollet— estaba muy aislada en el monte, a poco menos de 1.000 metros de altitud. Era grande y tenía unos corrales relativamente amplios. Allí, por su situación estratégica, hacían escala expediciones conducidas por diversos guías. Paraban grupos de 10, 20, 30 y aun más, aproximadamente una vez a la semana. Aquella familia se portaba con los fugitivos con una generosidad que era muy de agradecer [...].

A media mañana, cuando casi todos dormíamos en el corral, se presentaron en la casa dos milicianos, preguntando si habían visto gente. Andaban recorriendo aquel camino a la caza de fugitivos. La mestresa —en un alarde de serenidad—, les convenció de que estaba dispuesta a colaborar con ellos en la persecución de facciosos, mientras les servía unos buenos vasos de vino y unas buenas tajadas de pernil. Y cuando acabaron su almuerzo se marcharon sin investigar más [...].

         Quizá esta visita intempestiva no fue excesivamente peligrosa.

 

Pero Eugenio Coll nos decía que este relato sobre los milicianos le parecía un poco exagerado, ya que la gente que paraba en Fenollet no venía a investigar: iba de camino hacia Organyà o a otro lugar. Todos eran muy amigos y tenían un pacto de defensa mutua, fruto de la amistad de muchos años entre las familias de los pueblos y casas vecinas.

Es lógico este razonamiento, ya que cada semana tenían fugitivos escondidos en los corrales, que están a unos veinte pasos de la casa. Si venían grupos con tanta frecuencia es porque estaban seguros de que no habría inspecciones.

Ciertamente, podría ser que pasaran milicianos por la casa, pero el motivo que les llevaba no era de control sino de descanso en la ruta hacia Organyà o hacia Andorra. Otra cosa es cómo lo verían los refugiados, que, por su estado de ansiedad, captaban los peligros con mucha más intensidad.

Este relato de Juan Jiménez Vargas fue escrito en 1980, cuando ya habían pasado más de cuarenta años, y él mismo dice también que esta visita no sería "excesivamente peligrosa".

 

Paco Botella en el Diario del año 1937 dice:

 

El 29, pasado en el establo de la casa de campo, a donde llegamos bastante cansados y que esperábamos ver cerca con mucha ansiedad, fue aprovechado para dormir y descansar. Había poca paja, para acostarnos con alguna menor incomodidad, y se nos trajo más al cabo de unas horas. En el pesebre colocamos nuestras mochilas y, sentados en el suelo, nos alimentamos con     unas judías que nos dieron, de las que tomamos bastantes. También tuvimos conejo y tortilla. Esto de la tortilla era una novedad: hacía mucho que no habíamos gustado su sabor.

Descansamos bien, y nos supo la parada a maravilla. Hacia las cinco de la tarde, nos avisan para prepararnos para partir: pero se retrasó bastante, pues habían llegado unas personas ajenas a la casa y había que esperar a que se fueran.

 

También recoge que tuvieron visitas, cosa normal en una casa situada en un camino de tránsito muy frecuentado.

 

Finalmente, en el diario de Antonio de Dalmases escrito el mismo año 1937, se dice:

 

Nos conduce a un corral, nos tendemos en la paja y ahí quedamos dormidos. Es el lunes 29 de       noviembre.

Hace trece horas que andamos. Alrededor de las diez empezamos a despertar. Comemos un       poco; alguien se fricciona y cura los pies. Otros salen a tomar el sol, sentados o tendidos en un patio que hay a la salida del corral. Éste tiene unos ocho metros de ancho y otros tantos de largo, y los 27 que vamos lo llenamos del todo. Para salir hay que cuidar de no pisar a los que todavía duermen. El guía ha tenido que traer unos cestos de paja para esparcirla por el    suelo, lo que hace que no se encuentre tan dura la cama. La patrona viene a averiguar lo que cada uno quiere para desayunar, pues el guía ha dicho que economicemos lo que llevamos, ya      que después de esta casa ya no hallaremos otra para aprovisionarnos. Unos comen patatas; otros, tortillas, pan, agua y vino. Un gran banquete. Luego yo me tiendo otra vez a descansar [...].

A las dos aproximadamente traen la comida. Puestos en fila, nos van repartiendo un enorme caldero de judías, luego otro de conejo. Es una comida espléndida, comemos con verdadera hambre. Afortunadamente todo es abundante, bueno y caliente.

Luego otra vez a dormir hasta las seis de la tarde que es cuando empiezan los preparativos para la partida.

 

Esta narración de Antonio Dalmases nos acaba de dar más pistas para saber el lugar exacto donde descansaron. Dice que salieron un momento al patio que hay delante de los corrales, que tiene forma de "L", y hace efectivamente unos ocho por ocho metros.

 

Conclusión

Todos los escritos que hemos citado coinciden en lo fundamental: que durmieron en un corral junto a otro en el que estaba el ganado, que enfrente había un patio y salieron a estirar las piernas, que comieron muy bien, que les arreglaron la ropa ... Años más tarde, todos recordaban que en Fenollet les trataron especialmente bien. Si algún día pasáis por allí, os tratarán igual de bien. Se ve que esto viene de familia.

También es interesante recordar que los de Fenollet eran parientes de Josep Cirera. En efecto, la dueña de Fenollet se llamaba Rosa Campà Sin, y la madre de Josep Cirera se llamaba María Fábrega Sin, o sea que las abuelas eran hermanas. Esto explica también que Josep Cirera escogiese Fenollet como lugar de descanso para sus expediciones.

 

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